Todos los hijos de Dios pueden bailar – Haruki Murakami

Traducido por: Tomás Ferri.

 

Yoshiya se despertó con la peor resaca posible. Apenas pudo abrir un ojo; el párpado izquierdo no se movía. Sentía su cabeza como si esta hubiera sido rellenada con dientes cariados durante la noche. Un asqueroso fango estaba manando de sus podridas encías y comiéndose su cerebro desde adentro. Si ignoraba esto, no le quedaría cerebro. Lo que también estaría bien. Tan solo un poco más de sueño: eso era todo lo que quería. Pero sabía que eso no era posible. Se sentía demasiado mal para dormir.

Buscó el reloj al lado de su almohada, pero este había desaparecido. ¿Por qué no estaba ahí? Tampoco las gafas. Debería haberlos tirado en algún lado. Había sucedido antes.

Tenía que levantarse. Logró levantar la mitad superior de su cuerpo, pero esto revolvió su cabeza, y su rostro se hundió nuevamente en la almohada. Un camión pasaba por el vecindario vendiendo tendederos. Llevarían los viejos y los cambiarían por nuevos, anunciaba el altavoz, y el precio era el mismo de 20 años atrás. La voz monótona y prolongada pertenecía a un hombre de mediana edad. Esta lo hizo sentir mareado, pero no pudo vomitar.

La mejor cura para una mala resaca, según un amigo, era ver un programa matutino de entrevistas. Las estridentes voces para cazar brujas de los corresponsales del mundo del espectáculo harían vomitar hasta el último bocado que quedara en su estómago de la noche anterior.

Pero Yoshiya no tenía fuerza para arrastrarse hasta la televisión. Tan solo respirar era bastante duro. Aleatorias pero persistentes oleadas de luz clara y humo blanco se arremolinaban juntas dentro de sus ojos, lo que le daba una extraña visión sin brillo del mundo. ¿Era esto lo que se sentía al morir? OK. Pero una vez era suficiente. “Por favor, Dios, nunca me vuelvas a hacer esto a mí”.

“Dios” lo hizo pensar en su madre. Empezó a llamar por un vaso de agua, pero se dio cuenta que estaba solo en la casa. Ella y los otros creyentes habían partido para Kansai hacía tres días. Se necesita toda clase de personas para construir un mundo: una voluntaria sierva de Dios era la madre de ese resacado peso pesado. No podía levantarse. Aún no podía abrir su ojo izquierdo. ¿Con quién diablos podría haber estado tomando tanto? No había forma de recordar. Solo intentar convertía su médula cerebral en piedra. No importaba ahora: pensaría en ello más tarde.

No podía ser mediodía ya. Pero aun así, Yoshiya pensó, juzgando por el resplandor que se filtraba por las cortinas, que tenía que ser después de las once. Algún grado de retraso por parte de un joven miembro del personal nunca era gran cosa para su empresa, una editorial. Él siempre había nivelado las cosas trabajando hasta tarde. Pero aparecer después del mediodía le había hecho ganar algunos comentarios mordaces por parte del jefe. Los podía ignorar, pero no quería causarle ningún problema al creyente que lo había recomendado para el trabajo.

Era casi la una en punto cuando salió de casa. Cualquier otro día hubiera inventado una excusa y permanecido allí, pero tenía un documento en el disco que tenía que formatear e imprimir ese mismo día, y no era un trabajo que alguien más pudiera hacer.

Dejó el apartamento que arrendaba con su madre en Asagaya, tomó la línea elevada Chuo hasta Yotsuya, hizo transbordo a la línea subterránea Marunouchi, la tomó hasta Kasumigaseki, hizo transbordo nuevamente, esta vez a la línea subterránea Hibiya, y se bajó en Kamiya-cho, la estación más cercana a la pequeña editorial de guías de viajes al extranjero donde trabajaba. Subió y bajó el largo tramo de escaleras en cada estación con unas piernas tambaleantes.

Cuando estaba haciendo transbordo de regreso en Kasumigaseki, alrededor de las diez esa noche, vio a un hombre al que le faltaba el lóbulo de una de sus orejas. Cabello medio canoso, el hombre estaba en la mitad de sus cincuenta: alto, sin gafas, anticuado abrigo de paño, maletín en su mano derecha. Caminaba con un paso lento. De alguien sumido en profundos pensamientos, dirigiéndose de la plataforma de la línea Hibiya hacia la línea Chiyoda. Sin vacilación, Yoshiya siguió tras él. Allí fue cuando notó que su garganta estaba tan seca como un pedazo de cuero viejo.

La madre de Yoshiya tenía 43 años, pero no parecía de más de 35. Tenía una apariencia clásica y pura, una gran figura que preservaba con una dieta sencilla y una vigorosa sesión de ejercicios en la mañana y en la tarde, una piel como el rocío. Solo 18 años mayor que Yoshiya, con frecuencia la tomaban como su hermana mayor.

