El amante de las librerías – Claude Roy. José J. De Olañeta Editor, 2011

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Hace años un cliente muy querido no visita la pequeña librería que manejo. Era ya muy viejo y suelo tener pensamientos oscuros sobre su presente. Estará enfermo? Habrá fallecido? Problemas o discordias nunca tuvimos; su recuerdo de cazador de libros colombianos me alegra siempre; febril escarbador de anaqueles en las librerías del centro de Bogotá y sabio humilde de las tradiciones más antiguas de nuestra tierra, es un hombre que extraño y espero. Su llegada a la librería con bolsas de mercado, verduras, frutas y quién sabe qué otras viandas me poblaba de gratos olores el local. Siempre apuntaba risueño que su mujer lo reconvendría por los “otros víveres” con los que llegaría esa tarde a casa. Claude Roy me ha traído este grato recuerdo de mi cliente perdido. Los libros son sin duda un alimento y deben ir junto al resto de nuestras comidas. Olañeta rinde un pequeñísimo gran homanaje a los recolectores incansables de lecturas en papel. A los eternos peregrinos de calles de libros; Esos que ocultan como mejor pueden la dicha cuando frente al librero, se saben en presencia de un tomo que los ha hecho sufrir durante años y finalmente una tarde, ya resignados a no verlo, se topan con el bendito libro y al fin pueden marcharse juntos. Claude Roy, un tipo de la misma catadura que el bien amado bibliómano francés Charles Nodier, nos ha dejado a los que vivimos acechando un libro o unos muchos libros, esta pequeña memoria de su vicio impune. De lo que dio en llamar su “pasión inútil”. Ese tipo de amor por todo aquello que carece de un fin práctico. Amar no solo los hallazgos sino también los amables diálogos que se suscitan en las librerías; esas charlas suaves y otras acaloradas en torno a tal o cual lectura que ha logrado que un par de almas, así sea solo por un rato, se hayan vuelto amigas. Tal vez mi cliente ausente y Claude Roy tengan mucho que charlar. Siempre hay un libro esperando aunque nosotros no lo estemos buscando. Paciente aguarda en algún rincón de alguna librería a que lo queramos incluir entre nuestros “víveres” para sacarlo a paseo una buena tarde que alguien esté dispuesto a que lo traigamos a cuento. El amante de las librerías, puede bien ocupar ese espacio hermoso de la memoria de todos los que ven en esos taquitos impresos algo más que un libro.

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