HISTORIAS DEL ANTIGUO TRANSVAAL – HERMAN CHARLES BOSMAN (SURÁFRICA)

Traducido por: Tomás Ferri.

Como Scully, pienso, sabía –¿alguna vez te has topado con su “Ukushwama”?- parece que Transvaal sólo ha tenido una historia de fantasmas.  Es una historia que he escuchado muy a menudo, contada una y otra vez en la sala y alrededor de una fogata, siempre con las mismas características esenciales, y únicamente con los detalles, con respecto a los personajes y la procedencia, diferir con el estado de ánimo y la personalidad – y la memoria, quizá – de cada persona que la cuenta.

La historia del único fantasma de Transvaal es algo así.

Un viajero solitario a caballo, después de oscurecer, pregunta el camino en una hacienda.

“Eso significa que usted pasará por el malecón” (o por el barranco o el ventisquero, según sea el caso) “en luna llena,” el hacendado le dice al viajero.  “Bueno, ningún hombre ha sido nunca capaz de cabalgar su caballo por ese malecón en la noche cuando la luna está llena.”

De hecho, no hay necesidad de contar la historia más allá de esto.  En esas pocas palabras el hacendado ha dicho todo…  Un cierto lugar en la carretera esta embrujado, e incluso si sucediera que el viajero no notara el fantasma –porque, probablemente, está pensando en algo más – con toda seguridad, el caballo verá el fantasma, y mostrará su agitación parándose en las patas de atrás.  Después de esto, ni látigo ni espuela, ni llamándolo por su nombre, adulándolo, logrará hacer que el caballo pase por ese lugar donde el espectro acecha.

Por lo tanto, el viajero regresa por el camino que ha recorrido, cabalgando, esta vez, muy rápido.  Y llega, una vez más, a la hacienda donde en primera instancia recibió la advertencia sobrenatural.  Por supuesto, todo el tiempo el viejo hacendado sabio ha sabido que el viajero regresaría, y después de haberlo persuadido, sin mucha dificultad, de pasar la noche allí, procede de forma pausada, mientras se toman una jarra de licor de melocotón, a darle cuenta de las circunstancias que llevaron al malecón a volverse embrujado.

Herman Charles Bosman

Esta es una buena historia.  La he escuchado –casi siempre en primera persona- por docenas de personas diferentes, siempre sólo con leves variantes, y éstas de carácter estrictamente local.

De hecho, he escuchado esta historia tan a menudo, en diferentes partes de Transvaal, que ya no me pone los pelos de punta.  Si la verdad debe ser conocida, me ha hastiado un tanto el único fantasma de Transvaal.

El resultado es que, hoy en día, cuando un hombre dice –bajando su voz y tratando que sus tonos suenen sepulcrales- “Y entonces Oom Hannes Blignaut me dijo que yo no sería capaz de cabalgar mi caballo por aquel malecón en luna llena,”  Yo le provoco un corto circuito preguntándole, “Pero, ¿por qué, a cambio, no continuaste en bicicleta?”

No he encontrado, hasta la fecha, respuesta a esa pregunta.

De la misma manera, hasta donde he podido descubrir, Transvaal sólo tiene una historia de asesinato –ésta, asimismo, asombrosamente buena.  Únicamente, a través de repetición constante, el brillo para mí también ha estado desapareciendo de este conmovedor cuento viejo.  Primero lo escuché cuando niño; desde entonces me lo han contado tantas veces, como estoy seguro se lo han contado a todo surafricano que ha gastado alguna porción de su tiempo en los llanos de Transvaal.  Supongo que la historia es basada en un hecho histórico: sus características prominentes parecen estar relacionadas a un asesinato que, efectivamente, fue cometido hace mucho.

Esta historia, me gustaría agregar en paréntesis, nunca me la han contado en primera persona.  Ningún hombre alguna vez me ha dicho, “Y después de que asesté a mi esposa con el hacha, la enterré bajo el suelo de adobe de la sala y más tarde la policía llegó.”

Porque ésta, a grandes rasgos, es la única historia de asesinato de Transvaal.  De alguna manera, transmitida en esas palabras, suena plana.  Pongámosla de esta manera, suena más como a un asesinato que como a una historia de asesinato.  Pero este viejo cuento tiene un giro que surge en lo que pasó en cierto periodo de tiempo entre la realización del asesinato y la llegada de la policía.  El hombre ha matado a su esposa…  Bueno…  La ha enterrado bajo el piso de la sala…  Correcto…  Procede a pulir la parte del piso agrietada con greda y estiércol de vaca húmedo…  Si, excelente.  Francamente todo esto parece suficiente.

