MATANDO A RAYONAZOS. Por Mauro Vargas.

 

Estoy en contra de rayar los libros. Lo considero un acto criminal. No puedo lidiar con la idea de agarrar un lapicero de tinta indeleble y trazar una línea fea y temblorosa sobre el hermoso color crema del papel. Mucho menos con coger un resaltador y pasar sobre las letras una capa de esa tinta resplandeciente. Aquello es violar su integridad. Es como acercarte a tu amigo borracho mientras está dormido y tatuarle un pene en la frente. Cuando el tipo despierte, probablemente ninguna mujer se le acercará mientras vean ese miembro erecto y horizontal sobre las cejas. Y es lamentable que como lector deba enfrentarme a ese problema con frecuencia.

Hace varios meses, solicité un préstamo en la biblioteca. Esperé quince minutos por él, lo presenté a la salida y solo hasta llegar a mi casa lo abrí. Si lo hubiese hecho antes, seguramente lo habría devuelto de inmediato. Todo el libro estaba lleno de líneas ondulantes subrayando expresiones y de óvalos y recuadros encerrando palabras. Verdes, rojas, azules, negras. Intenté leer los primeros capítulos de la novela, pero fue realmente difícil sentirme cómodo con todo ese absurdo colorido llenando las páginas.

Sí, sé que para muchos la idea de rayar un libro es algo romántica. Que rayarlo lo hace más propio, que anotar en sus márgenes es como imprimirle el sello personal. Recuerdo que algo muy parecido dijo alguna vez una profesora de historia en la universidad. Y mucho después, otra profesora, esta vez de literatura, nos incitó con vehemencia a anotar en las márgenes, a escribir en las páginas en blanco de atrás, a doblar las esquinas de las hojas. Nos mostró con orgullo su maltratado ejemplar del Decamerón como si aquello se tratara de una obra de arte. Algunas hojas estaban violentamente dobladas hasta la mitad, en otras brillaban las líneas fluorescentes de los resaltadores y en otras las márgenes estaban atestadas de anotaciones con lapicero. ¡Válgame Dios! Yo estaba en la universidad para que me educaran en la literatura, no para que me convirtieran en un vándalo. ¿Acaso no pueden hacer todos esos estragos en una hoja aparte? ¡Por lo menos usen un lápiz! Existen otras posibilidades para registrar lo que aprenden cuando están leyendo y es por eso que considero el vicio de rayar los libros como un acto premeditado.

Yo me niego a seguir esa conducta, por muy llamativa que sea. Aprendí  que destrozar un libro de esa manera tiene algo de egoísmo. Los libros no nos pertenecen para siempre, tan solo los tenemos prestados durante su ciclo vital. Somos sus guardianes transitorios. Cuando mueran, esos libros serán leídos por otros. Si se raya de manera permanente, el libro muere al instante y se le niega el placer de una lectura amena a próximas generaciones. Los libros que están en las librerías de usados son muchas veces de bibliotecas de gente que fallece. Si están rayados con lápiz, el librero simplemente borra las anotaciones y queda como nuevo. Pero cuando vienen todos dañados con bolígrafo o «personalizados» con resaltador, van directo a la basura o a un infame remate en la calle. No se pueden vender a un precio razonable, y la gente tampoco los compra en su deplorable estado. Su destino es permanecer todo el día bajo el sol, vapuleados por quienes se acercan curiosos, miran los rayones en el interior y los dejan con desgana sobre la mesa en la calle, mientras sus carátulas se decoloran lentamente hasta perder su identidad, para finalmente acabar como ceniza en una hoguera. ¿Es eso justo?

La fiebre de rayar un libro supone matar algo que es capaz de vivir eternamente.

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