Avión – Haruki Murakami (Japón)

Traducido por: Tomás Ferri.

Esa tarde ella le preguntó, “¿Es una vieja costumbre hablar contigo mismo?”  Levantó los ojos de la mesa y le soltó la pregunta como si la idea hubiera acabado de sobrevenirle, pero obviamente no acababa de sobrevenirle.  Ella debía haber estado pensando al respecto por algún tiempo.  Su voz tenía ese duro pero ligeramente ronco filo que siempre tomaba en momentos como éste.  Había contenido las palabras enrollándolas en su lengua una y otra vez antes de dejarlas salir de su boca.

Los dos estaban sentados uno frente al otro en la mesa de la cocina.  Aparte del ocasional tren de cercanías que marchaba en una vía cercana, el vecindario estaba tranquilo –a veces, casi demasiado tranquilo.  Las vías sin trenes pasando sobre ellos tienen un misterioso silencio propio.  Las baldosas de vinilo del piso daban un placentero frio a los pies desnudos de él.  Se había quitado las medias y las había metido en el bolsillo de su pantalón.  El clima estaba un poco cálido para una tarde de abril.  Ella había enrollado las mangas de su pálida camisa a cuadros hasta los codos, y sus delgados dedos blancos jugaban con el mango de la cuchara de café.  Él miro fijamente el movimiento de la punta de los dedos, y los mecanismos de su mente extrañamente se descargaron.  Parecía que ella había levantado el borde del mundo, y ahora ella estaba soltando sus hilos poco a poco –superficialmente, apáticamente, como si tuviera que hacerlo sin importar cuánto tiempo podría tomar.

Él observaba y no decía nada.  No decía nada porque no sabía que decir. Los pocos sorbos de café que quedaban en su pocillo estaban ahora fríos, y con apariencia turbia.

Él acababa de llegar a los veinte, y ella era siete años mayor, casada, y madre de uno.  Para él, ella bien podría haber sido la cara oculta de la luna.

El esposo de ella trabajaba para una agencia de viajes que se especializaba en viajes al exterior, y entonces estaba fuera de casa casi la mitad de cada mes, en lugares como Londres o Roma o Singapur.  A él obviamente le gustaba la opera.  Tres –y cuatro- discos como grosor se alineaban en los estantes, ordenados por compositor –Verdi, Puccini, Donizetti, Richard Strauss.  Las largas filas parecía menos una colección de discos que un símbolo de una visión del mundo: tranquilo, inamovible.  Él miraba los discos del esposo siempre que estaba sin palabras o sin nada que hacer; dejaba que sus ojos vagaran sobre el lomo de los discos –de la derecha a la izquierda, de la izquierda a la derecha-  y leía en voz alta los títulos en su mente: “La bohème,” “Tosca,” “Turandot,” “Norma,” “Fidelio”…  Él nunca había escuchado música como esa, nunca había tenido la oportunidad de escucharla.  Ninguna persona en su familia, amigos, o conocidos era un admirador de la opera.  Sabía que una música llamada opera existía, y que a cierta gente le gustaba escucharla, pero los discos del esposo fueron su primer vistazo real de ese mundo.

A ella no le gustaba particularmente la opera.  “No la odio,” decía.  “Es simplemente demasiado larga.”

Al lado de los estantes de los discos se hallaba un equipo de sonido muy impresionante.  Su inmenso amplificador, hecho en el extranjero, se encorvaba pesadamente, esperando por órdenes como un crustáceo bien entrenado.  No había manera de evitar que se destacara de los otros, más modestos, muebles de la habitación.  Tenía una presencia verdaderamente excepcional.  Los ojos de uno no podrían evitar fijarse en éste.  Pero él no lo había escuchado producir sonido ni una vez.  Ella no tenía idea dónde encontrar el interruptor de encendido, y él nunca había pensado tocarlo.

