El Lobo de Wall Street – Martin Scorsese. USA, 2013.

Por Carlos Alejandro Núñez Trujillo.

Martin Scorsese pertenece al selecto grupo de directores (que incluye a Woody Allen y Pedro Almodóvar, entre otros) que lo tienen a uno pendiente de cuál será su próxima propuesta cinematográfica. En esta ocasión, el genial director de “Taxi Driver” presenta una reflexión sobre la cultura gringa y sus excesos inherentes. “El Lobo de Wall Street” no es solamente una película sobre el mundo financiero y las patologías que lo habitan, sino una profunda disección del ser humano y sus multiformes sombras.

La historia comienza con una situación bastante absurda: un grupo de hombres bien vestidos intenta lanzar a un enano hacia un blanco que tiene el signo del dólar ($) en el centro. Se trata de la nueva moda entre los millonarios banqueros de Wall Street de contratar enanos para apostar dinero a ver quién puede lanzarlos más cerca del blanco. Este es apenas el abrebocas de una larga tirada de eventos obscenos orquestados por Jordan Belfort, el fundador de una firma comisionista de bolsa de Wall Street.

Como toda historia digna del “sueño americano”, Jordan Belfort comienza desde abajo, trabajando para una firma de Wall Street que quiebra con el lunes negro de 1987. Ese día, la bolsa tuvo la caída más vertiginosa desde la Gran Depresión de 1929. Jordan pierde su trabajo, pero su habilidad para los negocios lo pone nuevamente en el top. Con un grupo de vendedores de droga y desadaptados sociales funda Stratton Oakmont, la firma que lo llevaría simultáneamente a la cima de la riqueza material, y a la sima de la depravación y el vicio.

El protagonista, magistralmente retratado por un soberbio Leonardo DiCaprio, es muy sincero con sus intenciones: ama el dinero apasionadamente. Ama las comodidades y excesos que le permite ganar millones de dólares al año. Ama la habilidad de la plata para corromper a las personas y tolerar los más degradantes abusos. Es como si pagarle mucho dinero a otra persona la hiciera ver menos humana y más como una bien transable. En el caso de los enanos de la escena inicial, los protagonistas dejan entrever que el hecho de pagarle a alguien para poder usarlo como bola de cañón lo convierte en algo menos que humano (en un guiño a la película “Freaks” de 1932 sobre seres deformes que actuaban como atracción en los circos, los protagonistas se burlan de los enanos, asimilándolos a esos fenómenos de antaño). Para estos adinerados banqueros de Wall Street las personas son sólo medios para un fin: la temporal disrupción del aburrimiento.

En una escena que me pareció particularmente reveladora, Jordan, luego de tener un encontrón con la justicia, se encuentra en su mansión, mostrándole a un amigo el dispositivo electrónico que le pusieron en el tobillo para que no pueda huir. Lo esclarecedor del asunto es que Jordan confiesa el profundo hastío que le produce no poder drogarse y escapar de sus miserias en un yate con helicóptero incluido. Es como si la vida de excesos y vicios que lleva solo sirve de pantalla de humo para la oscuridad que lo carcome por dentro. Su obsesión por el dinero es solo una forma costosa de escapismo. Como dijo T.S. Eliot “human kind cannot bear very much reality” (la humanidad no puede tolerar demasiada realidad). Mientras muchos de nosotros nos contentamos con escapar de la realidad por un breve instante, al ver una película, jugar un juego de video o leer un libro, otros necesitan mucho más que eso.

Contrario a lo que pensaron algunos críticos luego de ver la cinta, “El Lobo de Wall Street” no es una apología de los excesos y la ambición descontrolada, ni tampoco trata de glorificar a los sociópatas financieros. Es un mirada profunda a como ciertos vacíos del alma humana son tan abismales que ninguna cantidad de lujos puede cubrirlos. Es como si la estrella más masiva del universo se convirtiera en un hoyo negro y alguien tratara de llenarla lanzando granitos de arena al centro de su horizonte de sucesos.

En otras circunstancias, Jordan Belfort habría sido un simple indigente drogadicto, vagando sin rumbo por las calles de Nueva York. Sin embargo, logra llegar tan “lejos”, sencillamente porque es un vendedor de sueños. En términos materiales, le endulza el oído a sus clientes para que crean que el estiércol que vende es en realidad oro. Pero, a un nivel más sutil, es el flautista de Hamelín o las sirenas que tanto atormentaban a los marinos de Odiseo. Jordan vende sueños autodestructivos y en última instancia irrealizables. Convence a sus clientes para que compren de lo que él mismo carece: la habilidad de vivir una vida feliz y plena, sin necesidad de colmar los espacios vacíos inmateriales con la abundancia material. Pero, contrario a lo que decía Jesús, nadie puede dar de lo que no tiene, y Jordan no es la excepción.

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