ERNESTO SABATO Necro-escatología de un disidente. (Rojas, Provincia de Buenos Aires, 24 de junio de 1911 – Santos Lugares, 30 de abril de 2011)

Por Alejandro Navarrete H.

Con el mundo a oscuras, la piel fría y pegajosa, Ernesto Sabato no imaginó que terminaría sus días como uno más de los ciegos de sangre gélida que denuncian sus novelas. Lentamente, arrastrándose como un reptil en la noche la ceguera inundo sus ojos plagados de lecturas; para la comunidad del mal hacerlo uno de ellos sería su venganza. Doblemente aislado por videntes y eclipsados, refugiado en su biblioteca descubre el poder de la palabra narrada que algunas almas generosas le susurran al oído, se alimenta de esas vibraciones de aire como una larva preparando su crisálida. Ernesto, quien tuvo que lidiar con la incertidumbre de estar viviendo la vida equivocada, pues fue bautizado con el nombre de su hermano mayor muerto, debió usar su ropa y habitar los lugares preparados para él, ahora puede batir tranquilo sus alas con la muerte, son solo suyas.

Sabato es un escritor bastante particular dentro de las letras latinoamericanas, sus tres novelas son un excelente abordaje hacia los abismos del bien y el mal dentro del alma humana, de forma similar a al Extraño caso de Mr. Jenkin y Mr. Hyde, la maldad se torna seductora para algunos de sus personajes, no como una entidad espiritual establecida, sino como una posibilidad abierta del comportamiento humano. Sin embargo las imágenes más memorables provienen de sus descripciones sobre los infiernos custodiado por los ciegos; infiernos que yacen como entidades palpables bajo las ciudades, pero también esos infiernos cotidianos de las relaciones humanas, con todo su tedio, y la infranqueable brecha de la comunicación con los otros.

Además de su prosa, Sabato nos deja de regalo una serie de cuadros lúgubres y profundos, como los escritores a los que retrata o como los infiernos que describe en sus libros. Sus cuadros llenos de sombras nos recuerdan que sin la oscuridad no es posible apreciar la luz. Estas obras son la última batalla que lucha el propio Sábato para atrapar la luz en el lienzo, antes de caer por completo en las garras de la ceguera.

Para Ernesto, “La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.” Con un alma dividida entre el arte y la ciencia, su espíritu científico al fin podrá comprobar la hipótesis: traerá la muerte un rescoldo de ondas electromagnéticas al final del pasaje, o comprobara sus proféticas palabras “…en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.”

 

Un terror a la melancolía nos deja su partida para quienes entre líneas vislumbramos su universo de heterodoxias. A pesar de ello, Sabato ofrenda con su muerte una comidilla: ¿Se reconciliara con Borges, en el cielo de los ciegos?

El adiós más sincero para éste escritor formidable ya lo escribió su esposa Matilde Kusminsky Richter, todo lo demás será vano, palabras por palabras:

“Llegará el día y habrá que aceptarlo.

y aunque el corazón se acurruque en el pecho,

como un pájaro enfermo,

habrá que aceptarlo.

Sólo falta saber quién de los dos

quedará sin oír la respiración del otro,

huérfano del lenguaje cifrado

de la otra mirada.

Quién de los dos

quedará en el vacío de las sombras,

sin el latente custodio de su cuerpo.

Quién sufrirá la alejada presencia

llenando el vacío de los cuartos.”



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