La muchacha del sombrero a rayas…Alterado Ego de Tomás Ferri II

Por Tomás ferri.

Me esculqué el bolsillo dos veces, pese a que no creía en los milagros.  Las monedas viejas y cansadas no querían tintinear, ni siquiera sumar más de dos mil miserables pesos.  De hecho, sólo quisieron llegar a mil seiscientos cincuenta.

Puede haber cafés más baratos, o más exclusivos, pero el café Pasaje es único.  La no homogeneidad de su clientela es lo que siempre me ha atraído.  El no saber que música me espera, los televisores mostrando partidos de fútbol en vivo y que por su ausencia de sonido parecen de la época de Chaplin, el ruido que se confunde con el silencio…

Me senté, pedí un tinto –mil trescientos pesos- y esperé que el ruido que producía cada una de las mesas (a las cuales les iba echando un vistazo para ver si había un personaje que no fuera no-homogéneo que no perteneciera a este café) en un instante cualquiera, en donde el ruido se envuelve como en un ovillo, en involución a un silencio de partitura musical, empezara a acompañarme mientras me tomaba el café.

La situación de hoy la catalogo como grave, de hecho, muy grave aunque similar a la de los últimos días, que digo, a los últimos años, sin embargo, hoy me acompaña Fatalidad.  No sólo por el dinero, después del café sólo me quedarán trescientos cincuenta pesos, que le dejaré a la mesera no sin ocultar un poco de vergüenza por no dejar una propina adecuada.   Fatalidad se había levantado en la mañana conmigo, me había acompañado bajo la ducha, ni siquiera se había echado a un lado cuando la rugosa toalla amenazaba con sacarme la piel, me había seguido por andenes y parques, y se río de mi cuando hacia cuentas exponenciales con las monedas que se hallaban en mi bolsillo izquierdo (El derecho lo tenía reservado para los billetes, era absurdo chequear allí, no valía la pena ni lavarlo, llevaba más de dos años vacío), ahora se sentaba allí, a la mesa conmigo, como otro cliente cualquiera, como otro no-homogéneo cliente del café.

Ya antes de empezar el café sabía que me acompañaba, por los andenes estuve paranoico, pensaba que me iban a robar.  Absurdo, no.  ¿Qué podían robarme? ¿Acaso mis mil seiscientos cincuenta valían el riesgo para un profesional o el esfuerzo para un amateur? ¿Cuál sería la cara del ladrón al ver insignificante cantidad? ¿Cómo sería su angustia? No, ¿Qué me podrían robar? Sin embargo, el pánico se había apoderado de mí.  Sospeché hasta de un par que vestían de ejecutivos, de un anciano que vendía la lotería y de una linda chica que me quería hacer creer que ella era la que sospechaba de mí. ¿Qué iba hacer yo si me robaban mis monedas?

Entre al café y sentí un cierto alivio, no sin antes buscar en las mesas la cara de un ladrón no-homogéneo.  Sin embargo, no estaba seguro como debería ser la cara  no-homogénea de un ladrón.  Al final, me senté y pedí un café, un tinto.  Todo parecía igual que siempre, pero yo no dejaba de preocuparme por mis, únicos, mil seiscientos cincuenta pesos.  Tenía que solucionarlo.  Del pánico a la obsesión ¿o viceversa?  Llamé a la mesera y le pagué por anticipado.  Le deje mi manotada de monedas como si fuera una manotada de lágrimas, y olvide excusarme por la propina.  De repente, me sentí relajado, como después de llorar, el pánico y la obsesión habían huido en espantada.

Ahora sólo quedaba yo, tomando placidamente el café.  Decidí no pensar en nada.  No recordar nada.  Ni mucho menos planear ¿Qué?  No quería amargar mi amargo tinto.

A la mitad del café supe que algo andaba mal, Fatalidad se había metido debajo de la mesa, augurio fatal.  Las puertas del café sonaron como una estampida de fantasmas huyendo en pánico, con un crujido musical, y ella entró.  La muchacha del sombrero a rayas.  Trate de tranquilizarme mirando a otras mesas pero no había otra muchacha con sombrero.  No podía hacerla sacar del café con el argumento que no era un cliente no-homogéneo.

La muchacha del sombrero a rayas se sentó a tres mesas de distancia.  La veía de perfil.  Una cola de caballo salía rebelde debajo de su sombrero a rayas.  El sombrero a rayas era como una extensión de su cabeza, una proyección de su nariz.

La muchacha del sombrero a rayas no miraba a nadie, permanecía concentrada en el café que le habían servido.  En cambio a mí, los espasmos musculares empezaron a atacarme.  La muchacha del sombrero a rayas se quitó la chaqueta y sus blancos y largos brazos quedaron desnudos como una invitación a mi imaginación.

La muchacha de sombrero a rayas ignoraba todo.  Me ignoraba.  Eso me daba una leve esperanza, como si ya no me pudiera robar los mil seiscientos cincuenta pesos, que ya no eran míos.  Me tome los últimos sorbos del café fuera de mí, la ansiedad se había apoderado de mí.   Ella, en cambio, como si serenidad fuera su nombre, degustaba cada sorbo de su café.

Por un rato, alguien corpulento y alto se sentó en una mesa intermedia e impidió que yo viera a la muchacha de sombrero a rayas.  Me tranquilicé, pero no por mucho tiempo.  La muchacha del sombrero a rayas estaba ahí.  Aun sin verla, su presencia me atormentaba.  Debí haber abandonado el café entonces, pero la desesperanza de ya no tener los que fueron mis mil seiscientos cincuenta pesos y la absurda idea que si salía me iban a robar me agobió al extremo de hacerme permanecer.

El personaje alto y corpulento desapareció, como fatalidad, que se había escabullido debajo de las mesas.  La muchacha de sombrero a rayas hablaba por el teléfono celular, con voz inaudible pero coqueta.  La bautice fatalidad.

Fatalidad mastica chicle (yo creía que Sir Alex Fergusson era el único ser humano que aún lo hacía) y trata de dar un último sorbo a su pocillo vacío.  Se levanta, por fin, y creo que se va y la tranquilidad cobijará el café.  La veo venir, directo a mi mesa, la puerta esta casi en dirección opuesta, algo anda mal, recuerdo los que ya no son mis mil seiscientos cincuenta pesos y el no tenerlos me libera, pero por qué, que tal que fatalidad se acercara y me dijera:

-¡Oye! te invito un café.

La veo continuar en dirección a mi mesa ¿A quién? ¿Fatalidad o la muchacha de sombrero a rayas?

Sin soltar saludo se sienta en mi mesa.  No me mira.  Su mirada atraviesa los vidrios y las montañas.  Mirada aniquiladora.  La muchacha de sombrero a rayas dice: Carla; Fatalidad, yo entiendo.

(Alterado Ego de Tomás Ferri II)

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