Ella nunca había tenido mucho instinto maternal, o quizá tan solo era excéntrica. Incluso después de que Yoshiya había ingresado a la secundaria y comenzado a tomar interés en los asuntos sexuales, ella continuó caminando alrededor de la casa llevando una diminuta ropa interior —o nada en absoluto—. Por supuesto, ellos dormían en habitaciones separadas, pero siempre que en la noche se sentía sola se metía a gatas bajo sus mantas con casi nada encima. Como si abrazara a un perro o a un gato, ella dormía con un brazo echado sobre Yoshiya, quien sabía que ella no insinuaba nada con eso, pero aun así esto lo hacía poner nervioso. Tenía que torcerse en posiciones increíbles para que su madre no fuera consciente de su erección.

Aterrorizado de caer en una relación fatal con su propia madre, Yoshiya se embarcó en una frenética búsqueda de sexo fácil. Siempre que fallaba en materializar, cuidaba de masturbarse a intervalos regulares. Incluso, usando el dinero que sacaba de trabajos de medio tiempo, llegó a hacerse cliente de una tienda de porno mientras aún estaba en la secundaria.

Yoshiya sabía que debería haber dejado la casa de su madre y comenzar a vivir por su cuenta, y había luchado con el asunto en momentos críticos —cuando entró a la universidad y nuevamente cuando tomó un trabajo—. Pero allí estaba, 25 años, y aún sin ser capaz de arrancar por su cuenta. Sentía que una razón para esto era que no veía lo que su madre haría si la dejaba sola. Había consagrado grandes cantidades de energía durante años a impedir que ella llevara a cabo los programas descabellados y auto destructivos (aunque de buen corazón) que siempre se le ocurrían.

Además, con seguridad, habría un terrible arrebato si repentinamente fuera a anunciar que estaba abandonando la casa. Estaba seguro que ni una vez a su madre se le había pasado por la cabeza que vivirían algún día separados. Recordó muy vívidamente la profunda angustia y su sufrimiento cuando le anunció, a la edad de 13 años, que estaba abandonando la fe. Por dos semanas enteras o más, ella no comió nada, no dijo nada, no tomó un baño ni una vez, ni se peinó su cabello ni cambió su ropa interior. Solo se las arregló para ocuparse de su periodo cuando le llegó. Yoshiya nunca había visto a su madre en un estado tan mugriento y apestoso. El solo imaginar que nuevamente pasara le producía dolor en el pecho.

Yoshiya no tenía padre. Desde que había nacido había estado únicamente su madre, y ella le había dicho una y otra vez cuando era un muchachito: ““Tu padre es Nuestro Señor” (que era la manera en que ellos se referían a su dios). “Nuestro Señor debe permanecer arriba en el cielo; él no puede vivir aquí abajo con nosotros. Pero él siempre está cuidando de ti, Yoshiya, él siempre tiene lo que más te conviene de corazón””.

Mr. Tabata, quien sirvió como “guía” especial al pequeño Yoshiya, le decía la misma clase de cosas:

—Es verdad, no tienes un padre en este mundo, y vas a conocer toda clase de gente que te va a decir cosas estúpidas sobre eso. Yoshiya, desafortunadamente, los ojos de la mayoría de la gente están nublados y son incapaces de ver la verdad, pero Nuestro Señor, tu padre, es el mundo en sí mismo. Eres afortunado de vivir en el abrazo de su amor. Debes estar orgulloso de eso y vivir una vida buena y verdadera.

—Lo sé —respondía Yoshiya cuando acababa de entrar a la escuela primaria—. Pero Dios pertenece a todo el mundo, ¿cierto? Sin embargo, los padres son diferentes. Todo el mundo tiene uno diferente. ¿No es verdad?

—Escúchame, Yoshiya. Algún día Nuestro Señor, tu padre, se te revelará como tuyo y tuyo exclusivamente. Algún día te reunirás con él, cuando menos y donde menos te lo esperes. Pero si empiezas a dudar y abandonar tu fe, Él estará tan decepcionado que nunca se te mostrará. ¿Entiendes?

—Entiendo.

—¿Y tendrás presente lo que te he dicho?

—Lo tendré presente, Mr. Tabata.

Pero, de hecho, lo que Mr. Tabata le dijo no tenía mucho sentido para Yoshiya porque él no podía creer que era un “hijo de Dios” especial. Él era común, exactamente igual que los otros niños y niñas que veía en toda parte —o quizá incluso él era un poco menos que común—. No tenía nada que lo hiciera destacar, y siempre estaba haciendo un enredo de las cosas. Así fue a través de toda la escuela primaria. Sus calificaciones eran bastante decentes, pero cuando tenía que ver con deportes era un inútil. Tenía unas piernas larguiruchas y lentas, ojos miopes y manos torpes. En béisbol, no agarraba la mayoría de los elevados que llegaban a su lado. Sus compañeros de equipo refunfuñaban, y las niñas en las gradas se reían disimuladamente.

Yoshiya le rezaba a Dios, su padre, cada noche antes de ir a la cama: “Prometo mantener una fe firme en Ti, si tan solo me concedes atrapar los elevados en el jardín. Eso es todo lo que pido (por ahora)”. Si Dios realmente fuera su padre, Él debería ser capaz de hacer eso por él. Pero su oración nunca tuvo respuesta. Los elevados continuaban cayendo de su guante.

