LO QUE PERCIBÍ DE DOS LIBROS.

Por John Freddy Vargas.

A continuación trato de presentar una serie de percepciones sobre las cuestiones que me suscitó el leer dos textos totalmente dispares, reveladores, aislados, inconexos e independientes, pero como en la viña del señor… Pues aquí va, esto es,  espero que lo lean,  lo regañen, o por lo menos lean una de las dos materias primas usufructuadas para realizar esta usura textual.
“El criterio” de Jaime Balmes habla de las “Cuestiones de existencia. Conocimiento adquirido por el testimonio inmediato de los sentidos”, donde se dice que los objetos de la “realidad” se conocen por uno mismo o por medio de otros. Aunque a veces las percepciones que nos aportan los sentidos nos juegan una mala pasada, caemos en errores infantiles  creyendo que algo es por lo que aparenta, más por lo que es en sí; en su esencia. Entonces ¿Qué son los sentidos?… ¿Serán órganos que nos alejan o acercan a la percepción de un objeto o fenómeno de la realidad?
Acosemos un ejemplo de Balmes: “Veo a larga distancia un objeto que se mueve, y digo yo: <>; acercándome más descubro que no es así, y que solo hay un arbusto mecido por el viento”.  Los errores en el anterior procedimiento estriban en la precipitación y ligereza con la que se formulan los juicios y, también, en el foco de acercamiento desde donde se observa el objeto o fenómeno…¿Esto será un síndrome de la modernidad?
Ante la incapacidad para formular juicios guiados por el entendimiento, la comparación y las experiencias y sin necesidad de culpar a los sentidos por los errores, entonces necesitamos recurrir al cerebro; aquel receptáculo de las sensaciones y contenedor del raciocinio, pero para llegar a tan alta pretensión se necesita de un criterio sobresaliente para juzgar las cosas, veamos el siguiente ejemplo balmesiano: “Un ciego a quien se quitan las cataratas no juzga bien de las distancias, tamaños y figuras hasta haber adquirido la práctica de ver”. La experiencia es fundamental para la formación de juicios, pero sobre todo el entendimiento que se deriva de está.
Leamos la siguiente historia: “Un hombre adulto y un niño de tres años están mirando por un vidrio que a la vista les ofrece paisajes, animales, ejércitos; ambos recibían la misma impresión; pero el que sabe bien que no ha salido del campo y se halla en un aposento cerrado no se altera ni por la cercanía de las fieras ni por los desastres del campo de batalla”. El niño ante la situación presentada se pondrá a llorar a cántaros.
Propongo el Inspector de los fenómenos u objetos, quien tendrá la sobresaliente capacidad y talento para diferenciar según; la comparación, el conocimiento, la experiencia y el raciocinio, lo real de lo que no lo es. Dicho personaje deberá actuar de diferentes maneras según el objeto a verificar; si la intención es buscar la esencia de la cosa en sí, entonces deberá empezar por las propiedades, bordes y funciones del objeto, pero si su intención es explicar un fenómeno; deberá escudriñar las relaciones y las interdependencias de este fenómeno con su contexto, antes de lanzar un juicio.