“No hay nada malo en casa,” le dijo ella –muchas veces.  “Mi esposo es bueno conmigo, amo a mi hija, pienso que soy feliz.”  Sonaba calmada, incluso serena, mientras decía esto, sin una insinuación de que ella estaba haciendo excusas por su vida.  Ella hablaba de su matrimonio con completa objetividad, como si discutiera las regulaciones del tráfico o de la línea internacional del cambio de fecha.  “Creo que soy feliz, no hay nada malo.”

¿Entonces, por qué diablos se está acostando conmigo? Se preguntaba él.  Pensaba un montón al respecto, pero no podía llegar a una respuesta.  ¿Qué quiere decir que ni siquiera haya “algo malo” en un matrimonio?  Algunas veces, él pensó en preguntarle a ella directamente, pero no sabía cómo empezar.  ¿Cómo debería decirlo?  “Sí eres tan feliz, ¿por qué diablos te estás acostando conmigo?” ¿Debería salir con esto de esa manera? Estaba seguro que esto la haría llorar.

Ella lloraba lo suficiente como era.  Lloraba por un largo, largo rato, produciendo diminutos sonidos.  Él casi nunca supo porque ella estaba llorando.  Pero, una vez ella comenzaba, no paraba.  Aunque él intentara consolarla, ella no se detenía hasta que pasara cierta cantidad de tiempo.  De hecho, él no tenía que ver para nada –una vez que ese tiempo había pasado, su llanto llegaba al final.  ¿Por qué la genta era tan diferente una de la otra?  Se preguntaba él.  Había estado con algún número de mujeres, todas ellas lloraban, o se enojaban, pero cada una en su propia y especial manera.  Ellas tenían puntos de similitud, pero éstos eran lejos excedidos en número por sus diferencias.  Parecía no tener nada que ver con la edad.  Esta era su primera experiencia con una mujer mayor, pero la diferencia de edad no le molestaba como él esperaba.  Mucho más significante que las diferencias por la edad, él pensaba, eran las diferentes tendencias que cada individuo poseía.  No podía evitar pensar que ésta era una importante llave para revelar los acertijos de la vida.

Después que ella terminaba de llorar, usualmente, los dos hacían el amor.  Únicamente entonces ella sería quien daba inicio.  De otra manera, era él quien tenía que hacerlo.  Algunas veces ella lo rechazaba, sin una palabra, sacudiendo su cabeza.  Luego, sus ojos parecían lunas blancas flotando en el borde del amanecer –llanas, lunas sugestivas que titilan con el simple chillido de un ave al amanecer.  Cada vez que veía su mirada así, sabía que no había nada que él pudiera decirle.  No sentía ni ira ni desagrado.  “Así es como son las cosas,” pensaba.  Incluso algunas veces él sentía alivio.  Ellos se sentaban en la mesa de la cocina, bebiendo café, charlando en voz baja.  La mayor parte del tiempo hablaban en fragmentos.  Ninguno era un gran hablador, y tenían poco en común de que hablar.  Nunca podía recordar que era lo que ellos habían estado diciendo, sólo que había sido en pequeños pedazos.  Y todo el tiempo, un tren de cercanías después de otro pasaba por la ventana.

Hacer el amor era silencioso y tranquilo.  No tenía nada que propiamente se podría llamar los placeres de la carne.  Por supuesto, sería falso decir que ellos no conocían ninguno de los placeres que se obtienen cuando un hombre y una mujer unen sus cuerpos, pero mezclado con esto estaban muchos otros pensamientos y elementos y estilos.  Era diferente de cualquier sexo que él había experimentado antes.  Lo hacía pensar en una habitación pequeña –bonita, limpia y que era un lugar cómodo para estar.  Ésta tenía cuerdas de muchos colores colgando del techo, cuerdas de formas y longitudes diferentes, y cada cuerda, a su manera, enviaba un estremecimiento de tentación a través de él.  Quería halar una, y las cuerdas querían ser haladas.  Pero no sabía cual halar.  Sentía que podría escoger una cuerda y un magnífico espectáculo abriría ante sus ojos, pero que, con la misma facilidad, todo podía arruinarse.  Y entonces vacilaba,  y mientras lo hacía, otro día terminaba.

