London A Pilgrimage – Gustave Doré & Blanchard Jerrold. Dover, 1970.

Por Alejandro Torres.

Jerrold, un cronista de la época victoriana, conduce al afamado grabador Gustave Doré por la crepitante y oscura Londres de finales del XIX. El asco y la pobreza son rampantes. Si alguien desea caminar de las manos de las prostitutas que más tarde serían azotadas por Jack The Ripper o adentrarse en la cárcel de Newgate para asistir a un ahorcamiento o ver los interminables paseos de los presos alrededor de una fuente, este es su libro. LLeno de descripciones vívidas y de la mano maestra que va dejando la huella de la miseria plasmada en grabados irrepetibles, vamos pasando las páginas y aguardando que a la vuelta ocurra un contrapunto que anime el viaje: Doré añade a las imágenes de seres tristes y repugnantes que habitan bajo los puentes que cruzan el Thames y a la piara de pobres que deambulan por la zona céntrica de Londres, la belleza triste y parca de la arquitectura de una ciudad de más de mil años.

Este libro te deja sumido en miles de preguntas. Los harapos y el hambre campean hoy como ayer y Dickens es más actual que nunca. Casi puede uno sentirse sacudido y estrujado por las gentes en los puertos, las estaciones y las galerías. Se sufre mientras acompañamos a una mujer a enterrar a sus hijos pequeños que perecieron con el estómago adherido al espinazo. Una joya para rememorar que la humanidad hierve en sus propias heces mientras la jauría escasa y sedienta se aferra a sus monedas que solo arrojan como migajas de pan duro sobre las fauces desmesuradamente abiertas en esa mueca que espera seguir hartándose con las sobras. Este libro, en fin, solo es una prueba de que es mejor nacer hoy que ayer pero que, en el fondo, las moscas y el lodo son más viejos.

Me parece, sin embargo, que hoy igual que ayer es posible morir bajo la humedad pegajosa de una calle como las de Doré en Londres. El abandono siempre sabe cuáles son sus calles y a quién y a qué abrazar con sus fríos mantos. Al  terminar de leerlo, uno cierra los ojos y aún siente cómo se aferran, como colmillos al pantalón,  las manos que ruegan por calor y algo que les arranque la alucinación provocada por la fiebre de días sin probar bocado. Esto sumado al hecho de que lo que llevas puesto, como en un mal sueño, te ha sido arrancado cuando quisiste compartirlo. La deseperación solo sabe rapar. El hambre no espera la venia.

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