Ustedes se preguntaran, arguyendo malas intenciones y despropósitos de mi parte ¿Qué relación habrá entre esta serie de pensamientos de corte filosófico y un cuento de Edgar Allan Poe?
No es pretensión, ni intención de este escrito demostrar una tesis o proposición, lo que quiero presentar es un apartado filosófico interesante, y terapeuta como el de Balmes, con la invención literaria de un autor fantástico, en esté no hay terapia,  como Poe. El cuento al cual me refiero en este caso es la “Esfinge de Calavera”.
En dicho relato extraordinario se esbozan dos personajes que se están solazando a las orillas del Hudson, huyen de la epidemia de cólera en New York. El bosquejo inicial del cuento presenta un propósito existencial de estos dos personajes; descansar y entregarse a la diversión y a la lectura, pero dicha aspiración se ve interrumpida, ni siquiera iniciada, por las pavorosas noticias que se extendían desde la ciudad hacia la villa donde pernoctaban.
Las pavorosas noticias presentaban fallecimientos de amigos cercanos (típico en Edgar Allan Poe), las malas nuevas eran siempre las mismas, y ya se habían convertido en sección fundamental en la existencia de los dos personajes, como en el siguiente fragmento (frase): “el aire del Sur nos parecía  oler a muerte” ¿Serán exageraciones de un sentido común latente en algunos de los personajes? Uno de los personajes se sume en una tristeza anormal donde las lecturas se iban convirtiendo en el estandarte de su superstición.
La creencia del supersticioso era que el sentimiento popular poseía elementos de verdad y merecían gran respeto. Esta tesis la sustentara  hasta el desenfreno. Un día estaba leyendo uno de los libros de la biblioteca cuando de pronto entrevé por la ventana un objeto, un monstruo de horrorosa conformación, el  personaje duda de su juicio, pero antes de su sentido de la vista. Aunque Hubo un lapso de tiempo en el que comprobó  que no estaba soñando o estaba loco, después de la comprobación empieza con la descripción minuciosa del objeto monstruoso,  lo presenta como algo repugnante y lo singular del hecho era que veía claramente en su pecho la imagen de una calavera: “como si hubiese sido dibujada por un artista”.
Teniendo en cuenta lo que mencionamos anteriormente sobre la formación de las percepciones, desde los sentidos, y posteriormente de los juicios; singularmente el personaje escucha un sonido estridente del animal terrorífico, entonces dos sentidos nos evidencian la existencia del objeto animal terrorífico. El impulso que siente el vidente es de alarmar a su amigo sobre el suceso, pero se detiene ante la repugnancia como sentimiento y mas que repugnancia era la imposibilidad ante la existencia de dicho objeto y que lo tomasen por maniático, loco o soñador.
Resulta que el receptáculo arquitectónico del relato es la estancia donde percibió por primera vez el animal, él ocupaba el mismo lugar siempre que lo veía. El compañero estaba con él, por consiguiente le refirió el fenómeno, su erudito acompañante le escuchó con profunda atención, es verdad, al principio se desternilló a carcajadas sobre lo que escuchaba, pero luego profundizó en las descripciones, interrogó hasta el más minucioso detalle, después de suspirar a fondo, le dijo a su compañero: “que la causa principal  del error en todas las investigaciones humanas esta en el peligro que corre la inteligencia, rebajando o atribuyendo un valor excesivo a la importancia de un  objeto, por una simple medición de su proximidad”.
El erudito personaje se dirigió a la librería, una vez terminada su sentencia sobre la existencia de los objetos mediante los sentidos y la percepción, tomó un tratado de Historia Natural y le leyó la siguiente descripción: “del genero Sphinx, de la familia crepuscularia del orden lepidotera y de la clase insecta o insectos…Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de aspecto metálico; boca formando un trompa enrollada, debida prolongación de la quijada, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de palpos vellosos; las alas inferiores están adheridas a las superiores por unas cerdas; antenas en forma de porra prolongada, primatica; abdomen puntiagudo.  La esfinge de Calavera causa un gran terror entre el vulgo, y al mismo tiempo, el tono triste del lamento que profiere y esa imagen de la muerte que muestra sobre su coselete aumenta el miedo de la gente”….cerró el libro y le reveló en la ventana el monstruo, como subía por uno de los hilos que una araña había tejido en el marco de la ventana…¡Era un insecto, no era un “monstruo”! Ahora el problema es saber si el insecto era una polilla o…mejor se lo dejó a ustedes que sabrán diferencias más estos vericuetos de Biología e Historia Natural.
(Como de buena manera dijo un conocido y conocedor de libros, es exclusivamente una Nota una notica).
(JOTA EFE VE).
*BALMES,  Jaime. (1973) “El criterio”. Madrid. Espasa-Calpe. S.A.
*ALLAN, Poe. (1969) “Narraciones extraordinarias”. Navarra. Biblioteca Básica SALVAT.

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