—Yoshiya, eso significa que estás poniendo a prueba a nuestro Señor —decía Mr. Tabata con severidad—. No hay nada malo en orar por algo, pero debes orar por algo más grande que eso. Está mal orar por algo concreto, con tiempo limitado.

Cuando Yoshiya cumplió 17 años, su madre le reveló el secreto de su nacimiento (más o menos). Él era lo suficientemente mayor para saber la verdad, dijo ella.

—Yo vivía en una profunda oscuridad en mis años de adolescencia. Mi alma estaba en un caos tan profundo como un océano de lodo recién formado. La verdadera luz estaba escondida tras las nubes oscuras. Y entonces tuve conocimiento de varios hombres sin amarlos. Sabes lo que significa tener conocimiento, ¿cierto?

Yoshiya dijo que en efecto sabía lo que significaba. Su madre increíblemente usaba lenguaje anticuado cuando se trataba de asuntos sexuales. En ese punto de su vida, él mismo había tenido conocimiento de varias muchachas sin amarlas.

Su madre continuó con su historia.

—Primero quedé embarazada en el segundo año de educación superior. En ese tiempo, no tenía idea de lo mucho que significaba quedar embarazada. Un amigo mío me presentó a un doctor quien me practicó el aborto. Él era un hombre muy educado, y muy joven, y después de la operación me dio un sermón sobre la anticoncepción. El aborto no era bueno ni para el cuerpo ni para el espíritu, dijo, y también debería tener cuidado con las enfermedades venéreas, por lo que siempre debería asegurarme de usar un condón, y me dio una caja nueva de condones.

—Le dije que yo había usado condones, entonces dijo: “Bueno, en ese caso alguien no se lo puso correctamente. Es asombroso cuan poca gente sabe la manera correcta de usarlos”. Pero yo no soy estúpida. Estaba siendo muy cuidadosa con la anticoncepción. En el mismo momento que nos quitábamos la ropa, me aseguraba de ponerlo yo misma. No puedes confiar en los hombres con algo así. Sabes sobre condones, ¿cierto?

Yoshiya dijo que en efecto sabía sobre condones.

—Luego, dos meses más tarde volví a quedar embarazada. Apenas podía creerlo: estaba siendo más cuidadosa que siempre. No había nada más que pudiera hacer sino volver donde el mismo doctor. Me echó una ojeada y dijo: “¿Qué tienes en esa cabeza?”. No pude dejar de llorar. Le expliqué cuánto cuidado había tenido con la anticoncepción cada vez que yo tenía conocimiento, pero él no me creyó. “Esto nunca hubiera pasado si los hubieras colocado correctamente”, dijo. Estaba muy furioso.

—Bueno, para acortar una larga historia, aproximadamente seis meses más tarde, a causa de una extraña secuencia de eventos, terminé teniendo conocimiento del doctor. Él tenía 30 años en ese entonces, y era todavía soltero. Era un poco aburrido hablar con él, pero era un hombre decente y honesto. Le faltaba el lóbulo de su oreja derecha. Un perro se lo había arrancado de un mordisco cuando era un niño. Estaba caminando por la calle un día cuando un perro negro y grande, que nunca había visto antes, saltó sobre él y le arrancó su lóbulo. Solía decir que estaba contento que tan solo fuera un lóbulo. Podrías vivir sin un lóbulo. Pero la nariz sería diferente. Yo estuve de acuerdo con él.

—Estar con él me ayudó a recuperar mi autoestima. Cuando estaba teniendo conocimiento de él, conseguí no tener pensamientos perturbadores. Incluso llegó a gustarme esa pequeña oreja. Era tan dedicado a su trabajo que me daba una lección en el uso del condón cuando estábamos en la cama —tal como, cuándo y cómo ponerlo y cuándo y cómo quitarlo—. Tú pensarías que esto sería un anticonceptivo infalible, pero terminé nuevamente embarazada.

La madre de Yoshiya fue a ver a su amante doctor y le dijo que le parecía que estaba embarazada. Él la examinó y confirmó que así era. Pero no admitió ser el padre. “Soy un profesional”, dijo. “Mis técnicas de anticoncepción son irreprochables. Lo que significa que debiste haber tenido relaciones con otro hombre”.

—Eso realmente me hirió. Me hizo enfadar tanto cuando dijo eso que yo no pude parar de temblar. ¿Puedes ver cuán profundamente esto me hizo daño?

Yoshiya dijo que de hecho lo veía.

—Mientras estuve con él, nunca tuve conocimiento de otro hombre. Ni una vez. Pero él solo pensó que yo era una clase de mujerzuela. Esa fue la última vez que lo vi. Tampoco aborté. Decidí matarme. Y lo hubiera hecho. Me hubiera subido en un barco hacia Oshima y me hubiera lanzado de la cubierta si Mr. Tabata no me hubiera visto vagando en la calle y no me hubiera hablado. No tenía ni el más mínimo miedo de morir. Por supuesto, si entonces yo hubiera muerto, Yoshiya, tú nunca hubieras nacido en este mundo. Pero gracias a la orientación de Mr. Tabata, me he convertido en la persona salvada que conoces hoy. Finalmente, fui capaz de encontrar la verdadera luz. Y con la ayuda de otros creyentes, te traje a este mundo.

