Transgresión (Microrrelato)

Por Tomás Ferri.

 

Desde que empezó la prohibición, sus chances de hallarse disfrutando de un café o una cerveza con un cigarrillo se vieron casi extinguidos. Se veía a sí mismo casi como un perseguido político, acorralado y con no otra aparente salida que la clandestinidad. Su salud mental había sido violentada legalmente, y una pesadilla recurrente lo perseguía aún cuando estaba despierto. Lo habían sumido en la paranoia y lo único que en ese momento podría tranquilizarlo era un cigarrillo, pero era éste la cabeza y la cola del monstruo que ahora lo envolvía.

En donde estuviera, haciendo lo que fuera, un imperceptible sonido para los otros lo perseguía. Era la sirena de un carro de bomberos. Era leve, pero aún así, no lo suficientemente vago para que él no supiera que estaba allí, mutando hasta en canciones contestatarias. Entró a un café, por supuesto, clandestino. Uno de los pocos sitios donde se podría fumar un cigarrillo en paz. Pero ya no había tal para él, la tonta pesadilla le rondaba en la cabeza: se imaginaba que apenas prendiera el cigarrillo el sonido se haría más y más audible hasta que un carro de bomberos, en pocos segundos, frenaría justo enfrente de él y, cual anarquista en protestas desmedidas, un chorro de agua lo dispararía hacia el grisáceo cielo que opacaba aún más la lúgubre ciudad. Sabía que era ridícula esa imagen, y que era más ridículo que estuviera desarrollando una fobia contra los carros de bomberos. Lo peor era que al otro día, sábado, tendrían un simulacro de incendios en su empresa. No podía reportarse enfermo, porque lo estaba.

Le preguntó a la mesera si podía fumarse un cigarrillo en el baño. Ésta, extrañada, trató de hacerle entender que ya estaban inmersos en la ilegalidad, que podía fumar allí en la mesa sin preocupación. “No querrás transgredir la ilegalidad”, le dijo la mesera y se largó. Él ya estaba acostumbrado a las meseras con ínfulas de filósofas. Sin embargo, a su cerebro no le calaba del todo la frase que acababa de escuchar. No había duda; como si le faltara la nicotina, se le nublaba su raciocinio. Escuchó a una nueva cliente del lugar, quizá demasiado bulliciosa para ser mayor de edad: “nos montan todo el discurso del libre desarrollo de la personalidad, decidimos fumar, ¿y qué?… estamos jodidos ¿no?”.

Quizá por el ruido, el humo y lo atestado del lugar no podía dejar de pensar en el día siguiente (el estruendo de las sirenas ―esta vez audible para todos―, los oficinistas en fila india serpenteando fuera del edificio, los ojos de su jefe clavados sobre el cigarrillo que él estaría intentando encender); parecía estar desarrollando una especie de paranoia a su paranoia. Por esto, se dirigió al baño, cerró con seguro y abrió la llave del lavamanos. Por fin prendió el cigarrillo pero, simultáneamente, su tos se empezó a mezclar con la de la llave del lavamanos que empezó a rociar agua y viento como un aspersor quejumbroso. Hubiera sido más sencillo, pensó él, que hubieran empezado la prohibición con el alcohol. Aunque, de hecho, él tampoco bebía antes de la prohibición.

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