Cuando fatalidad me salvó de paranoia… Alterado ego de Tomás ferri IV

Por Tomás Ferri


Una idea -o más bien, un deseo- se había posado en mi cerebro.  Quería ir hasta el parque de la independencia.   Eso sí que era nuevo.  Mis deseos se reducían, desde los tiempos no memorables, a un cigarrillo o a un cigarrillo.  O a un café en mis rutinarias huidas de…  mi primer error debió ser el no correr las cortinas, las escaleras a la calle estaban tan oscuras como mi cuarto.   Abrí la puerta y la luz me atacó con tanta inclemencia, que creí que empezaba a caminar por el túnel de la muerte que todos dicen haber recorrido cuando ya no tienen otra manera de conseguir que alguien les preste atención.  Mi primer impulso fue el retroceso.  Abandonar mi excursión hasta el parque de la independencia debía ser lo más apropiado.  O aplazarla para la noche, la luna debería estar más benévola conmigo.  El portazo me hizo dar casi dos pasos y ya no había marcha atrás.  Tardaría quien sabe cuánto buscando la llave y  quien sabe cuánto más abriendo la puerta con mis ojos cerrados.

En la siguiente calle decidí cambiar de acera, la de enfrente debería estar menos soleada.  Los rayos del sol parecían atacarme desde todos los ángulos por lo cual tarde mucho en que mis ojos se acostumbraran.  Caminaba con mis ojos aun abrumados por la luz cuando una amorfa sombra lumínica pasó a mi lado.  Medio la vi.  Al momento noté que esa cosa aumentó el paso; como cuando alguien recuerda algo importante imprevistamente, o cuando de buenas a primeras se siente acechado por el peligro.  Desapareció en la puerta de uno de los locales adelante.  No sabía en cuál.  Yo seguí caminando y volteé a mirar hacia dentro de uno de esos locales.  Era un restaurante y estaba allí, la reconocí por el color de su camisa que mortificaba a mis ojos más que los rayos del sol.  Ella estaba mirando para afuera como esperando que alguien pasara.  Cuando mis ojos se estrellaron con su cara me dijo: que me mira.  Me asusté, su mirada me aseguraba que yo le iba a hacer daño.  Temí que me hiciera un escándalo.  Dos locales adelante entré.  Era un local de cabinas telefónicas.  Necesitaba quedarme allí para hacer tiempo.  El problema era que no quería llamar a nadie, no tenía a quién llamar, y no tenía dinero para llamar a un desconocido y fingir que era su hermano o un viejo amigo del cual ya no se acordaba.

Salí del local a los pocos instantes, la cara de paranoia de aquella mujer me asustaba.  Decidí no mirar a la gente a la cara.  Tiré mis ojos al piso y empecé a caminar hacia el parque de la independencia, viendo mis pasos.

Me acosté boca-arriba bajo la sombra de un árbol.  Siempre me ha gustado esa sensación, como si mis ojos fueran una cámara video 8.  Al cabo de un rato noté que en una de las ramas había un gato.  Me quedé viendo sus movimientos estaba jugueteando con las hojas que eran movidas por el viento.  Se aburrió de las hojas y comenzó a descender.  Al final pegó un salto al suelo desde una altura de la cual seguramente yo no hubiera sobrevivido.  Se sentó a mi lado.

Hola, me dijo.  Yo por supuesto no le contesté.  No acostumbraba a ponerme hablar con el primer gato que se me apareciera y ni siquiera se me había ocurrido que los gatos hablaran (e incluso si hablaran creo que les sentaría mejor el coreano).  No te veía desde el café, el otro día ¿recuerdas? Me dejaste viendo por la ventana y hablando sola, me dijo terminando con algo que no era exactamente un maullido sino más bien el eco que queda en las palabras pronunciadas por Fatalidad.  Por la conversación concluí que me había estado siguiendo todos estos días, que por las noches cuando yo caía dormido ella llegaba por la ventana y me acompañaba hasta el amanecer.  Me convencí que yo no andaba paranoico, fue un alivio saber que era ella que me seguía como perro fiel olisqueando cada uno de mis pasos, aunque era gata.

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