Lo extraño de esta situación era casi demasiado para él.  Creía que había vivido su vida con su propio sentido de los valores.  Pero cuando estaba en esta habitación, escuchando los trenes pasar y sosteniendo la silenciosa mujer mayor en sus brazos, no podía evitar sentirse confundido.  Una y otra vez se preguntaba, “¿Estoy enamorado de ella?” pero nunca podía alcanzar una respuesta con convicción completa.

Cuando terminaban de hacer el amor, ella le daba un vistazo al reloj.  Acostada en los brazos de él, levemente ella volteaba su rostro y miraba el radio reloj negro al lado de la cabecera de la cama.  En esos días, los radio reloj no tenían pantalla digital iluminada sino pequeños paneles numerados que se invertían con un diminuto clic.  Cuando ella miraba el reloj, un tren pasaba por la ventana.  Era como un reflejo condicionado: ella miraba, un tren pasaba.

Ella miraba el reloj para asegurarse que no era la hora para que su hija de cuatro años regresara del jardín infantil.  La había podido ver brevemente una vez, y parecía una niña dulce.  Esa fue la única impresión que ella le dio a él.  Él nunca había visto al esposo amante de la opera quien trabajaba para una agencia de viajes. Afortunadamente.

Fue una tarde de mayo la primera vez que ella le preguntó sobre lo de hablar consigo mismo.  Ella había llorado ese día -nuevamente.  Y luego ellos habían hecho el amor -nuevamente.  Él no podía recordar lo que la había hecho llorar.  Algunas veces él se preguntaba si ella se había involucrado con él solo para poder llorar en los brazos de alguien.  Tal vez no puede llorar sola, y por eso es por lo que me necesita.

Ese día ella cerró la puerta con llave, cerró las cortinas, y llevó el teléfono al lado de la cama.  Luego ellos juntaron sus cuerpos.  Con delicadeza, con tranquilidad, como siempre.  El timbre de la puerta sonó, pero ella lo ignoró.  Pareció no sobresaltarla para nada.  Sacudió su cabeza como diciendo “No importa, no es nada.”  El timbre sonó varias veces más, pero pronto, quienquiera que fuera, renunció y se marchó.  Nada, tal como ella lo había dicho.  Tal vez un vendedor.  ¿Pero cómo podría ella saber?  Un tren retumbaba de vez en cuando.  Un piano sonaba en la distancia.  Él reconoció vagamente la melodía.  La había escuchado una vez, tiempo atrás, en clase de música, pero no podía recordarla exactamente.  Un camión vendedor de verduras traqueteaba enfrente.  Ella cerró los ojos, respiró hondo, y él se vino -con la mayor ternura.

Él fue al baño a tomar una ducha.  Cuando regresó, secándose con una toalla, la encontró acostada bocabajo, en la cama, con sus ojos cerrados.  Se sentó al lado de ella y, como siempre, acarició su espalda mientras dejó que sus ojos deambularan por los títulos de los discos de ópera.

Pronto, ella dejó la cama, se vistió adecuadamente, y fue a la cocina a hacer café.  Fue un poco más tarde cuando ella le preguntó, “¿Es una vieja costumbre hablar contigo mismo?”

“¿Como cuándo?” lo había tomado con la guardia baja.  “¿Quieres decir, mientras nosotros estamos…?”

“No, no. No entonces.  En cualquier momento.  Como cuando estás tomando una ducha, o cuando estoy en la cocina y tú estás solo, leyendo el periódico, ese tipo de cosas.”           

“No tenía idea,” dijo, sacudiendo su cabeza.  “Nunca me había dado cuenta.  ¿Hablo conmigo mismo?”

“Lo haces.  Realmente,” dijo ella, jugando con su encendedor.