Para la madre de Yoshiya, Mr. Tabata había tenido esto para decir:

—Tomaste las mediadas anticonceptivas más rigurosas, y aún así quedaste embarazada. De hecho, quedaste embarazada tres veces seguidas. ¿Imaginas que tal cosa pueda pasar por casualidad? Por mi parte, no lo creo. Tres acontecimientos “casuales” ya no son “casuales”. El número tres no es otro que aquel que es usado por Nuestro Señor para las revelaciones. En otras palabras, Miss Osaki, es el deseo de nuestro Señor que usted tenga un hijo. El hijo que usted lleva no es solamente el hijo de alguien, Miss Osaki: es el hijo de nuestro Señor en el cielo; un hijo varón, y yo le daré el nombre de Yoshiya, “Porque es bueno”.

Y cuando, como Mr. Tabata había pronosticado, nació un niño, lo llamaron Yoshiya, y la madre de Yoshiya vivió como sierva de Dios, sin tener ya conocimiento de ningún hombre.

—Entonces —dijo Yoshiya, con un poco de vacilación, a su madre—, hablando biológicamente, mi padre es ese obstetra del que tú… tuviste conocimiento.

—¡No es verdad! —declaró su madre con ojos llameantes—. ¡Sus métodos anticonceptivos eran absolutamente infalibles! Mr. Tabata estaba en lo correcto: tu padre es nuestro Señor. Viniste a este mundo no a través del conocimiento carnal, sino a través de un acto de ¡la voluntad de nuestro Señor!

La fe de su madre era absoluta, pero de esa misma manera Yoshiya estaba seguro que su padre era el obstetra. Había habido algo mal con el condón. Algo más era imposible.

—¿Sabe el doctor que me tuviste?

—No lo creo —dijo su madre—. Nunca lo volví a ver, nunca lo contacté de manera alguna. Probablemente no tiene idea.

El hombre subió en la línea Chiyoda del tren hacia Abiko. Yoshiya lo siguió al vagón. Eran pasadas las 10:30 de la noche, y había otros pocos pasajeros en el tren. El hombre tomó asiento y sacó una revista de su maletín. Parecía alguna clase de revista profesional. Yoshiya se sentó en el otro extremo y pretendió leer su periódico. El hombre tenía una complexión delgada y rasgos profundamente cincelados con una expresión de seriedad. Había algo de doctorcito en él. Su edad parecía la correcta, y le faltaba un lóbulo. El derecho. Este fácilmente podría haber sido arrancado por el mordisco de un perro.

Yoshiya sintió con una certeza intuitiva que ese hombre tenía que ser su padre biológico. Y aún así probablemente el hombre no tenía idea que este hijo suyo existía. Ni sería probable que aceptara los hechos si Yoshiya se los revelara allí y en ese momento. Después de todo, el doctor era un profesional cuyos métodos anticonceptivos eran irreprochables.

El tren pasó por las paradas subterráneas de Shin-Ochanomizu, Sendagi y Machiya antes de salir a la superficie. El número de pasajeros decreció en cada estación. El hombre nunca levantó la mirada de su revista ni dio ninguna indicación de que estaba a punto de dejar su asiento. Observándolo por encima de su periódico, Yoshiya recordó fragmentos de la noche anterior. Había salido a tomar en Roppongi con un viejo amigo de la universidad y dos chicas que el amigo conocía. Recordaba haber ido del bar a un club, pero no recordaba si había dormido con su cita o no. Probablemente no, decidió. Había estado demasiado borracho: conocimiento habría sido imposible.

El diario estaba lleno con las historias usuales del terremoto. Entre tanto, probablemente su madre y los otros creyentes permanecían en las instalaciones de la iglesia de Osaka. Cada mañana atiborraban hasta el tope sus mochilas con provisiones, viajaban tan lejos como podían en el tren de cercanías, luego caminaban, por una carretera hecha escombros, el resto del camino a Kobe donde diariamente distribuían provisiones a las víctimas del terremoto. Ella le había dicho por teléfono que su mochila llegaba a pesar hasta 35 libras. Kobe se sentía a años luz de él y del hombre absorto en su revista que estaba sentado al otro lado.

Hasta que se graduó de la escuela elemental, Yoshiya solía salir con su madre a trabajo misionario una vez a la semana. Ella conseguía los mejores resultados de cualquiera en la iglesia. Era tan joven y encantadora, y aparentemente bien educada (de hecho, ella fue bien educada) que a la gente siempre le gustaba. Además llevaba ese niñito encantador con ella. La mayoría de la gente bajaba la guardia en su presencia. Podrían no estar interesados en religión, pero estaban dispuestos a escucharla. Iba de casa en casa en un vestido sencillo (pero ceñido al cuerpo) distribuyendo panfletos y serenamente exhalando las alegrías de la fe.

—Asegúrese de venir a vernos si alguna vez tiene dolor o dificultades —les decía ella—. Nosotros nunca presionamos, solamente ofrecemos —agregaba, su voz cálida, ojos brillantes—. Hubo una época en que mi alma estuvo vagando en la oscuridad más profunda hasta el día en que fui salvada por nuestras enseñanzas. Yo llevaba este niño dentro de mí, y estaba a punto de lanzarme con él al océano. Pero fui salvada por Su mano, de Quien está en el cielo, y ahora mi hijo y yo vivimos en la luz sagrada de nuestro Señor.

Yoshiya nunca había encontrado vergonzoso tocar a la puerta de extraños con su madre. En aquella época, ella era especialmente dulce con él, su mano siempre calurosa. Tan a menudo tenían la experiencia de ser rechazados que a Yoshiya lo ponía muy jubiloso recibir una rara palabra amable. Y cuando conseguían ganar un nuevo creyente para la iglesia se llenaba de orgullo. “Quizá ahora Dios, mi padre, pensaba, me reconocerá como Su hijo”.

Sin embargo, al poco tiempo que ingresó a la escuela media abandonó su fe. Al tiempo que despertaba a la existencia de su propio e independiente yo, encontraba cada vez más difícil aceptar los estrictos códigos de la secta que chocaba con los valores normales. Pero la causa fundamental y decisiva fue la frialdad interminable de Quien era su padre: Su oscuro, pesado y silencioso corazón de piedra. La renuncia de la fe de Yoshiya fue una fuente de profunda tristeza para su madre, pero su determinación fue inquebrantable.

El tren estaba casi fuera de Tokio y solo a una o dos estaciones de cruzar a la prefectura de Chiba cuando el hombre metió la revista en su maletín y se puso de pie, aproximándose a la puerta. Yoshiya lo siguió a la plataforma. El hombre colocó la tarjeta sobre el lector para pasar por el torniquete de control de acceso, pero Yoshiya tuvo que hacer fila para pagar la tarifa extra a ese sitio distante. Aún así, logró llegar a la parada de taxis justo cuando el hombre se estaba subiendo en uno. Abordó el siguiente taxi y sacó de su billetera un billete nuevo de 10.000 yenes.

—Siga a ese taxi —dijo.

El conductor le lanzó una mirada de sospecha, luego miró el dinero.

—Eh, ¿esto tiene que ver algo con la mafia?

—No se preocupe —dijo Yoshiya—. Solo estoy siguiendo a alguien.

El conductor tomó los 10.000 yenes y se apartó del bordillo.

—De a cuerdo —dijo—. Pero aún quiero mi tarifa. El taxímetro está corriendo.

Los dos taxis aceleraron por un bloque de tiendas cerrados, pasaron un cierto número de parqueaderos oscuros y vacíos, pasaron las ventanas iluminadas del hospital, y a través de un nuevo complejo urbano embutido con pequeñitas casas como cajitas. Con las calles casi vacías, el seguimiento no representó ningún problema —y no proporcionó ninguna emoción—. El conductor de Yoshiya fue lo suficientemente listo para variar la distancia entre su taxi y el que estaba enfrente.

—¿Un tipo con una aventura o algo así?

—Noo —dijo Yoshiya—. Cacería de cerebros. Dos compañías luchando por un tipo.

—¿Bromea? Sabía que en estos días las empresas estaban en tiempos difíciles por personal, pero no me había dado cuenta de que estaban así de mal.

Ahora escasamente había casas a lo largo del camino, el cual seguía una ribera y entraba a un área lineada por fábricas y almacenes. Las únicas cosas que marcaban este abandonado espacio eran las farolas nuevas que se abrían paso tierra arriba. Donde un muro de concreto alto se estiraba a lo largo del camino, el taxi de adelante paró de manera repentina. Alertado por las luces de los frenos del carro, el conductor de Yoshiya detuvo su taxi unas cien yardas detrás del otro vehículo y apagó las luces. Las lámparas de vapor de mercurio lanzaban en lo alto su potente resplandor al asfalto de la carretera. No había nada que ver allí excepto la pared y su densa corona de alambre de púas que parecía desafiar al resto del mundo. A lo lejos, la puerta del taxi se abrió y el hombre al que le faltaba el lóbulo se bajó. Yoshiya le deslizó a su conductor dos billetes de 1.000 yenes, fuera del pago inicial de 10.000.

—Mr., nunca va a encontrar un taxi por aquí. ¿Quiere que lo espere en los alrededores? —Preguntó el conductor.

—No importa —dijo Yoshiya y se bajó.

 El hombre, después de dejar su taxi, nunca levantó la mirada sino que caminó derecho junto al muro de concreto, con el mismo paso continuo y lento al de la plataforma del subterráneo. Parecía un muñeco mecánico bien hecho siendo arrastrado hacia adelante por un imán. Yoshiya levantó el cuello de su abrigo, exhalaba una esporádica nube blanca de aliento en la brecha entre los bordes mientras seguía al hombre, manteniéndose lo bastante lejos para evitar ser descubierto. Todo lo que podía escuchar era el golpeteo anónimo de los zapatos de cuero del hombre contra el pavimento. Las suelas de caucho de los mocasines de Yoshiya guardaban silencio.

Allí no había señal de vida humana. El lugar parecía un escenario imaginario ambientado en un sueño. Donde el muro de concreto terminaba, había un cercado de chatarra: una colina de automóviles rodeada por una cerca de malla. Bajo la llana luz de la lámpara de mercurio, la pila de metal degradado estaba reducida a una sola masa descolorida. El hombre continuó derecho.

Yoshiya se preguntó qué razón podría haber para bajarse del taxi en un sitio tan desierto. ¿No estaba el hombre dirigiéndose a casa? O tal vez quería tomar un pequeño desvío en el camino. Sin embargo, la noche de febrero estaba demasiado fría para caminar. De vez en cuando un viento helado empujaba la espalda de Yoshiya como si le pegara con efecto hacia el camino.

Donde terminaba el cerco de chatarra, otro tramo extenso del hostil muro de concreto comenzaba, únicamente roto por la apertura de un estrecho callejón. Esto parecía un territorio familiar para el hombre: no vaciló al girar en la esquina. El callejón estaba oscuro. Yoshiya no podía sacar nada de sus profundidades. Vaciló por un momento, pero luego caminó tras él. Habiendo llegado tan lejos, no estaba a punto de rendirse.

Altos muros comprimían ambos lados del recto pasadizo. Apenas había espacio allí para que dos personas se cruzaran, y estaba tan oscuro como el fondo del mar en la noche. Yoshiya solo tenía el sonido de los zapatos del hombre para guiarse. El golpeteo del cuero continuaba delante de él al mismo paso inquebrantable. Casi pegado al sonido, Yoshiya continuó moviéndose a través de ese mundo desprovisto de luz. Y luego no hubo ningún sonido.

¿El hombre había sentido que estaba siendo seguido? ¿Estaba ahora quieto de pie, sosteniendo su respiración, forzándose para ver y escuchar lo que estaba detrás de él? El corazón de Yoshiya se encogió en la oscuridad, pero se tragó su fuerte latido y se apuró. “Al infierno con él”, pensó. “¿Y qué si me grita por seguirlo? Solo le diré la verdad. Podría ser la manera más rápida de aclarar las cosas”. Pero entonces, el callejón se acabó donde estaba cerrado por un cerco de hoja de metal. A Yoshiya le tomó unos segundos encontrar el hueco, una abertura apenas con el tamaño para permitir que una persona pasara donde alguien había doblado el metal. Recogió los bordes de su abrigo a su alrededor y a duras penas pasó.

Un gran espacio abierto se extendía al otro lado del cerco. Sin embargo, no era un lote vacío sino algún campo de deportes. Yoshiya se detuvo allí, esforzándose para ver algo en la pálida luz de la luna. El hombre se había ido.

Yoshiya estaba de pie en un campo de béisbol, en algún lugar del campo central en medio de un trecho de maleza pisoteada. El suelo pelado mostraba como una cicatriz el lugar donde generalmente el jardinero central se paraba. Sobre el distante plato, el receptor se elevaba como un grupo de alas negras. El montículo del pitcher se encontraba más a mano, como una ligera hinchazón de la tierra. El alto cerco de metal circundaba el campo abierto. Una brisa barría el césped, llevando un paquete vacío de papas fritas hacia ningún destino.

Yoshiya hundió sus manos en los bolsillos de su abrigo y sostuvo el aliento, esperando que algo pasara. Pero nada sucedió. Inspeccionó el campo derecho, luego el izquierdo, luego el montículo del pitcher y el suelo bajo sus pies antes de levantar la mirada hacia el cielo. Varios pedazos de nubes colgaban allí, la luna tenía sus duros bordes con un color extraño. Un olorcillo a mierda de perro se mezclaba con el olor del césped. El hombre había desaparecido sin dejar rastro. Si Mr. Tabata hubiera estado allí, hubiera dicho: “¿Ves, Yoshiya? Nuestro Señor se revela a nosotros de la manera más inesperada”. Pero Mr. Tabata estaba muerto.

Había muerto hacía tres años de cáncer de uretra. Sus meses finales de sufrimiento fueron terribles de ver. ¿En todo ese tiempo nunca había puesto a prueba a Dios? ¿Ni una vez había orado a Dios por un pequeño alivio de su terrible dolor? Mr. Tabata había guardado estrictamente sus propios mandamientos con tal rigor y había vivido en tal íntimo contacto con Dios que él, de todo el mundo, estaba calificado para hacer esas oraciones (aunque podrían ser concretas y limitadas en el tiempo). Y además, pensó Yoshiya, si para Dios era correcto poner a prueba al hombre, ¿por qué estaba mal que el hombre pusiera a prueba a Dios?

Yoshiya sintió un tenue latido en sus sienes, pero no podía decir si se trataba de los restos de la resaca o algo más. Con un gesto, sacó las manos de sus bolsillos y comenzó a dar zancadas largas y lentas hacia el home base. Tan solo unos segundos antes, la única cosa en su mente había sido la persecución sin respiro a un hombre que podría ser su padre, y que lo había llevado a ese campo de béisbol en un vecindario que nunca había visto. Sin embargo, ahora que el extraño había desaparecido, la importancia de los actos sucesivos que lo habían llevado tan lejos se tornó incierta dentro de él. El significado en sí mismo se había roto y nunca sería el mismo de nuevo, así como la cuestión de si podía agarrar un elevado había dejado de ser para él un asunto de vida o muerte.

“¿Qué estaba esperando ganar de todo esto?”. Se preguntó mientras daba zancadas hacia adelante. “¿Estaba tratando de confirmar los lazos que hicieron posible que yo existiera aquí y ahora? ¿Estaba esperando ser tejido en alguna nueva trama, que se me diera un rol nuevo y mejor definido para representar? No”, pensó, no era eso. “Lo que estaba persiguiendo en círculos debe haber sido la cola de la oscuridad dentro de mí. Acabo apenas de verla, y seguirla, y pegarme a ella, y al final dejarla volar en una oscuridad aún más profunda. Estoy seguro que nunca la veré de nuevo”.

En ese momento el espíritu de Yoshiya se quedó en la quietud y claridad de un particular punto en el tiempo y en el espacio. ¿Y qué si el hombre era su padre, o Dios, o algún desconocido que justo perdió el lóbulo de su oreja derecha? Ya no representaba ninguna diferencia para él, y esto en sí mismo había sido una manifestación, un sacramento: ¿debería estar elevando cantos de alabanza?

Se subió en el montículo del pitcher y, parado en el gastado apoyapié, extendió el cuerpo a su máxima altura. Entrelazó los dedos, empujó los brazos hacia arriba y, absorbiendo una bocanada del nocturno aire frío, una vez más miró hacia la luna. Era enorme. ¿Por qué la luna era tan grande un día y tan pequeña otro? Simples bancos de tablón se extendían en la longitud de la primera y tercera líneas de base. Por supuesto, vacías: era una noche de mitad de febrero. Tres niveles rectos de asientos de tablón ascendían en largas y friolentas filas. Tenebrosos edificios sin ventanas —probablemente algún tipo de almacenes— se apiñaban juntos, más allá del receptor. Ninguna luz. Ningún sonido.

De pie en el montículo, Yoshiya osciló los brazos arriba y abajo en grandes círculos. Al tiempo con esto movía los pies hacia delante y hacia el lado. Mientras continuaba con esos movimientos como de baile, su cuerpo comenzó a calentarse y a recobrar los sentidos plenos de un organismo vivo. Al poco tiempo se dio cuenta que su dolor de cabeza casi había desaparecido.

La novia de Yoshiya, a lo largo de sus años en la universidad, lo llamaba “Súper-rana”, porque cuando bailaba parecía una clase de rana gigante. A ella le encantaba bailar y siempre lo llevaba a clubes. “¡Mírate!”, solía decir. “¡Adoro la manera en que bates esos largos brazos y esas piernas tuyas! ¡Eres como una rana en la lluvia!”.

Esto dolió la primera vez que lo dijo, pero después de haber salido con ella mucho tiempo, Yoshiya comenzó a disfrutar el baile. Cuando se soltó y movió su cuerpo al compás de la música, llegó a sentir que el ritmo natural dentro de él estaba pulsando en perfecta unisonancia con el ritmo básico del mundo. El bajar y el fluir de la marea, la danza del viento por las llanuras, el curso de las estrellas por los cielos: sentía la certeza de que esas cosas no estaban ocurriendo en lugares no relacionados con él.

Ella nunca había visto un pene tan enorme como el suyo, solía decir su novia, sosteniéndolo. ¿No se ponía en el camino cuando él bailaba? No, le decía a ella: nunca se ponía en el camino. En verdad, tenía uno grande. Siempre había sido un poco grande, desde el tiempo en que era un muchacho. Sin embargo, no podía recordar que este hubiera sido de alguna ventaja para él. De hecho, varias muchachas se habían negado a tener sexo con él porque este era demasiadogrande. En términos estéticos, parecía lento, torpe y estúpido. Que es el por qué siempre trató de mantenerlo oculto. “Tu gran pipí es una señal”, solía decirle su madre con absoluta convicción. “Esto prueba que eres el hijo de Dios”. Y él también lo creía. Pero, entonces, esta locura lo golpeó. Todo por lo que había orado era por la habilidad de agarrar elevados; en respuesta, Dios le había otorgado un pene que era más grande que el de cualquier otra persona. ¿Qué tipo de mundo salía con tales tratos idiotas?

Yoshiya se quitó las gafas y las metió con sigilo en su estuche. Baile, ¿huh? No era una mala idea. No era mala en absoluto. Cerró sus ojos y, sintiendo la luz blanca de la luna en su piel, empezó a bailar solo. Llevó el aire a lo profundo de sus pulmones y exhaló casi con la misma fuerza. Incapaz de pensar en una canción que coincidiera con su humor, bailó al compás del remover del césped y el fluir de las nubes. Al poco tiempo empezó a sentir que alguien, en alguna parte, lo estaba observando. Su cuerpo completo —su piel, sus huesos— le decía con absoluta certidumbre que estaba en el campo de visión de alguien. “¿Y qué?”, pensó. “Permitámosle mirar si ellos quieren, quienquiera que ellos sean. Todos los hijos de Dios pueden bailar”.

