NARCÓPOLIS – Jeet Thayil – CHINDIA Plataforma 2013

Por Tomás Ferri.

…hay mil buenas razones para drogarse de las que nadie habla, y la razón fundamental que nadie menciona es el consuelo que supone, lo bueno que es ser esclavo de algo, la regularidad y el hábito que supone la adicción, que es un antídoto infalible contra la soledad y acaba por convertirse en tu familia y te da amor y protección de madre y te guarda de todo mal. … Porque la heroína no es lo que lo engancha a uno, dijo Dimple, la adicción real es el drama de la vida, el caos vital, y es una adicción que no superaremos nunca; y porque en el fondo la buena vida, es decir, la vida narcotizada, es la mejor de las opciones limitadas que nos ofrece este mundo.

 Bombay es el héroe o la heroína de esta historia, como dice el mismo narrador. De hecho, el libro empieza y termina con la palabra Bombay “Descubrí Bombay y el opio, la droga y la ciudad, la ciudad del opio y la droga Bombay”. Los coprotagonistas de esta historia son chulos, caballos, traficantes, prostitutas, poetas y, por sobre todo, jonkies, “Luego están los adictos, claro, los adictos al hambre, a la rabia, a la pobreza y al poder. Y los adictos puros, que no están enganchados a ninguna sustancia sino al olvido y a la ternura que engendran las sustancias”.

La novela arranca en la década de los setenta con una Bombay “romántica” y adicta a la etiqueta del opio y termina a comienzos de los noventa con una Bombay desmembrada y desfigurada por la heroína y por los rascacielos que no pueden aplastar ni la pobreza ni el destino de quienes están condenados a sufrirla. Por allí, en una de sus calles que no es más que otro laberinto sin comienzo ni fin, de repente, nos encontramos con el fumadero de opio de Rashid (no se puede dejar de pensar en este sitio como otra “Puerta de los Cien Pesares” de Kipling), el lugar donde todas las historias se mezclan entre cada calada que el narrador le da a la pipa; y mientras el humo negro le invade sus pulmones —todo su ser—, al lector los crudos destinos de los personajes se le presentan casi como fantasmagorías producidas por un lenguaje opiáceo y poético. Entre estos, quizá Dimple es quién genera más simpatía, no solo a los otros personajes y al narrador, sino al mismo lector. Dimple, niño, regalado por su madre y luego castrado y convertido en una bella prostituta. Hombre y mujer. Experta en el “arte” de preparar la pipa y también de fumársela. Amante de los libros, de las historias que estos encierran y de las palabras que hasta ahora está empezando a aprender a leer. Es ella con su dolor, dolor que le infligen los otros —la ciudad entera—, la que parece destinada a dar afecto a unos seres que encuentran en la droga el único refugio que les da la vida.

 Como dije antes, al leer el libro no se puede dejar de recordar “La Puerta de los Cien Pesares de Kipling, que Borges tradujo y considero “una breve y suficiente obra maestra”. Pero como nosotros los lectores, al fin y al cabo, también somos unos adictos que nunca tendremos suficiente, este libro es una oportunidad para quienes quedaron con esas ganas de un poquito más al leer el cuento de Kipling. En definitiva, este libro es un buen viaje opiáceo, pero igual siempre quedaremos con ganas de otra calada.

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