Pero es en este punto exacto que lo completamente inesperado sucede.  Este es el sensacional desarrollo de la trama que distingue la única historia de asesinato de Transvaal de casi cualquier otra historia de asesinato que he sacado a la luz.  Pues no son dos policías de civil que ingresan caminando a la sala, en el comienzo de la noche, cuando el asesino esta agachado en sus manos y rodillas poniendo los toques finales a la restauración del estropeado piso.  No es aun el tiempo para que lleguen los hombres del comisario.  Pero un par de hombres si entran: sólo cargan botellas.  Ellos van seguidos por un número de muchachas que llevan la fragancia de romance con flores rojas de los campos del sur en su pelo.  Luego, más hombres entran con botellas.  Y luego un hombre con una concertina.  Y hay mucha risa.  Y más muchachas.  Muchachas con nombres como Drieka y Tossie y Francina.  Es una fiesta sorpresa.

De todas las cosas…  Si, de todas las noches del año, los vecinos de este hombre tiene que escoger justo esa particular noche para dar una fiesta sorpresa en su casa.

Como lo he dicho, esta es la más vieja – y, hasta donde yo sé, la única- historia de asesinato de Transvaal.  La escuché cuando niño.  Desde entonces la he escuchado muchas veces.  También usted.  Supongo.

Igual que el del fantasma en el malecón, también éste es un muy buen cuento y, donde es particularmente admirable, desde el punto de vista del narrador, es que se presta para introducir una variedad infinita de toques elegantes y delicados en el desarrollo psicológico de las últimas escenas.  Aquí se puede hacer una gran construcción del personaje del asesino.  Si él es alguien sin mucho refinamiento y dice sin vacilar, “He enterrado a mi esposa, allá, bajo el piso.  No hay tiempo para tonterías como bailar” –entonces, por supuesto, la historia tiene que terminar justo allí.

Por otra parte, si él dice, “Lo siento, inesperadamente mi esposa fue a Potchefstroom,” y permite que la fiesta continúe, intentado ser tan natural como sea posible, para no despertar sospechas innecesarias, entonces los desenlaces subsiguientes ofrecen posibilidades encantadoras.

Para tomar, al azar, una sencilla escena de tribunal.

“Y entonces usted bailó,” el fiscal diría a Kittie de Bruyn, una de las muchachas que estaba en esa fiesta.  “Después, ¿no fue un choque para usted pensar que bailó toda la noche en la cabeza de una muerta?”

“Pero bailé ligeramente.” Kittie de Brun contestaría, “Oh – a la ligera.”

Es una situación que provee aperturas floridas para la ironía delicada y el drama pleno.

A propósito, también, antes, he contado esa historia de la mujer enterrada bajo el piso de la sala.  Y siempre he sabido que yo tendría que, en algún momento  desenterrarla de nuevo.  Ella era muy útil como personaje para ser dejada acostada allí, enterrada bajo cuatro líneas de prosa.

La falta de imaginación –o, quizá, la pobreza de acontecimientos- que se le ha conferido a la única historia de fantasmas de Transvaal y a la única historia de asesinato, no aplica respecto a las historias de amor.  Transvaal tiene cientos de historias de amor, todas exuberantemente diferentes.  Tejidas en el patrón común de chico-conoce-chica, una historia de amor, respecto a su forma exterior, parece muy igual a otra.  Y siempre es en ese mismo momento cuando a usted le agrada haber reconocido la clase de historia de amor, cuando usted la ha encasillado en su mente como perteneciente a tal-y-tal categoría –es en ese preciso momento que usted es traicionado; porque, ¡ah!, de repente hay hechicería, y la barita mágica es agitada, y es como si una línea de bailarines negros de repente llegaran corriendo, y usted encuentra que una gran cantidad de gente se está riendo de usted tras las plumas y madera pintada de sus mascaras de Congo.

Uno debe tener cuidado con clasificar una historia de amor, tabular y catalogarla como perteneciente a cierta sub-sección de un grupo particular –listarla y etiquetarla como conforme, respecto a personajes y trama e incidentes, a unos patrones bien conocidos y claramente reconocibles.

Por ejemplo, tome la historia de Gideon Welman y Alie du Plessis.  Por encima, parece ajustarse a un tipo bastante claro y definido.  Un idilio rustico.  El curso del amor verdadero que no fluye por completo sin problemas.  Una indicación vaga de complicaciones surge del más viejo símbolo geométrico usado en romance –el triangulo, que también es la forma del corazón humano.  En la superficie de éste, es una sencilla clase de cuento que usted sería capaz de clasificar muy fácilmente.  Y aun, hasta casi el final, Gideon Welman mismo no sabía el molde en el que su propia historia de amor encajaba.

Gideon Welman y Alie du Plessis estaban sentados bajo una carreta de bueyes.  Era el anochecer.  Un número de familias de Boer estaban caminando de regreso a Bushveld de Nagmaal en Zeerust.  La siguiente vez que Gideon Welman y Alie du Plessis estuvieran en ese camino estarían bajando hacia Zeerust para casarse.  En pocos meses estarían pasando su luna de miel en el mismo camino, dentro de la carreta de bueyes bajo la cual estaban en ese momento sentados.  Alie du Plessis ahora estaba medio reclinada contra Gideon Welman, cuyos brazos la rodeaban.  Los dedos de ella estaban arrancando penachos de suave y fuerte pasto.  La luz del fogón fluctuaba en sus jóvenes caras.  Estaban ajenos a la gente alrededor del fuego, quienes estaban tostando maíz y contando historias.  Sin embargo, no estaban ajenos a la noche en Bushveld.

