Filosofía zombi – Jorge Fernández Gonzalo. Anagrama, 2011.

Por Alejandro Torres.

Alejándose de manera provocativa, terrorista casi, de la vieja lectura que señala al zombi como la encarnación (cómica palabra en este caso) del miedo a lo desconocido, el autor nos aproxima a una mitología distinta de la cultura occidental. A la construcción de una estrategia de lectura del mundo(Deleuze): la podredumbre que camina como discurso crítico de una civilización que se corroe mientras devora todo a su paso. De la saga romeriana de tripas y ronroneos macabros, Fernández Gonzalo, extracta los materiales (caja de herramientas foucaultianas) para ir desbaratando mitos y deconstruyendo (Derrida) palabras que aluden al zombi como el simple caminante no muerto y proponer una hermenéutica donde todos lucimos ya como solo devoradores de placer y nos alejamos paulatinamente de la comprensión del otro como no sea para comérnoslo. también ahondará en la semiótica de la producción en masa de íconos de belleza para usar al zombi como propuesta de resultado último, post humano y representante de la sociedad victima de un real time que nos liga a todo acontecimiento lejano mientras ignoramos lo que le ocurre a nuestro vecino (Baudrillard).  El zombi como metáfora de la vacuidad, del simulacro constante que no logra asirse a la realidad por que, sin darse cuenta, es ya la realidad misma disuelta en un continuo efímero y una angustia por seguir siendo, por durar más allá de la muerte (Lipovetski). El Zombi representa el fin de todos los relatos y el adormecimiento de la historia colectiva (Fukuyama); nos asusta porque manifiesta en su definición, en sus maneras simples y su irreductible pasión por alcanzarnos, esa otredad dispersa e inclasificable. representa una forma de temor profundo en tanto se nos aparece destejido e inasible, desconectado e innumerable. Una alegoría terrible de lo anárquico por cuanto banal e incontrolable. Se ubica justo al lado de lo más primitivo y paradójicamente es un producto muy acabado de nuestra tecnología pues es devenir de miedos viejos que solo hoy se ha apropiado de todo nuestro acontecer y en todos los productos culturales. Tanto así que ya hay territorios especializados de las mercancias culturales que han sido zombificados: Haikus zombis, novelas zombis, zombis-fan conventions, etc. Es la prueba irrefutable de nustro morbo afincado en un miedo indecifrable al otro. En fin que todos estamos como muertos y este libro delata esa pasión insana no por las visceras y la sangre sino por devorar y consumir hasta que volvamos tras la pandemia a mirar al otro a los ojos y no por sus ojos. Un manual de antifilosofía que va construyendo pensamiento de combate con jirones de carne de pensamiento, con esa vieja pero aún útil carroña de la desconfianza que, de tanto en tanto, nos permite re-imaginar el mundo para no caer del todo en ese vacío terrible donde solo atinamos a obedecer y  dejarnos devorar por lo que el poder diga con sus estrategias de un capital que no termina, de un muerto viviente que asola incluso nuestras pesadillas. En fin comer o ser comido, esa es la cuestión. Pero, si de todas formas queda alguien con hambre, este libro trae un trabajo de arqueología para zombis con todo lo que necesitan para seguir canibalizándose en muchos formatos: cine, libros, novela gráfica, grupos de fanáticos en la red, etc. Un catálogo de sangre, sudor y visceras.

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