“No es que yo no te crea,” dijo él, la incomodidad por ello le afectaba su voz.  Puso un cigarrillo en su boca, tomó el encendedor de la mano de ella, y lo usó para encenderlo.  Él había comenzado a fumar Seven Stars hacia poco tiempo.  Era la marca del marido de ella.  Él siempre había fumado de los habituales Hope.  No era que ella le hubiera pedido que cambiara a la marca de su esposo; él mismo había pensado tomar la precaución.  Eso haría las cosas más fáciles, había decidido. Como en los melodramas de la TV.

“También acostumbraba hablar mucho conmigo misma,” dijo ella.  “Cuando era pequeña.”

“OH, ¿Realmente?”

“Pero mi madre me hizo parar.  ‘Una damita no habla consigo misma,’ solía decir.  Y cada vez que yo lo hacía, ella se ponía ¡tan enfadada!  Me encerraba en el closet -el que era, para mí, el peor sitio que podía imaginar -oscuro y con olor a moho.  Algunas veces me pegaba en las rodillas con la regla.  Pero funcionó.  Y no tomó mucho tiempo.  Paré completamente de hablar conmigo misma.  Ni una palabra.”

A él no se le ocurrió nada que decir a esto, y por eso no dijo nada.  Ella se mordió el labio.

“Incluso ahora,” dijo ella, “si siento que estoy a punto de decir algo, tan solo me trago mis palabras.  Es como un reflejo.  Pero ¿qué hay de malo en hablar contigo  mismo?  Es natural.  Tan solo son palabras saliendo de tu boca.  Si mi madre aun estuviera viva, pienso que le preguntaría, ‘¿Qué hay de malo en hablar contigo mismo?’”

“¿Está muerta?”

“Uh-huh.  Pero me gustaría que me haya entendido bien.  Desearía haberle preguntado, ‘¿Por qué me hiciste eso?’”

Ella estaba jugando con la cuchara del café.  Le dio un vistazo al reloj en la pared.  En el momento que hizo eso, un tren pasó afuera.

Ella esperó a que el tren pasara.  Luego dijo, “Algunas veces pienso que el corazón de la gente es como un pozo profundo.  Nadie sabe que hay en el fondo.  Todo lo que se puede hacer es imaginar por lo que de vez en cuando sale flotando a la superficie.”

Por un rato los dos pensaron en pozos.

“¿Sobre qué hablo cuando hablo conmigo mismo?” pregunto él. “Por ejemplo.”

“Hmm,” dijo ella, sacudiendo lentamente su cabeza unas pocas veces, casi como si discretamente ella estuviera comprobando el rango de movimiento de su cuello.  “Bueno, hay aviones…”

“¿Aviones?”

“Uh-huh.  Sabes. Vuelan en el cielo.”

El rió.  “¿De todas las cosas, por qué hablaría conmigo mismo de aviones?”

Ella también rió. Y luego, usando sus dedos índices, midió la longitud de un objeto imaginario en el cielo.  Eso era un hábito en ella.  Uno que él había adquirido.

“También pronuncias tus palabras tan claramente.  ¿Estás seguro que no recuerdas hablar contigo mismo?”

“No recuerdo nada.”

Ella recogió el bolígrafo que estaba sobre la mesa, y jugó con él unos pocos segundos, pero luego nuevamente miró al reloj.  Había hecho su trabajo: en cinco minutos desde su última mirada, había avanzado cinco valiosos minutos.

“Hablas contigo mismo como si estuvieras recitando poesía.”

Un asomo de rojo apareció en el rostro de ella mientras decía esto.  Él encontró esto extraño: ¿Por qué debería el hablar conmigo mismo hacerla poner roja?

Él ensayó las palabras con ritmo: “Hablo conmigo mismo / Casi como si / Estuviese recitando / Poe-sí-a.”

Ella nuevamente levantó el bolígrafo.  Era un bolígrafo plástico amarillo con un logo que señalaba el decimo aniversario de cierta sucursal de un banco.

Él señaló el bolígrafo y dijo, “La próxima vez que me escuches hablando conmigo mismo, escribe lo que digo, ¿Lo harás?”

Ella lo miró fijamente a los ojos.  “¿Realmente quieres saber?”

