Alacrán

Por: Tomás Ferri.

¿Qué hace mi padre, después de la medianoche, tratando de abrir el portón del cementerio de un pueblo que desconoce?

Probando una a una, de un manojo, por fin una llave abre un candado tan antiguo como de baúl de tesoro de piratas.  Entreabre el portón que se resiste con un crujido, que de estar hablando de otro tipo de huéspedes se despertarían, de su sueño  profundo, horrorizados.

Mientras abría el portón, uno de sus dos acompañantes, el sepulturero, cayó y ahora duerme echado en las escaleras.  Mi padre, con la paciencia propia de Job, lo zarandea tratando de despertarlo de tan buena manera como la situación lo permite. Los estrujes sólo consiguen que la cabeza del sepulturero se golpee en un par de ocasiones con el filo de un escalón.  Ni esto lo levanta de su particular sueño profundo; otra rutinaria borrachera.  Del platón de la camioneta, mi padre, baja un galón con agua que siempre carga como precaución.  –El radiador lo puede dejar a uno botado en cualquier momento y en cualquier parte, solía decirme mi padre-.

Le vacía medio galón de agua en la cara al sepulturero, quién parece más aturdido por las palabras que le siguen:

Ayúdeme a sacarlo, dice mí padre, mientras le ayuda al sepulturero a ponerse de píe.

Abre la puerta de atrás de la camioneta, una Ford doble cabina del 82.  –Eso sí es una máquina, lo demás son sólo juguetes chimbos.  Me Decía mi padre en las pocas ocasiones que yo me animaba a hablarle de carros.  Por supuesto, allí terminaba la conversación-.

Mí padre empieza a halar de los pies a su otro acompañante, el muerto, hasta que la cintura queda en la orilla de la silla.  Abre las piernas del muerto para que el sepulturero se pare en el centro de éstas y pueda sostenerlo con mayor facilidad mientras que él, halándolo ahora de un brazo, lo termina de sacar de la camioneta.  Cierra la puerta de la camioneta sin percatarse, quizás por la poca luz que dan unas cuantas estrellas en el firmamento, que el cojín de la silla ha absorbido lo que en el asfalto seguramente sería un charco de sangre, y que deja sólo la mancha carmesí de algo que se derramó involuntariamente.

Las peripecias que hace mí padre para subir las escaleras y llegar al portón son casi que inenarrables.  No sólo porque el nuevo huésped con su peso intenta rehusarse a entrar, sino que la borrachera del sepulturero se apodera nuevamente de sus piernas.

¿Porquétraemosalmuertoaestashoras?¿Oigaquiéneselmuerto?¿YQuiénesusted? Son algunas de las preguntas que el sepulturero le hace a mi padre, en letra pegada, como se dice hablan los borrachos.

Nadie lo quiere recibir, dice mí padre como si se lo dijera al muerto, porque el sepulturero ya ha caído y duerme nuevamente, esta vez sobre las piernas del muerto.

Mi padre los deja allí tirados en el suelo a los dos, y va a la camioneta por lo que queda del galón de agua para despertar al borracho.  Al volver, el sepulturero ha desaparecido.

Lo que mi padre no tenía por qué saber era que el sepulturero se llamaba Julio Suarez, que había sido sepulturero desde que aquel pueblo tenía memoria, y que era mejor conocido como: El Alacrán.  Nunca se le había conocido mujer ni amigos muy cercanos, a no ser que contemos a doña Bertha quien le aguantaba noche a noche sus borracheras.  Tampoco tenía porqué saber que generalmente él salía de la tienda y su instinto alcohólico o necrológico lo llevaba al cementerio donde se metía en alguna tumba o fosa vacía a pasar la noche. –Como aquella noche, cosa que nunca develó mi padre, por lo que me contó de la historia-.  Alacrán era temido, sobre todo por las estudiantes del colegio de monjas, quienes habían sido víctimas de sus macabras bromas en los días de visitas.

Los cementerios de algunos pueblos lejos están de ser perfectas mesetas donde se construyen callejones entre el último currículum vitae de las personas: María Fernández de García (915-1951), Jaime Gutiérrez Piñeros (1937-1993), Pedro Nieto (2000-2008), Julia…  hay algunos que más parecen una pista de Camper Cross, como éste por donde mi padre ahora, halándolo de la piernas,  arrastra el cuerpo del muerto sin saber muy bien en donde dejarlo.

La palabra cementerio nos trae a la mente la palabra muerte como si fueran sinónimos dizigotos.  Lo que nos olvidamos es la cantidad de vida qué hay en los cementerios.  No a todos los seres vivos les va bien la comida francesa.  Hay otros seres que, sin necesariamente tomar el cementerio como un restaurant, lo alimentan con sus propios sonidos, que son más audibles en la noche y que, bajo la dictadura del miedo, los tomamos por quejidos de los muertos.  Y, por supuesto, está el alacrán.  Oculto bajo las rocas, mostrando una preferencia mórbida por las lápidas agrietadas, con su aguijón enroscado a la espera de cualquier amenaza –como guardián de la inmovilidad-.