Pisó la tierra y le dio vuelta a sus brazos, cada movimiento elegante llamaba al siguiente en suaves e irrompibles eslabones; su cuerpo seguía el rastro de modelos diagramados e improvisadas variaciones, con ritmos invisibles tras y entre los ritmos. En cada punto crucial de su danza, podía examinar el entrelazamiento complejo de estos elementos. Los animales acechaban en el bosque como figuras de trompe l’oeil,[1] algunos de ellos bestias horrendas que nunca había visto antes. Finalmente tendría que pasar por el bosque, pero no sentía miedo. Por supuesto —el bosque estaba dentro de él, lo sabía, y lo había hecho quien él era—. Las bestias eran las que él mismo poseía.

Por cuánto tiempo siguió bailando, no podría decirlo. Pero fue el tiempo suficiente para transpirar bajo sus brazos. Y, entonces, lo sacudió lo que se encontraba enterrado lejos bajo la tierra en que sus pies estaban plantados tan firmemente: el siniestro retumbar de la oscuridad más profunda, ríos secretos que transportaban deseo, criaturas viscosas retorciéndose, la guarida de los terremotos lista para transformar ciudades enteras en montones de escombros. También éstos estaban ayudando a crear el ritmo de la tierra. Puso fin al baile y, recuperando el aliento, miró fijamente al suelo bajo sus pies como si forzara la mirada para ver en un hoyo sin fondo.

Pensó en su madre, lejos en esa ciudad en ruinas. ¿Qué sucedería, se preguntó, si pudiera seguir siendo quien era en el presente y así volver el tiempo atrás para encontrarse con su madre en su juventud, cuando su alma estaba en el estado más profundo de oscuridad? Sin duda, ellos se hundirían como uno en el estiércol de locos y se devorarían el uno al otro en actos por los que les serían repartidos los castigos más severos. “¿Y qué con eso? ¿‘Castigo’? Yo estaba programado para castigo hace tiempo. Hace tiempo la ciudad debería haberse desmoronado en pedazos alrededor mío”.

Su novia le había pedido que se casara con ella cuando se graduaron de la universidad.

—Quiero casarme contigo, Súper-rana. Quiero vivir contigo y tener un hijo tuyo. Un niño, con una cosa grande justo como la tuya.

—No puedo casarme contigo —dijo Yoshiya—. Sé que debería haberte dicho esto, pero yo soy el hijo de Dios. No puedo casarme con nadie.

—¿Eso es cierto?

—Lo es. Lo siento.

Se arrodilló y recogió un puñado de arena que se cernió de vuelta a la tierra entre sus dedos. Hizo esto una y otra vez. El toque friolento e irregular de la tierra le recordó la última vez que había sostenido la emancipada mano de Mr. Tabata.

—Yoshiya, no estaré vivo por mucho más tiempo —dijo Mr. Tabata en una voz que se había vuelto ronca. Yoshiya comenzó a protestar, pero Mr. Tabata lo detuvo con una ligera negación con la cabeza.

—No importa —dijo—. Esta vida no es más que un sueño corto y doloroso. Gracias aSu orientación, he llegado hasta aquí. Sin embargo, antes de morir, hay una cosa que tengo que decirte. Me avergüenza decirlo, pero no tengo elección: he tenido pensamientos lujuriosos hacia tu madre, cualquier número de veces. Como bien lo sabes, tengo una familia que amo con todo mi corazón, y tu madre es una persona de corazón puro, pero aún así, he tenido deseos violentos por su carne; deseos que nunca he sido capaz de sofocar. Quiero implorar tu perdón.

“No hay necesidad que usted implore el perdón de nadie, Mr. Tabata. Usted no es el único que ha tenido pensamientos lujuriosos. Incluso yo, su hijo, he sido perseguido por terribles obsesiones…”. Yoshiya quiso abrirse de esta manera, pero sabía que todo lo que conseguiría sería perturbarlo más. Tomó la mano de Mr. Tabata y la sostuvo por un largo rato, esperando que los pensamientos en su pecho se comunicaran así mismos de su mano a la de Mr. Tabata. Nuestros corazones no son piedras. Una piedra puede desintegrarse en el tiempo y perder su forma exterior. Pero los corazones nunca se desintegran. No tienen forma exterior, y bien sea bueno o bien sea malo, siempre podemos comunicarlos entre sí. Todos los hijos de Dios pueden bailar. El día siguiente Mr. Tabata exhaló su último suspiro.

Arrodillado en el montículo del pitcher, Yoshiya se entregó al flujo del tiempo. En alguna parte en la distancia oyó el débil aullido de una sirena. Una ráfaga de viento puso a bailar a las hojas de pasto y a celebrar la canción del pasto antes de que este muriera.

—Oh Dios —dijo Yoshiya en voz alta.

Un cuento de Haruki Murakami.

Esta historia fue publicada por primera vez en una colección de cuentos con el títuloKami no kodomo-tachi wa mina odoru por Shinchosa, Tokio.

Traducción del japonés al inglés por Jay Rubin.

Este cuento apareció por primera vez en inglés en el 2001 en Harper’s. Y luego fue publicado en una colección de cuentos con el título after the quake en 2003 por Vintage, Gran Bretaña.

Traducción libre del inglés, con no más fin que la divulgación literaria, por Tomás Ferri.

Derechos reservados.


[1] Trompe l’oeil: expresión francesa que significa que “engaña el ojo”. Es una técnica pictórica que intenta engañar la vista jugando con la perspectiva y otros efectos ópticos (Nota del T.).

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