Él asintió con la cabeza.

Ella tomó una hoja de carta y comenzó a escribir  algo en ella.  Escribió lentamente, pero mantuvo el bolígrafo moviéndose, nunca descansando ni quedando trancado por una palabra.  Con el mentón en la mano, él observó todo el tiempo sus largas pestañas.  Ella pestañeaba cada pocos segundos, con intervalos irregulares.  Entre más él las miraba –esas pestañas que, hasta hacía unos pocos momentos, habían estado húmedas por las lágrimas- menos entendía: ¿Qué significaba realmente dormir con ella?  Una sensación de pérdida se apodero de él, como si una parte de un sistema complejo hubiera sido tensado y tensado hasta que éste quedara muy simple.  Yo nunca sería capaz nuevamente de ir a ninguna otra parte.  Cuando este pensamiento le vino, el horror de éste fue casi más de lo que él podía soportar.  Su ser, su sí mismo, iba a desvanecerse.  Si, era verdad: él era tan joven como barro formado recientemente, y él hablaba consigo mismo como si recitara poesía.

Ella dejo de escribir y empujó el papel sobre la mesa hacía él.  Él estiró la mano y lo tomó.

En la cocina, la postimagen de alguna cosa grandiosa estaba manteniendo su aliento.  Él sentía a menudo la presencia de esa imagen cuando estaba con ella: la postimagen de una cosa que él había perdido.  ¿Pero qué había perdido?

“Me lo sé de memoria,” Dijo ella.  “Esto es lo que estabas diciendo.”

Él leyó las palabras en voz alta:

Avión

Avión volando

Yo, en el avión

El avión

Volando

Pero inmóvil, no obstante voló

Del avión

El cielo?

“¿Todo esto?”  Quedó atónito.

“Uh-huh, en su totalidad,” dijo ella.

“¡Increíble!  No lo puedo creer, me digo todo eso a mí mismo y no recuerdo nada.”

Ella esbozó una leve sonrisa.  “Sin embargo lo hiciste,  sencillamente así.”

Dejó salir un suspiro.  “Esto es muy raro.  Ni una vez he pensado en aviones.  No tengo memoria en absoluto de esto.  ¿Por qué, repentinamente, un avión saldría detonando?”

“No lo sé, pero es exactamente lo que estabas diciendo, antes, en la ducha.  Podrías no haber estado pensando en aviones, pero en algún lugar en lo profundo del bosque, distante, tu corazón estaba pensando en ellos.”

“¿Quién sabe?  Tal vez en algún lugar en lo profundo del bosque yo estaba haciendo un avión.”

Con un pequeño pum, ella puso el bolígrafo en la mesa, luego levantó sus ojos y lo miró fijamente.

Permanecieron en silencio por un rato.  El café en sus pocillos se nublaba y se enfriaba.  La tierra giraba en su eje mientras la gravedad de la luna imperceptiblemente cambiaba la marea.  El tiempo continuaba moviéndose en silencio, y los trenes pasaban sobre los rieles.

Él y ella estaban pensando en la misma cosa: un avión.  El avión que su corazón estaba haciendo en lo profundo del bosque.  Que grande era, y su forma, y el color de su pintura, y a donde estaba yendo, y quien lo abordaría.

Poco después ella lloró nuevamente.  Ésta fue la primera vez que lloró dos veces en el mismo día.  También fue la última.  Fue una cosa especial para ella.  El extendió la mano a través de la mesa y le tocó el cabello.  Había algo tremendamente real sobre la manera en que éste se sentía –áspero y suave, y distante.

Un cuento de Haruki Murakami.


Traducido del japonés al inglés por Jay Rubin.

Publicado en la revista The New Yorker el 1 de julio de 2002

Traducción libre del inglés, con no más fin que la divulgación literaria, mayo de 2010 por Tomás Ferri.  Derechos reservados.

(Si tiene un cuento para sugerir su traducción, del francés o inglés, puede enviar el cuento o los datos a ferritomas@gmail.com)

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