Mi padre era un hombre tranquilo, difícil de sugestionar y con sus microfilosofías de vida: Temerle yo, si acaso a los vivos. Por eso quizá sentía más miedo caminando en un barrio cualquiera de Bogotá que en el cementerio de aquel pueblo.  Así que arrastra el muerto, por lo tanto no hasta que lo invade el miedo, sino hasta que las fuerza se le empiezan a agotar y la situación se le torna absurda.  Ve dos fosas donde bien lo podría empujar y dejar, y como si alguien le interrogará el por qué no hacerlo, responde en voz alta:

Ya para qué.

Sale del cementerio sin volver a pensar en Alacrán, quién dormía en una fosa abierta y, que seguramente, al día siguiente desenroscaría su mano como si fuera un aguijón y atraparía la pierna de alguna joven que sentiría una punzada que por instantes confundiría con espasmos mortales paseándose por su cuerpo.  Cierra el portón y el crujido le recuerda la frenada que dio para recoger a aquel hombre que le hacía la parada en una carretera des-pavimentada y desolada.   El tac del candado al cerrarse se asemejó al sonido que creyó escuchar cuando el hombre que había recogido, y se había acostado en la parte de atrás arguyendo que tenía algún mal e iba al hospital (realmente, tan sólo un puesto de salud) del siguiente pueblo, dejó de quejarse.  Deja las llaves colgadas en el candado.  Este portón no es exactamente de una celda, no hay prisioneros que vayan a escapar pero mí padre evoca la celda de la estación de policía de ese pueblo.  Ya en el hospital se habían negado a recibirlo porque ya estaba muerto.  –Salen pero no entran muertos, me reiteró mi padre-.  Hay enfrentamientos en una vereda muy lejana y mi sargento y los otros no volverán hasta que lleguen refuerzos.  Así que lléveselo al cura o si no lo dejo a usted esta noche en la celda con su acompañante, le dijo el policía con cara de no querer seguir platicando.  El cura no quiso abrir la iglesia y menos dejarlo en la casa cural, al menos le echó un vistazo y le pareció conocido.  Mire, vaya por la salida sureste del pueblo y como a medio kilometro hay una casa muy vieja, golpee allí, creó que ellos son familiares.  De lo contrario, busque al sepulturero y déjelo por esta noche en el cementerio. Dijo el cura y cerró la puerta a cualquier plegaria.  En la casa vieja sólo vivía una asustadiza mujer quien, aunque pareció reconocerlo, le dijo que lo dejara en el cementerio.  Por lo menos le indicó donde buscar a el sepulturero; en la tienda de doña Bertha.

Mi padre toma la autopista y pone las luces en alto para disipar la neblina…   pasa de primera a segunda, de esta a tercera y luego a cuarta y la quinta espera otro modelo; pero el motor no se queja ni recuerda cada una de las estaciones de Cristo.

El día que murió mi padre, el dolor que le producía su enfermedad no le dejaba sentir, sino anhelar…  La enfermera que lo cuidaba lo saludó y le habló pero mí padre no contestaba a ninguno de sus comentarios.  Le preguntó un par de cosas y tampoco escuchó su voz.  Luego, dijo que lo iba a afeitar y a bañar, mi padre rehusó moviendo su cabeza.  No se quiere sentir limpio y ver bonito, dijo la clemente enfermera.  Ya para qué, contestó y al rato murió.  Me enteré mientras hacía fila para pagar unas putas verduras muertas.  El de la funeraria llegó, subió, lo envolvió en un plástico y con mi ayuda lo bajó las escaleras.  Yo lo llevaba de los pies –como me hubiese gustado estar borracho, ser un alacrán– lo subimos al carro fúnebre y me hizo firmar ciertos papeles.  Me preguntó algo sobre su ropa, pero yo estaba tan aturdido por sus palabras… no supe que contestar.  Me acordé de la historia que me había contado mi padre sobre un pueblo qué no quería hacerse cargo de sus propios muertos ¿Cómo se llamaba?  El de la funeraria ahora me pregunta algo sobre la misa, sobre la música, yo sigo aturdido pensando en que, después de todo, la Ford es toda una máquina.  Insiste en lo de la música y yo recuerdo que a mí padre nunca le gusto el fútbol, ni bailar y… recuerdo, recuerdo, recuerdo y recuerdo… (las conversaciones que quedaron suspendidas) y me gustaría contestarle a todas las preguntas del de la funeraria, con la voz de mí padre a través de mí garganta:

Ya para qué.

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