La moneda Viviente – Pierre Klossowski. Edición preparada por Axel Gasquet. Alción editora. Buenos Aires, Argentina. 1998.

Por Alejandro Torres Ocampo.

Si se piensa por un instante en algo que el dinero no pueda pagar dado que carezca, en apariencia, de valor de cambio;  que no sea posible transar monetariamente, se  aviene a la mente algo imposible, tu esposo o esposa, por ejemplo. Qué tan dispuesto,  como en la novela de la propuesta indecente, se está  a ceder  por una noche a cambio de dinero lo tabú, lo impensado, lo perverso?

 Se dice que ya no hay frontera en la carrera por obtener gratificación, ganancia; que la última región – nuestro cuerpo-  es ya hace rato la unidad de cambio cuyo valor se construye en una sociedad que desea más de lo que necesita y transita desde por el territorio del fantasma de lo apropiable o producible económicamente y por tanto, como frontera transgredible, nuestra piel es hace mucho tiempo negociable.

Pierre Klossowski arroja en este pequeño texto una propuesta sugestiva a repensar el fenómeno de un modelo social industrial que pondera la producción y el consumo por encima de las necesidades y el deseo. Sugiere que hay una nueva unidad de intercambio entre la gente que supera el fantasma de la mercancia: la necesidad creada por gozar incluso de lo que no se carece vitálmente y la búsqueda de la eficiencia en  la producción de utensilios cotidianos en aras de una economía que deviene paulatinamente hacia el despilfarro como manifestación de sujetos que desean  y agotan  sus recursos a la busca de prótesis (objetos- fantasma o situaciones-simulacro) que satisfagan su vacío o su aparente desear. Generando así  una categoría nueva de valor en uso:

La moneda viviente.

Hoy más que nunca esa necesidad de fantasmagoría – fetiche de lo consumible necesita ser agotada, despilfarrada. Se ofrece entonces un mundo donde ya no queda nada que ofertar o demandar más que el deseo que pulsa e impulsa nuestro paso. Ya no hay otra vitrina más para el goce que el propio cuerpo, no hay entonces otra unidad de cambio más idónea que lo que desee la carne. Klossowski nos pasea entonces desde su incesante pasión por las visiones de Sade y su idea transgresiva última que es fundirse en el otro como máxima economía de lo perverso; luego va  por Nietzche y el deicidio continuo de ídolos que reduzcan al hombre a su propio fantasma que luego sera erigido y digerido en ese Dios mercadeable y negociable para llegar a sugerir que Fourier,el socialista utópico de los falansterios, deja entrever la posibilidad de una gratuidad que mostraría el reverso de la producción mercantil;  que produciría la muerte de la oferta y la demanda, reduciendo así todo intercambio a la sublimación del goce en la necesidad;  sin la muerte del alma humana y si,  en cambio, con la muerte del aura falsa pero increíblemente atractiva de la mercancia; justo de todo aquello que se carece y se debe pagar por poseer o experimentar.

El dinero, antigua unidad de valor de intercambio y máxima expresión del espectáculo industrial y mercantil modernos, cuando es puesto a la presión de transarse por algo que supera objetiva y subjetivamente su valor de cambio, su posibilidad de negociarse – se gún Klossowski- pierde tambien su calidad de valor como unidad de transferencia económica volviéndose fantasma. Es decir que una situación límite hace que ya no valga nada en si mismo, como si alguien  ofrece un millón de dólares por acostarse con tu pareja y tener sexo, hecho que en sí no tiene precio en el mercado pues el o ella, por lo pronto no son trabajadores sexuales y no son suceptibles, en apariencia, de ser comprados o vendidos  y al sugerir una cantidad por ostensible que sea, ésta se hace negativa o en el mejor de los casos inútil o neutra. Lo que permitiría abordar la  transacción ya no por el dinero en sí sino por el goce donde se permite observar de manera palpable la vacuidad de significado que llegaria a tener la moneda.

Siendo así el cuerpo,  el mejor simulacro-fantasma o mercancía de esta erótica de la producción que reduce el dinero a nada en su imposibilidad de redesarrollarse como valor de cambio, solo valdría, entonces,  el goce que se pueda alcanzar al satisfacer esa demanda de lo puramente corporal en una economía que vertiginosamente vira más cada día hacia el placer por los fantasmas y los simulacros de la vida.

El autor sugiere vedadamente el riesgo de que en la transposición de los valores de la economía en una sociedad de lo industrial como la actual, llegue a ser la carne, nuestro cuerpo un nuevo valor a ser transado como activos en las bolsas del mundo. Absoluta reducción del cuerpo a la categoría temida pero vieja de la mercancia, despoblada de aura y solo evocación de búsquedas de satisfacción intermitente entre lo ofertable y lo demandable.

Sin embargo el punto interesante de este texto radica en que sugiere, entre líneas, que el dinero como categoría máxima de nuestra civilización, podría caer en el vacío si, como máquinas de guerra contra las reducciones al economicismo a ultranza a las que nos vemos constantemente sometidos, pusiésemos de plano nuestras necesidades ya no como experiencias saldables a través de nuestra fuerza de trabajo o capital disponible, sino através del ejercicio constante del intercambio creativo de satisfacciones gratuitas de un sujeto deseante a otro. Lo que pondría paulatinamente en jaque un sistema basado en reducir a simulacros de placer y fantasmas de necesidad, las cosas más simples de cada día nuestro en este planeta, a cambio de una unidad siempre imaginaria en tanto irreal frente al deseo corporal. Una máquina de guerra que impida que con el tiempo se cobre por respirar, siendo que el aire, aunque altamente valioso para nosotros, no es aún mercadeable y de allí el terror que se cierne como sombra constante en forma de estrategias crecientes para volver privado lo público y eliminar el goce íntimo asegurando libertades en aras de lo supuestamente visto como bueno para el interés general.

Quizá sea esta “moneda viviente” la apuesta por el abandono del dinero y el consumo como unidades irreductibles de gratificación y sea posible la apuesta por otros medios más creativos de búsqueda de placer  sin fantasmas de goce o necesidad que nublen la vida. Una propuesta que transgreda esa falsa erótica de la economía de bienes compulsivamente concebidos para devorar.

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