Bukowski: Una vida en imágenes – Howard Sounes. Salamandra, 2001.

Por Alejandro Torres.

Luego de años de resistencia de mi parte a leer alguna otra cosa que tuviera que ver con Hank, no por aburrimiento si no por hostigamiento, abrí con desgano uno de sus libros, Cartero, su primera novela y conforme pasaba las páginas fui cediendo a la risa honesta que este tipo provoca con su escritura. No viene a cuento comentarla (muchos ya lo han hecho hasta la saciedad) pero, fue tal la hilaridad, la sorpresa y lo entretenido de las dos o tres horas que tardé leyéndolo que tuve que aceptar que mis clientes, sus lectores, tienen la razón: es un muy buen escritor; un clásico del realismo sucio y una buena patada en el trasero de los bucolismos y los paisajes cuidados de las letras occidentales. En mi búsqueda excéptica de Chinaski, su alter ego, dí con este libro de fotos del viejo indecente.

Un libro de homenaje que acompaña a la perfección su lectura. Ya sé bien que al tercer o cuarto libro de él volverá ese tedio que me hizo abandonarlo: el hecho de saber que terminaré leyendo el mismo cuento de forma distinta, una y otra vez; que caminaré de nuevo pateando latas vacías y asqueado de tanta prostituta fea que recorre medio ebria las calles de su literatura. Por ahora creo haber dado con un buen libro para ver a Bukowski en acción; fotografiado desde muchos ángulos y en recorrido frenético por su convulsa existencia. Lo que ya me va quedando de bueno en esta conversación con su iconografía y mi escasa lectura de su obra, es la vida vivida sin remordimientos; la escritura desde el abismo cotidiano y una mueca cercana a nuestro dolor.

Bukowski, al menos el que hasta ahora conozco, es un tipo que saca de la oscuridad a los que de otra forma jamás ocuparían el puesto deseado de la inmortalidad de las letras. Vuelve al más pequeño de los personajes, el eje central de una historia que un tipo te cuenta mientras terminas la más amarga de las cervezas; esa que parece hiel porque la has revestido de soledad y tedio. Los ángeles, California, quizá brillen menos sin su grito; Bukowski, el callejero sin miedo a darse de frente con la vida; sin miedo de la siguiente copa o el sucedáneo cigarrillo o la siguiente paliza por dar o ser recibida. Él sabía que esas cosas hay que hacerlas de este lado de la acera; enfrente, en la otra vida, todo está cerrado, ni un solo kiosko o bar abierto. La otra literatura, no la de Hank, a veces es como un domingo antes de que anochezca, esa otra vereda que invita al suicidio.

Para los que les gusten las animaciones, aquí les dejo una de las mejores que se han hecho sobre Bukowski. Salud

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