El 21 de Diciembre, Último Día del Último Maya.

Por Oscar Barragán.

En el centro de la ciudad, el tránsito estaba paralizado. Hacia el horizonte se veía un centelleo enorme de color rojo.  Era como el anuncio de algo grave. Algunos peatones circulaban desorientados. Yo no era capaz de bajarme de mi carro. Ante semejante fenómeno me sentía inerme y congelado de miedo. Perdí la noción del tiempo. Aturdido al ver esa luz que ya abarcaba todo el cielo, me sentí desasosegantemente curioso al  no saber qué era lo que pasaba. Sólo pensaba en eso. ¿Desaparecería el mundo? Quise que así fuese para dejar de sentir semejante sensación tan desorientadora. Hasta que un sonido estridente apartó mi visión de aquel centelleo. De repente,  vi personas corriendo.

    Era la hora de regreso a casa. En medio del atasco del tráfico, los carros se veían abandonados y el tropel de gente aumentaba. Parecía no terminar de atardecer. Todas las actividades fueron abandonadas. Había una radiación y un murmullo  de pánico que semejaba el zumbido de miríadas de abejas atropellándose sin ton ni son dentro de un panal al que se le hubiese golpeado fuertemente. Yo no podía con esa sensación vertiginosa que hacía presión sobre todo en mis oídos. Ráfagas de aire caliente golpeaban mi carro y yo no me atrevía así a bajarme. De golpe una modorra irresistible, quizá producto del calor, se apoderó de mis sentidos. La pesadez cerró mis ojos.

    Desperté en medio de las ruinas de lo que al parecer había sido una conflagración universal. Todo había ardido en torno y se escuchaban unos cuantos apagados chisporroteos. El sofoco me hizo abrir la puerta y salir apresurado. No había ningún ser humano en el cercano derredor. Ignoraba  cómo pude permanecer incólume ante tal hecatombe. Había sido protegido por una fuerza misteriosa, presentí que tal fuerza era magnética. Una sensación de deja vú no me abandonaba desde que salí de mi carro. Recuperé el sentido del tiempo para darme cuenta de que era el fin, quizá el final de los tiempos.  Al recobrar mis cinco sentidos enseguida tomé el celular de mi bolsillo. Al ir a marcarle a mi amada, encontré un mensaje en el que ella se despedía de mí para siempre entre sollozos. El pavor se hizo mayor al escuchar que la radio de mi celular sólo ruidos ininteligibles emitía. Si bien había sobrevivido a la catástrofe, no me sentía capaz de sobrevivir al sentimiento de estar solo. El pavor se hizo mayor al ir recorriendo a pie la ciudad muerta. Por todas partes reinaba el caos. Cuerpos calcinados parecían una macabra obra de arte moderno al estar en poses de carrera, o botados retorcidos en el piso, en un paisaje surrealista donde los autos tenían formas inverosímiles causadas por el calor abrasante que había empezado a disminuir aceleradamente. Las torres de los rascacielos estaban desmigajadas y algunas echaban humo como cigarros a medio fumar. El calor se hacía más tenue a una velocidad pasmosa. Pronto, ante mi alarma de pasar al enfriamiento glacial, noté que el clima se estabilizaba.

    Empezó, de súbito, a anochecer y con el anochecer mi memoria se fue apagando, quizá porque no podía resistir ser el único sobreviviente en un mundo totalmente devastado. Mi conciencia era conciencia de algo concreto: la pérdida de conciencia sobre algo que era precisamente una oscuridad total en cuanto a coordinar las palabras con algo determinado. Tenía conciencia de estar perdiendo, o haber perdido, la conciencia. En pocos segundos ya no recordaba qué había pasado, y mucho menos de dónde venía, quién era o dónde estaba. La memoria de las palabras estaba intacta, pero tenía las palabras para las que no encontraba su correspondencia con la realidad. Es más: no sabía a ciencia cierta qué idea era la correcta para poder expresar la realidad, pues no sabía con qué relacionarla. Estaba esa palabra: realidad, pero no sabía a qué correspondía. Sin embargo, continuaba dentro de mí un diálogo inconcluso que me permitía seguir exponiendo lo que había estado constatando como pérdida de la memoria, pero se me escapaba por completo su significado. Era como si las palabras y las frases se dijesen solas, sin concurso consciente ni para emitirlas en mi pensamiento, ni mucho menos para entenderlas. Lo que me rodeaba se llamaba de algún modo que en mi magín se correspondía a una cifra resultado del batir de un par de dados que estuviesen en el aire sin caer, levitando en un mundo desconocido donde la ley de la gravedad fuese un posible, real en otro mundo. Dentro de mí bullían tantos nombres o cosas o estados como “carro”, “conflagración”, “modorra”, “ciudad”, “conciencia”, “gravedad”, “dados”, etc. para los que no podía asignar algo concreto, y que se iban hilvanando por sí solos, sin mi concurso, en frases que no podía explicar o entender. Era como si jugase a lanzar cosas hacia arriba que permanecían en el aire mientras yo estuviese con las dos manos esperando a que cayesen, pero que sólo se mantenían arriba por mi espera o por mis manos extendidas, todo lo cual yo ignoraba. Nunca sabría qué había sucedido. Estaba empezando a vivir en medio de un mundo desconocido para el que no tenía otro nombre que las palabras sin designación comprobable para mí, y sin significación en mi mente. Ah, otra palabra que vuela como paloma que no regresaría al Arca de Noé: “mente”. Y esa otra tan extraña: “mundo”.

    Luego de muchísimo tiempo, no sé cuánto, los objetos adquirieron el brillo prístino de un comienzo de mundo. Para mí todo era nuevo. Empecé por nombrarme: El Innombrable. El comienzo del mundo, al final de todo, ya no era un recomenzar, sino un final del hundimiento total. Al frente mío había una ciudad abandonada con todos sus edificios intactos, como si la herrumbre del tiempo no los hubiese tocado, y muchos menos el trajín de sus habitantes, que parecían haber salido de allí dejando la ciudad sin motivo alguno. Al fondo observé el campo de juego de pelota, al pie de nuestro observatorio, que tardé en abandonar para ir a reposar en nuestra piedra sacrificial, ya que me había acometido un deliquio alucinante en el que la visión de una ciudad con extraños artefactos y luces rutilantes había hecho colapsar mi conciencia. Al presentir que ya me llegaba el fin, unas pocas frases volaron entre mis labios mientras recuperaba del todo la conciencia sólo para darme cuenta de que lo que nuestros astrónomos habían predicho se había cumplido: el magnetismo de la tierra había cambiado con un absoluto exabrupto, rompiendo todas las posiciones mentales del planeta. /La conciencia de Gaia se deshacía en flecos, cuyos últimos jirones apenas brillaban macilentamente, y entre ellos estaba cual luz más cruda el de uno que había sido miembro de la especie más depredadora de todas, la humana. / Oh oscuridad, mi luz…Yo…muero;…sin…pen-sar-lo; como el último de la especie que nunca pudo superarse hacia la conciencia de la tierra.

 

FIN.

Una respuesta to “El 21 de Diciembre, Último Día del Último Maya.”

  1. JAIME PERTUZ SOLORZANO Says:

    Que cuento tan malo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: