…a fútbol

Por: Tomás Ferri.

I

Más de seiscientos, no escucharé en el noticiero.  La mayoría con casco, bastón de mando –para proporcionar golpes contundentes y controlar la situación-,  un escudo al estilo victoriano pero acrílico, y algunos en caballo.  La retaguardia la conformaban unas patrullas y tres antimotines.

Nos requisaron cuatro veces.  Decomisaron: cigarrillos, fósforos, encendedores, chapas de cinturón, pilas, monedas.  Entramos, como siempre, con los zapatos en la mano.  Estaba prohibida la entrada de papel y, por supuesto, la pólvora.  Gracias a las exhaustivas y poco recomendable requisas, la tribuna se fue llenando paulatinamente.  La fila era gigantesca y los de a caballo pasaban entre las filas como para mantenernos aplacaditos.

Ya con la tribuna colmada, una majestuosa bandera con el rostro del Che daba la cara a un cordón de los de casco, escudo y bastón en mano.  Ellos nos observaban ignorando la cara del Che.  Se sabía que las cámaras que nos grababan no eran sólo de los noticieros; por eso, a la hora de la salida del equipo, del papel, las quemas y la pólvora emergían algunos con pasamontañas para evitar eso de la identificación.  Ya algunos no habían vuelto, se rumoreaba que estaban detenidos –por agitadores. Esto sí, nunca,  aparecía en el noticiero.  En todo caso, eso nunca nos ha amedrantado.

Los de a caballo se cuidaban mucho porque el otro día uno de la barra pasó tranquilamente por atrás y le dejó un petardo, de bajo alcance, entre las patas.  Fue un totazo, como una bomba.  Ese caballo quedó parado en dos patas y el de a caballo quedó fue de suelo.  Claro está, que en un momento nos tenían rodeados, requisa más exhaustiva y que ¿quién había sido?  Entre tres o cuatro mil con la misma camiseta, difícil.  Por supuesto, nadie se rió, si no habrían llenado, por lo menos, cien veces las patrullas con nosotros.  Uno que otro madrazo nos ganamos del de a caballo.

Hoy los del frente están ardidos porque uno de nuestra barra les dejó un lacrimógeno en la fila.  Eso sólo era una venganza; cinco de ellos cogieron solo al que llevaba nuestra bandera y se la bajaron.  Hoy esos del frente no trajeron ni una bandera, se nota que venían prevenidos; pero no, no esperaban lo del lacrimógeno.  Como dice el corito, que lloren antes, que lloren después.

El puto de negro que empieza, a punta de pito, a subirnos la sangre a la cabeza, hasta que algunos de la barra se encaraman en las mallas protectoras, allí vienen los de bastón a hacerlos bajar a punta de fuerza bruta.  Se bajan los de la barra, algunos con los dedos aplastados y sangrando por los bolillazos.  Un cordón de los de escudo y traje espacial se para enfrente de nuestra tribuna, y nosotros los saludamos con un cantico:

¡Policía!,¡ policía!

Después del partido viene la lluvia de piedras.  Corremos a los de la barra del

que aburrido que te ves

frente y la barra de enfrente nos corre… Y vienen los tombos, los lacrimógenos,

cuando vienes a la cancha

un puñetazo en mi nuca, el pavimento rebotando contra mi rostro, los gritos del

¿quién se come a tu mujer?

tombo, mis quejidos que no quieren salir y el último estruendo y la eterna sordera.

II


-¡López!

-¿Si?

-No vaya sacar el culo mañana.

-Ni pensarlo. -mañana es la confirmación de la hija mayor de Cárdenas y casi todos vamos a ir.  Hoy estamos esperando que se acabe este puto partido para ir a tomar donde doña Bertha.

-¡López!

-¿Qué?

-No le pongas atención esos guevones.

-Yo soy soltero.

-¿Y eso qué? ¿No tienes novia?

-Si –le contesto a Cárdenas y no puedo dejar de pensar en que es él, Cárdenas, quien se deja envenenar por los canticos de la tribuna.

-Yo hasta era hincha de este hijueputa equipo, pero ahora… -Cárdenas calla cuando una avalancha de hinchas se empiezan a trepar en la malla protectora y es el primero en llegar a la malla y golpear con vehemencia los dedos que salen a este lado de la malla.  Golpeamos y golpeamos la malla hasta que todos retroceden, luego nos quedamos a un metro de distancia para prevenir otra embestida.  No pasa ni un minuto y nos empiezan a cantar de nuevo:

¡Policía!,¡ policía!

-¡López!

que aburrido que te ves

-¿Ahora qué?

cuando vienes a la cancha

-Voy a…

¿quién se come a tu mujer?


-…voy a llevarte un par de estos hijueputas a la tanqueta para ver si son tan machitos de seguir cantando –me termina de decir Cárdenas y ya veo la escena.  Cárdenas corriendo tras ellos y metiéndole un coñazo al primero que agarre, tirándolo al piso y apuntándole con la de gas y gritándole: ahora canta cabrón, canta… cabrón de mierda… el culicagao, asustado, casi lloriqueando, sin poder decir nada.  Cárdenas salido de sí, apuntándole al oído y disparando antes que alguien se lo impida.  El oído reventado, cientos y cientos de hinchas corriendo adiestra y siniestra, la tanqueta llenándose, más tarde tomándonos unas cervezas donde doña Bertha, mañana la confirmación de Claudia, y la próxima semana nuevamente… a fútbol.

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