Christine – Stephen King. Círculo de lectores, 1994.

Por Mauricio Vargas Herrera.

Aunque se podría decir que ésta novela habla sobre la obsesión por los coches, la dependencia hacia las cosas materiales o de qué manera esa dependencia nos aleja de nuestros familiares y amigos —la interpretación no es tan descabellada después de todo— no creo que sea muy adecuado acudir a la novela buscando éste mensaje.

Christine es una novela de terror y punto. Se trata de un auto, un Plymouth Fury del 58 que oculta en su interior un secreto perverso. Un secreto que involucrará peligrosamente a Arnie Cunningham, el típico nerd víctima de los matones de escuela. Una tarde, Arnie encuentra el auto en un aparcamiento desastroso en la casa de un viejo muy raro, quien se lo vende si protestar, pero que sabe algo a cerca del coche y no lo quiere decir. Con el tiempo, sin que Arnie lo note, el Plymouth bautizado como Christine, empezará a hacer de las suyas y entre la máquina y su dueño se formará poco a poco una relación casi que amorosa y sobrenatural que destruirá la vida de Arnie mientras Christine se encarga de otros asuntos más terroríficos aún.

King dijo que la historia se le había ocurrido cuando se percató de que sentía una extraña obsesión con su primer coche —toda una cafetera destartalada— y sacó provecho de algo tan simple para escribir un libro ingenioso. Probablemente algunos dirán que es un recurso muy utilizado, pero posiblemente ésta novela fue la que estableció el tópico del auto poseído. Está llena de lugares comunes: el típico suburbio norteamericano, la escuela y sus matones, el autocinema, las hamburgueserías, las chicas, los autos y, por supuesto, el Rock and Roll. Se produce es una especie de reencuentro con lo familiar, como ver de nuevo esas películas de terror de aquella década que tienen su aire característico, con sabor añejo a extravagancia y rebeldía. Aunque la novela se ambienta en los cincuenta, para los que están familiarizados con la cultura  norteamericana de los ochentas para atrás, ya sea por el cine, la música o la literatura, Christine no los defraudará. Jamás pierde ritmo, porque alrededor de la historia principal se tejen inusitadamente otras que siempre mantendrán al lector a la expectativa y desembocarán en el apoteósico final y por eso la considero como una historia «con todos los juguetes». Tal vez sea porque fue de las primeras novelas que leí de éste autor, pero es necesario decir que Christine es adictiva y no me queda más que hacer una breve advertencia: Querido lector, si decide leerla en las noches, espero que sepa sobrellevar el trasnocho, porque la novela no le servirá para quedarse dormido, al contrario, para que pueda dormir tendrá que dejar de leer y es algo difícil. Cuando acabe un capítulo y decida que es hora de apagar la luz, no se arriesgue a ver cómo comienza el siguiente capítulo por curiosidad, porque así se pasará toda la noche y el atrevimiento de hacerlo se convertirá en un juego en el que la ficha será usted hasta que, sin darse cuenta, se ha devorado esta terrorífica historia.

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