Y tenía que suceder en ese momento, mientras que estaban sentados bajo la carreta, Alie dijo algo sobre Rooi Jan Venter.

“Ahí vas de nuevo” exclamó Gideon Welman.  “¿Por qué tienes que continuar mencionando su nombre?”

El punto es que a Alie du Plessis le importaba Gideon Welman, su novio, profundamente.  No era culpa suya que sus sentimientos por él no fueran en un avión de éxtasis –que no estuvieran en la naturaleza de la pasión romántica.  No tenía una emoción salvaje con el nombre de “Welman”-  no con relación a Gideon – en el letrero de una carnicería en Zeerust.  No se ruborizaba tremendamente cuando veía, descansando en kerkplein, un carruaje de mulas cuyas vacilantes ruedas proclamaban ser de Gideon.

Por supuesto, no era que Alie du Plessis no tuviera un cariño muy genuino por Gideon Welman.  Pero ahí estaba…

El rostro de Gideon estaba muy pálido y tenso en el resplandor parpadeante de la hoguera.

Entonces Gideon Welman y Alie du Plessis se casaron en Zeerust.  Por un tiempo –al menos, hasta donde el mundo exterior se intereso-  vivieron felizmente juntos en su pequeña casa en Bushveld, con sus muros nuevamente pintados con caliche y su techo de paja con lo que aun era pasto el año anterior.  Y los sucesos se deslizaron esa tarde en que Gideon Welman estaba trabajando muy rápido, y medio ofuscado. Tuvo la extraña sensación que estaba viviendo en otra vida, pasando por una cosa que ya había sucedido antes, a alguien más, hace mucho.  Estaba muy oscuro para cuando el llamado llegó a la puerta.

Y cuando él se levantó del piso rápidamente, espolvoreando sus rodillas, Gideon Welman supo cual era esa vieja historia, a cuyo molde ahora también su propia historia se había ajustado.  Por la puerta abierta de la sala. Y, de la noche, llegaron las risas de las muchachas.  Y Rooi Jan Venter y otros muchachos entraron a la sala.  Cargando botellas.

Un cuento de Herman Charles Bosman.

Se desconoce la fecha en que fue escrito.  Publicado por primera vez bajo el nombre de “The Transvaal Murder Story” en On Parade el 3 de septiembre de 1948. (En el libro reseñado abajo se publicó bajo el nombre de “Old Transvaal Story” que le da el nombre a la colección.)

Traducción libre, con no más fin que la divulgación literaria, abril de 2010 por Tomás Ferri.

Scully: W:C: Scully escritor surafricano que escribió “Ukushwama” y a quien Bosman consideraba un clásico de literatura surafricana en inglés.

Sala: en el texto aparece original en afrikáners (voorkamer: Voor: delantera/frente y   Kamer: habitación), al igual que otras palabras que, para la mejor comprensión del texto, decidí traducirlas al español  -en letra cursiva.

Herman Charles Bosman (1905-1951)

Escritor surafricano que nació cerca de Ciudad del cabo pero que pasó la mayor parte de su vida en la región de Transvaal.  Profesor por algún tiempo, pasó un corto tiempo en la cárcel por asesinato (donde aparentemente escuchó la historia de asesinato de este cuento) residió temporalmente en Londres y Europa (6 años). Alcanzó gran éxito con la colección de cuentos “non-Oom Schalk Lourens”  y la consagración con “non—Voorkamer” -todos ellas escritos en inglés.

Old Transvaal Stories – Herman Charles Bosman – HUMAN & ROUSSEAU, Ciudad del cabo 2000

19 historias cortas escritas en diferentes épocas de su vida.  Algunas publicadas en revistas o periódicos o en colecciones de sus cuentos publicados en vida, y otras nunca antes publicadas. Esta colección está organizada cronológicamente lo que nos permite ver como Bosman se aproximó a la narración en las diferentes etapas de su vida y sobre todo que formas narrativas experimentaba y a que lo iba llevando cada una de éstas.  Bosman es un contador de historias que rescata la tradición oral y que pone más énfasis en la manera en que se cuenta una historia que en la historia en sí misma.  Llego a ser consciente, como el mismo lo expresó, de la imposibilidad de ser totalmente original la historia que uno cuenta no es más que la reconstrucción de historias que vienen antes de ésta.  Nunca complacido con una fórmula para contar historias, experimentó tan diversos como divergentes caminos como en el cuento arriba traducido o como en una adaptación surafricana al famoso cuento de Washington Irving -“Rip van Winkle”(1845)- donde el escritor se involucra en la historia que está contando reflexionando con sarcasmo sobre las posibilidades no sólo de la historia sino de la forma de contar la misma.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s