Cartagena 2010 ¿Si hay festival?

Por Tomás Ferri.

Candelario me cuenta que la vida en Caracas le iba bien pero no ahorraba un bolo, todo lo gastaba en polar.  Lo peor era que no mandaba nada para su pueblo, cerca de Barranquilla.  En mujeres casi no gastaba, eran muy caras.  Cien bolos por el rato, no iba a pagar ni loco.  Eso sí, intentaba convencerlas con doscientos, pero por toda lo noche.

En Taganga la vida va mucho mejor.  Ahora vive con su hijo de diez años, quien le acompaña y le ayuda.  El hermano menor del niño vive con su mamá en el pueblo natal de Candelario.  Tiene otros dos hijos de dos novias diferentes.  De cuando en cuando una de ellas va a visitarlo y su hijo nunca le cuenta nada a su mamá.

Ahora candelario sólo come pescado, aunque ha probado casi de todo.  Si un caballo se moría el encargaba un buen pedazo; si veía una iguana, la cazaba y la sancochaba -no en la cocina de su mamá que siempre le decía que se iba a morir de alguna enfermedad bien rara de tanto comer porquerías.  Incluso llegó a comer perro, pero no gato aunque estuvo a punto.  Un día merodeaba un gato por el patio de su casa y él lo agarró y lo empezó a engordar.  Su mujer imaginó que si lo engordaba era para comérselo, así que lo espantó. –ese iba a ser como uno de sus últimos ritos-.  ¿Pollo? Jamás va volver a comer.  Cerca de Caracas trabajaba en un galpón y no se percataba cómo, casi de repente, en tres viernes crecían.  Les inyectaban mucha mierda, me explica, y él no se iba a comer esa mierda.  Eran miles y miles de pollos y no era raro que, unos cien o más, amanecieran ahogados.  Su patrón les dejaba unos cincuenta para la comida que los trabajadores devoraban, él no.  Te vas a morir de hambre, le decía su patrón quien terminaba llevándole comida porque Candelario era un buen capataz.

En taganga llevaba sólo cuatro meses y tres sin tomar, hasta la noche anterior.  A él y a su hijo los turistas en Playa Grande –donde trabaja y vive- les habían dejado una buena propina.  Pasadas las seis había llegado a Taganga a comprar leche y otros víveres para el desayuno de su hijo y decidió tomarse un par de cervezas.  En la quinta decidió parar pero su hijo le dijo que aún era muy temprano y que se tomará otras dos.  Volvieron los dos por el oscuro sendero que comunica Taganga con playa Grande, con el niño guiando los mareados pasos de su padre.

Taganga es un pueblo pequeño que basa su economía en el turismo.  Una de las primeras cosas que te pueden ofrecer cuando bajas del colectivo que te trae de Santa Marta es hierba.  La calle principal de Taganga parece decorada por hileras de  jóvenes artesanos –argentinos y colombianos-  quienes viajan gracias a las ventas de sus collares y manillas.  Hay casas y hostales donde puedes llegar y armar tu camping o tu hamaca y fumarte tu porro en paz, nada más parecido a las colonias hippies de los 60s.  La música electrónica también se ha ganado un gran espacio en la rumba caribeña.  Algunas disco son visitadas por Djs que viajan pinchando por todo el mundo.  Uno de los artesanos, Bogotano, me cuenta que había llegado de vacaciones y había decidido quedarse a vivir allí.  No necesito, me dice, pasearme toda Bogotá llevando hojas de vida y presentando pruebas psicotécnicas para que tan sólo me digan que ya me llamarán a pagarme el mínimo.  Lo peor es que nunca lo llaman  uno.  Allí sólo tiene que vender cuatro de sus manillas para hacer lo del día y se puede fumar sus porros con la tranquilidad  de que nadie lo va perseguir.  Lo mejor es el LSD, me dice, el que traen los suecos para explotar con la rumba electro.  Aquí no hay negocio con eso, vas a las disco y cualquier extranjero te regala un par de pepas y te invita trago toda la noche.  Que Taganga se esté convirtiendo en una Ibiza a escala no me sorprende, me sorprende que equilibre esta clase de turismo con todas las otras.  Las familias en busca de actividades para todos sus integrantes o el café con el letrero de “Book Exchange” donde puedes canjear tu libro por cualquier otro y casi que en el idioma que desees.  -La idea del canje al libro en Bogotá, pero sin los negociantes de libros de segunda quienes, en su mayoría, se aprovechan de los incautos lectores.

