Tanatologías Urbanas III.

Máscara fúnebre de Jonathan Swift.

Por Andrés Castaño.

He de confesar una cosa: solamente he asistido a un velorio. Esto de seguro, puede serles sencillamente indiferente. Para mí ese acto, es mucho más místico de lo que aparenta.  Muchas personas acuden a los velorios a hacer vida social a expensas del muerto. Se ponen su mejor atavío: gris o negro (el primer color es mucho mejor, más sobrio, con una solemnidad indefinida), para impresionar a los asistentes. Otros van a contemplar el postrer rostro, el definitivo, que llevará el finado para la eternidad; aun cuando no es literal esta sentencia, porque lo que permanece es la imagen inmóvil en la memoria del observador que contempla el fiambre humano.

El rostro, es un sello indeleble y desapacible, para el morboso crítico aficionado al arte tanatológico. Este ve al cadáver del mismo modo que si lo hiciera con un retrato, simple y llano; tan alejado de la contemplación de esas exquisitas mascarillas mortuorias, que no se porqué ya están en desuso. Sigo con un par de elucubraciones exegéticas.

Un pequeño paréntesis:

Escarbando en los archivos digitales, he hallado un muestrario de piezas de este arte bizarro y sobrecogedor. En primer lugar esta la de Alfred Hitchcock 1, con gesto plácido, hierático, como si durmiera un corto sueño de yeso negro; está un dramático registro del rostro de Beethoven2, con los pómulos prominentes y los labios entreabiertos como si fuera a decirle algo a la muerte en el postrer momento; Goethe 3, reposa, en la contemplación de la divinidad del Logos: Licht, mehr Licht! (“Luz más luz”), se cuenta que fue lo último que dijo; Jean Paul Marat 4, reposa solemne con placida serenidad en su expresión; el actor James Dean 5, con mirada rebelde igual a un lobo incómodo en el mundo; George Washington 6, contemplativo, tiene un rictus impasible hasta en la eternidad ” Déjenme morir tranquilo; no voy a vivir mucho tiempo “, dijo el 14 de diciembre de 1799, antes de morir.

Estoicismo estético, fúnebre.

El reflejo del rostro ante la muerte es la metáfora palpable de la soledad hasta ese instante vivida.

Sigo con la crónica que me propuse a narrar.

Tras la agonía, la carga de la ausencia se hace patente y feroz.  Inexpresivo, el cuerpo yace, indiferente a las miradas. La certidumbre de que la soledad nos persigue hasta la muerte, me fue revelada en una ocasión. Cierta vez, cuando necesitando usar el baño en la funeraria de marras que ya conocen en las crónicas, tuve que ascender por las escaleras hasta los servicios contiguos a las salas de velación. Antes de entrar, una imagen poética y triste apareció: un ataúd en medio de una sala a media luz, cargado de coronas de flores cruzadas por una cinta, con los cirios apagados, parecía pedir compañía, sollozos y lágrimas. Fue patética aquella imagen y aquel sentimiento trágico… entonces pensé en Unamuno, en Platón y en Sartre, pero sobre todo, y ustedes dirán si estoy equivocado, pensé en la patética novela de Camus: El Extranjero.

Porque todos somos extranjeros en el país de la muerte. Y cuando nos acercamos a su playa como náufragos, deseamos seguir en altamar y jamás tocar su costa.

Hitchcok y Beethoven.

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