El superhéroe que en su borrachera…

Tomás Ferri

Dos golpes de suerte en la misma noche…  ni el cero-suspicaz de los crédulos me la iba a creer.  Pero allí estaba yo en la mitad de una borrachera gratis.  Había salido a deambular por las calles e ingresé a pedir fuego a un bar (cuadras atrás me habían regalado un cigarrillo) y alguien que decía conocerme y respetar mi trabajo me pidió sentarme con él.  Ni siquiera yo recordaba cual era mi trabajo pero ¿con cuanta vehemencia iba yo a disuadirle y más cuando estaba dispuesto a invitarme una cerveza?  Asentí cortésmente a todos sus comentarios sin que me quedara claro con quien me estaba confundiendo.

El alcohol apenas rociaba mi hígado pero éste sufría como si después de los más inclementes veranos que lo habían dejado árido alguien le orinara encima.  Por el contrario, mi cerebro se recuperó en el mágico letargo de la autocomplacencia.  No recordaba sentirme también en mucho tiempo (la verdad no recordaba mucho) ni que alguien se dirigiera a mí para cosa distinta al insulto.  Me presentó orgullosamente a un par de colegas; entre ellos a una joven ejecutiva que me miró con ojos de incredulidad.  Creí que me había descubierto y me sentí un poco avergonzado por estar suplantando a un viejo conocido de  aquel generoso hombre.  Ella se sentó a mi lado, en comienzo me convencí que quería desenmascararme, que su mirada era inquisidora y sentí más pena por el ejecutivo generoso que la que me producía el no poder seguir bebiendo cerveza.  Pero ella hizo un brindis y en ciertos momentos llegue a pensar que me coqueteaba. Imaginé que ella tampoco le quería aguar el momento a su colega.

No me di cuenta cuando me dejaron solo.  Lo que es más, no me percate cuando el bar quedó casi vacío.  En la barra únicamente había un tipo.  Él era más desafortunado que yo, pero eso lo vine a intuir momentos más tarde.  Me levanté y le pedí a la mesera que me regalará un cigarrillo para irme.  En ese momento escuché una voz avasalladora que me decía, amigo no quieres tomarte una cerveza.  Sin siquiera pensarlo, ni tratar de adivinar de quien se trataba me senté en la barra al lado de aquel hombre y le eché mano a una cerveza llena que estaba al frente de él.

Era mi héroe de la infancia.  Hasta en los momentos más catastróficos o más idílicos recuerdo a mi héroe de la infancia.  Y allí estaba él, sentado en aquella barra más borracho que yo.  Me hubiera gustado platicar a fondo con él pero las condiciones etílicas no lo permitían.  Ya no me interesaba mucho en la gente, pero él era diferente: no era una persona de carne y hueso.  Era mi superhéroe de la infancia, el de las historietas, el que luego degeneraron un tanto cuando lo llevaron al cine.  Me gustaría haber sabido que hacia allí borracho.  ¿Un héroe caído en desgracia?, nada nuevo en estos tiempos.

-¿Y tus poderes qué? –fue lo único que recuerdo haberle preguntado.

-Tratándolos de recuperar –contestó y se tomó media cerveza de un sólo envión.  Luego dejó la botella en la mesa con la misma prestancia con que, en sus tiempos de héroe, entregaba a una victima después de rescatarla de las garras del mal.

Estos tiempos no son buenos ni para los héroes, habría sido el titular de algún periódico si un paparazzi estuviera extraviado en esos museos alcohólicos.  Me convencí que lo mejor era llevarlo a mi cuartucho a que pasará noche.  Lo difícil del asunto fue convencerlo en que nos fuéramos caminando.  Muy seguramente él quería llevarme volando como un gesto de cortesía, y pese a que eso habría sido la culminación de uno de mis sueños de  infancia,  yo no quería terminar como estampilla contra el murillo toro ni mucho menos en los burladeros de la Santa María.

-Sin superpoderes –dije.

Cuando salimos del bar le vi el rostro, completamente iluminado por la noche.  Estaba exacto a como yo lo recordaba tantos años atrás -¿Y cómo era eso posible? -me alcance a preguntar imbécilmente en mi borrachera.  Mientras caminábamos en silencio muchas cosas empezaron a pasar por mi cabeza.  Sobre todas las cosas, no pude apartar la pena.  Pobre desgraciado el que iba a mi lado.  Tener que ser un superhéroe, siempre, toda la vida, eternamente; no tenía derecho a envejecer, ni a la muerte.  Empecé a comprender su estado, comprendí su nihilismo.  Quería decirle que él había sido mi héroe de la infancia, que de hecho aún era mi héroe y lo único que recordaba de mi vida.  Pero me arrepentí, me detuve justo a tiempo, no quería ponerle otra carga a ese ser tan desgraciado que ya vomitaba contra un poste de la luz.

Era tan pesado y apestaba tanto que no me atreví a subirlo por las escaleras,  a la casera no le iba hacer gracia que le dejara la alfombra con aquel particular olor, así esa miasma proviniese de un otrora superhéroe.  Lo arrinconé a un lado de la puerta de la calle con el firme propósito de levantarme lo más temprano a ayudarlo.  ¿Podía yo hacer algo por alguien? Quizás no pero… ¿y por un superhéroe?  Debí dormir más de la cuenta.  Ya no eran las horas de la mañana y, de hecho, nada garantizaba que hubiera dormido sólo una noche.  Ni siquiera traté de asomarme por la ventana, ya sabía que jamás volvería a encontrarme con el héroe de mi infancia.

(Alterado Ego de Tomás Ferri I)

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