Pasadas las cinco de la tarde la horda de bañistas (por la época del año, en su mayoría argentinos) ha dejado desierta Playa Grande y yo regreso de deambular por Taganga para que la noche me encuentre nadando solo en el mar.  Allí no puedo más que pensar que quizá el personaje de uno de los libros de Ian McEwan tenga razón y que ser racional es también cuestión de fe.  Salgo y candelario me espera para compartir un par de cervezas.  Me explica que ya no vale la pena ir a trabajar a Venezuela, así se deje la botella, las continuas devaluaciones del Bolivar hacen que cualquier trabajo en Colombia sea más atractivo.  Armo la carpa y unos perros negros se echan todas las noches justo enfrente como para recordarme cuál es uno de los fines de mi viaje.  Si la noche es calurosa basta con dar unos pocos pasos y darse un buen chapuzón en el atlántico.

Las entretenidas conversaciones con Candelario y su hijo me hacen llegar dos días tarde a Cartagena donde yo espero poder conseguir una boleta para escuchar la charla de Ian McEwan.  Candelario se niega a cobrarme por las noches que acampé, es uno de los pocos que aún piensa que la playa no tiene propietario y quizá una de las últimas generaciones para lo cual es falsa la expresión “all is business”.  En su inglés costeño me dice: eche cuadro, takirisi.  Faltan menos de cuarenta minutos para que inicie la charla en el Teatro Adolfo Mejía y a lo lejos veo la plaza de la Merced.  La fila me avisa que debí haber reservado la boleta, apenas piso la plaza veo como la ultima boleta sale de las manos del único revendedor.  ¿En qué dedicar la hora que estaba reservada para escuchar a McEwan, y en qué gastar el dinero ahorrado para la boleta?  Las opciones en la amurallada son múltiples y divergentes pero el dinero de la boleta tampoco es gran cosa.  Podía sentarme al lado de los cañones que protegían la heroica y tomarme un Dry Martini en el Café del Mar escuchando música lounge. –esta opción me pareció too English, y era casi como encerrarme en el hotel a ver Ámsterdam por travel and living.

Paseo un rato por las calles coloniales, rápidamente me doy cuenta que las murallas no la protegieron del turismo sexual que también ha sufrido su proceso de globalización.  Después de caminar casi circularmente estoy en la calle del Sargento Mayor desde donde veo nuevamente la plaza de la Merced, a menos de dos calles.  Pienso por un instante a donde ir…  la música que sale del local de la esquina es irresistible.

En los años mil seiscientos   Cuando el tirano mando

Es la refresquería la Estrella de la India.  Ingreso sin pensármelo dos veces.

Las calles de Cartagena   Aquella historia vivió

Es uno de los muchos lugares invisibles para los turistas.  Algunas parejas de cartageneros están sentados tomándose una de las cervezas más baratas de la antigua.  Escucho a Joe Arrollo que me cuenta uno de los capítulos de la historia de la heróica como jamás lo contaran las guías turísticas bilingües.  La refresquería no está decorada más que por las promociones de los productos nacionales y por una foto enmarcada de Venecia.  Miro el reloj de pared y me doy cuenta que la charla de Ian McEwan está a punto de terminar. Y vuelvo a echarle un vistazo a la foto enmarcada esperando que a primera vista me haya equivocado y deseando encontrar a Ámsterdam.

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