Montevideo sin flores (cuento) – Jesús Antonio Álvarez Flórez.

MONTEVIDEO SIN FLORES

 

Adiós muchachos, compañeros de mi vida,

barra querida de aquellos tiempos.

Me toca a mí hoy emprender la retirada,

debo alejarme de mi buena muchachada.

Carlos Gardel

 

—Con permiso —dijiste a los asistentes a la fiesta, con una media sonrisa, y todos rieron sin saber que vos no estabas de humor ese día. ¿Por qué ibas a estarlo?  Antes de entrar a la cancha ya te sentías remplazado por Alfredo Zibechi, el nuevo centre-half del club, quien hipócritamente te deseó buena suerte antes del partido contra el Charley.

—Con los cincuenta pesos que te sacás como archivista podés casarte y vivir tranquilo, fuera de la cancha ­—te dijo.

Pero no podías abandonar el equipo así nada más, como quien sale de un boliche. Siete años antes dejaste tu casa en Durazno y viajaste a Montevideo. El bus en que ibas hizo una parada en Florida, pero no quisiste pisar otro lugar que no fuese la capital. Al menos eso me contaste al llegar al Colón, un año antes de que te fueras al Nacional y fueses grande hasta que lo quiso el destino. Más de doscientos partidos jugados, varios títulos de campeón y el cariño del público habían llegado a su fin. Ya no hacías parte del equipo titular, y cuando lo hiciste los aplausos se convirtieron en insultos. No sabés cómo me dolía oír lo que decían de vos en la calle. Que solo servías para hincha pelotas y otras boludeces. Llevabas tiempo sin marcar goles, y en la defensa hacías aguas ante los rivales. Por esa época ya te estaban buscando remplazo, a vos, el grande, y ni vos ni yo lo podíamos creer. Por eso, cuando Zibechi te palmeó la espalda, diste media vuelta y saltaste a la cancha vestido con la tricolor, la número cinco, y orgulloso luciste la cintilla de capitán ese día, 4 de marzo de 1918, tu último día.

Jugaste como nunca. Puede que los otros jugaran mal, que hayamos podido evitar el gol que nos hicieron, pero a nosotros solo nos importabas vos, o por lo menos a mí, y fuiste el mejor. Como antes, como siempre. El partido terminó 3-1. Los hinchas apenas dieron un tímido aplauso al final del encuentro. Los jugadores salieron de la cancha con las manos en alto, agradecidos por la asistencia del público. Solo vos, el mejor de la cancha, el ídolo de todos, El Indio Abdón Porte, abandonaste el terreno sin esperar ovaciones. Minutos después las graderías del Estadio Gran Parque Central quedaron desocupadas, y supiste que había llegado tu hora.

Imagino que antes del encuentro hablaste con tu novia, pero no le dijiste nada del matrimonio. Supongo que fue una conversación fúnebre, en la que le dijiste, sin venir a cuento, como me lo dijiste a mí y en el mismo tono, que a ella nunca le faltaría nada, que te encargarías de que siempre hubiese comida en su casa. Supongo que ni siquiera le diste un beso de despedida antes de ir al estadio.

Esa noche hubo festejos en la sede del club, y allí estuvo el nuevo jugador del equipo, quien no merece vestir tu camiseta ni correr en la cancha que reinauguramos después del incendio. Nunca entendí por qué la Comisión Deportiva del Nacional te remplazó por alguien menor que vos. Tampoco lo entendiste y por eso no quisiste vivir más. O por lo menos eso fue lo que me dijiste la otra noche, en lo de Renata. Estábamos en pedo cuando me pediste el favor, si lo querés llamar de alguna manera.

—Con permiso —dijiste, y luego de las risas diste media vuelta para siempre. Nadie te vio salir de la reunión, mucho menos oyeron el disparo que te diste en el corazón. ¿Es verdad que te encontró el perro de Severino Castillo, que ladró a su dueño hasta que llamó su atención y lo llevó al el centro de la cancha, donde estabas tirado de medio lado, con una pistola en la mano y dos cartas escritas a última hora? A mí eso me lo contó un fulano, pero hay tantas cosas que ahora se dicen de vos, después de tu muerte, que ya no sabe uno en qué creer. Hasta Horacio Quiroga, imaginá, acaba de escribir un cuento y sos el personaje. Pero en él te llama Juan Polti, no Abdón, ni Indio, sino Juan. Además, dice que esa noche fuiste a casa de tu novia y le hablaste de la boda. Pero los dos sabemos que eso no es cierto, Indio. Solo yo sé dónde andabas. Dejálos. Allá Quiroga y toda esa gente que cree en boludeces.

A mí me bastó con cumplir tu última voluntad. Fui yo quien te dio la pistola con la que te mataste, y fui yo quien llevó todas las flores de Montevideo al cementerio La Teja. Vino gente de todas partes: de Atahualpa, de Barrio Borro, de Lezica, Sayago y Peñarol. También me encargué de que todos los equipos de la liga te hicieran el mejor de los homenajes, uno inolvidable para el Uruguay y el mundo entero. Ellos trajeron miles de coronas a tu velorio, y todos los que te amamos hicimos lo mismo. Todas las flores de Montevideo fueron para vos, Indio. ¡Hasta los hinchas de los otros clubes te lloraron! Pasarán muchos años, tal vez la vida entera, y el país no volverá a llorar la muerte de un jugador como te lloramos a vos.

Olvidé decirte algo: Zibechi también te llevó flores, pero yo las tiré a la basura. Y no te preocupés por él ni por tu novia. A ella la cuidaré yo, y a él le echaré desde hoy y para siempre la tierra del olvido.

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