El Seminarista – Rubem Fonseca. Norma, 2009.

Por Alejandro Torres.

Sao Pablo. Tiempo presente. El abogado de pluma afilada vuelve a meternos en la mente del asesino. Esta vez nos pasea por calles donde la oscuridad está en la gente; se ahorra la podredumbre visible para regalarnos un vistazo a las redes del poder y la corrupción como solo este genio del género negro puede hacerlo. Zé, un especialista, un Occiditur consumado, ve como se cierra el círculo por más que el quiera rehuír de su oficio y poner a descansar el gatillo. Un poderoso hombre tras bambalinas, ligado al narcotráfico con colombianos, manda a derramar sangre sin fin y el especialista está en la mira. Se trata del viejo asunto del cazador-cazado. Esta novela es un golpe seco. Fonseca se da el lujo de involucrar hasta el amor sin tornarlo insulso. La economía de la palabra parece ser el gesto definitivo de la literatura de Fonseca y este uno de sus mejores ejemplos; no abruma con florituras, nos lleva galopantes a un final terrible; Juega con el lector y sabe ocultar con seducción y tensión. El viejo Fonseca no ha errado un solo disparo y nada sobra en este delicioso paseo en negro. El seminarista, en una palabra, es el vértigo. Quedan todos invitados.

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