Un pésimo cantante que les enseña a muchos

Por Sebastián Montero Vallejo.

Sus padres le pusieron Robert Zimmerman. Un día leyó a Rimbaud y quedó medio loco. Otro día cogió una guitarra y volvió locos a los demás. Lo apadrinó el mismo productor de Billi Holyday, Leonard Cohen y Bruce Springsteen. Una carrera meteórica. Disco tras disco, canciones sencillas, una guitarra a años luz del virtuosismo, una armónica que no lo hacía mejor y una voz que a duras penas merecía llamarse así. Leonard Cohen lo escuchó en la radio cuando vivía en una isla griega, y se dijo que si ese cantaba él también podía. Fue amigo de Allen Gingsberg, cantó con Joan Baez (una cándida casi-niña junto a un monstruoso niño genial que resultaron siendo amantes o novios o lo que sea) y después la dejó en la estacada. Para Truman Capote, no era más que un hipócrita. Cuando conoció a los Beatles en Inglaterra los puso a fumar porros (los chicos de Liverpool no conocían esas cosas). Además (y se dice siempre), es un eterno candidato al Nobel de literatura. Grosso modo: Bob Dylan.

En estas latitudes Dylan es poco valorado. Y se entiende. Muchos de sus discos tienen un aire bastante folk al que aquí sencillamente no estamos acostumbrados. Además, hay que repetirlo, su voz no es la mejor, y llega a ser incluso chocante, más aún cuando pareciera que se empeña en cantar como si su garganta fuese un tarro. Se sabe de él porque sus canciones han sido versionadas por otros más famosos y más etéreos (no los Stones, por supuesto), y porque, se dice, es uno de los iniciadores del rock, o uno de sus papás, o cualquiera de esas fórmulas resabidas que uno suele utilizar. Y ahí llega el desequilibrio cognitivo. El interlocutor no lo dice, o intenta no demostrarlo, porque, a veces, el interlocutor no quiere pasar por poco enterado y asiente en silencio, no sin algo de incomodidad, pero ahí está la sensación; otros simplemente lo expresan en voz alta: ¿qué le ven a ese tipo (que para rematar es feo, pues en ciertos círculos se puede ser un asno pero no feo) para que sea tan importante?

Hasta Dylan, el rock contaba con figuras sobresalientes, virtuosos de la guitarra, músicos dotados o dotadísimos. No obstante, en las letras estaba su bemol. Hasta ese momento el rock decía cosas del talante de: “well, shake it up, Baby, twist and shout”, y poco más. Los Beatles versionaron ese tema en 1961. En 1962 Dylan publica su segundo álbum, The Freewheelin’ Bob Dylan. Uno se podría imaginar a Lennon escuchando: “How many roads must a man walk down / Before you call him a man? […]Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly / Before they’re forever banned? […] How many years can a mountain exist / Before it’s washed to the sea? […] The answer, my friend, is blowing in the wind” [“¿Cuántos caminos debe un hombre andar / Antes de que puedas llamarlo un hombre? […] Sí, y ¿cuántas veces deben volar los proyectiles del cañón / Antes de ser  prohibidos para siempre? […] ¿Cuántos años puede una montaña existir / Antes de ser llevada por el agua hacia el mar? […] La respuesta, mi amigo, suena con el viento”.] O escuchando: “I saw a newborn baby / with wild wolves all around it. / I saw a highway of diamonds / with nobody on it / I saw a black branch with blood / that kept drippin’ / I saw a room full of men / with their hammers a-bleedin’ / I saw a white ladder / all covered with water / I saw ten thousand talkers / whose tongues were all broken / I saw guns and sharp swords /in the hands of young children” [“Vi a un recién nacido / con lobos salvajes a su alrededor. / Vi una autopista de diamantes / con nadie en ella. / Vi una rama negra con sangre / que seguía goteando. / Vi una habitación llena de hombres / con sus martillos sangrando. / Vi una escalera blanca / toda cubierta de agua. / Vi a diez mil oradores / cuyas lenguas estaban rotas. / Vi armas y espadas afiladas / en las manos de niños pequeños”][1].

Dylan habla por sí solo. Y, sencillamente, eso es lo que le da al rock: profundidad. Mover las caderas está bien, muy bien, claro que sí. O que la novia te deje es feo y llamarla mala por ello es (en ocasiones y para ciertos tipos) normal. O decir que a pesar de ello la seguirás amando hasta el fin es (en ocasiones y para ciertos tipos y a pesar del almibarado lugar común) aceptable. Pero después de eso, está lo demás: no solo la política o los problemas sociales: Dylan ha dicho hasta la saciedad que no hace canción protesta, que qué es eso, que ni idea. Joan Baez lo refrenda; ha dicho que Dylan, con algunos excepciones, no frecuentaba marchas o manifestación públicas (quizá le importen muy poco). Está lo demás. Y lo demás es: el hombre con sus vicisitudes. El hombre con sus angustias. El hombre con sus odios. El hombre (claro que sí) con sus desvaríos. Lo demás es, en otras palabras, la poesía: a miles de kilómetros de la Minnesota natal de Dylan un poeta japonés dijo que para ser poeta se necesitaban tres condiciones: ser hombre, ser hombre y ser hombre —en el sentido filogenético del término, se entiende—.

Contra el lugar común y lo frívolo (aunque ser frívolo a ratos está bien) está la profundidad. Ser frívolo es bueno: Celine dijo que somos tan fútiles que las diversiones son las que realmente nos impiden morir, qué cabrón. Pero la frivolidad es plana. Ser frívolo es divertido, pero la frivolidad es maniquea: si mueves las caderas estoy bien, pero si me dejas estoy mal. La profundidad de la mirada (o de la conciencia o de la sensibilidad) hace que alguien (Cohen) puede decir, en cambio, “Dance me to the end of love”. La profundidad es la condición del hombre, es la dimensión intrincada de su complejidad. Y al ser consciente de esta complejidad, la música (en este caso el rock) se humaniza.

Eso hizo Dylan, llegado su momento, en el rock: lo humanizó. Nos puso frente a nosotros mismos, esto es: frente a los negros, las mujeres, los dementes, los adictos, los boxeadores, los adivinos, los asesinos, las armas nucleares, las guerras mundiales, los judíos, el amor, el odio, dios, el diablo, los ángeles, las puertas del cielo… Sí, las puertas del cielo: frente a ellas nos puso. Quizá la voz no pueda sonar muy bien cuando se habla de todo eso.

***

Un día Dylan dijo que se sentía identificado con el tipo que mató Kennedy.

En un arrebato de inédita y descomunal modestia, Dylan dijo que si no hubiese tenido la inmensísima fortuna de ser Bob Dylan, le gustaría haber sido Leonard Cohen (casi nadie).

Dylan Cantó para Juan Pablo II.

Solo cabe respirar profundo.

Fue Joaquín Sabina quien afirmó en una entrevista: “Canta como el culo, toca la guitarra como el culo, toca la armónica como el culo. Y es el mejor”.

El mejor. Y el Nobel no le hace falta.


[1] La versión en español es de Tomás Ferri.

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