Cuentecillo anarquista, recien traducido!

Traducción: Tomás Ferri.

El talismán – Masao Yamakawa

¿Supongo que no necesitas dinamita?

Esta fue la pregunta que mi amigo Sekiguchi me hizo.  Yo no la había visto en cuatro o cinco años.  Nos habíamos encontrado por casualidad en Ginza, y estábamos tomando en el segundo piso de un pequeño restaurante.

Había estado con Sekiguchi en la secundaria.  Él estaba ahora trabajando para una compañía de construcción.  No era extraño que tuviera acceso a dinamita; pero la pregunta, no importa lo peculiar que un viejo amigo pudiera ser, fue un poco repentina.

“No sé para qué la usaría”

“La tengo exactamente aquí si la quieres”

Sería una broma, por supuesto.  Sonreí y serví una nueva bebida para él.  “Estallaría en mis manos.  ¿Y qué sentido tiene cargar dinamita contigo?”

Esta fue la historia que Sekiguchi me contó.

Mi esposa y yo vivimos solos en un boque de apartamentos.  Puse mi nombre en la lista hace dos años, y me casé en la primavera pasada, antes tenía un sitio decente donde vivir.  Y luego el otoño pasado obtuve uno de los apartamentos, no podía haber estado más feliz.

Todo parecía nuevo y fresco –el césped que no había sido llevado al suelo, los espárragos de los cerezos.  Antes de eso habíamos estado con mi familia, una familia grande entonces.  Habíamos tenido sólo una habitación, y queríamos un sitio donde pudiéramos dejar el resto de la gente  afuera.  Bueno, ahora teníamos una habitación con cerradura.  Puedes imaginar lo que significaba para nosotros.

Lo teníamos, un sitio nuestro.  Pero no había estado allí seis meses antes que empezara a sentirme incierto e irritado.  Sentí de algún modo que yo estaba desapareciendo.  No era culpa de nadie –llámalo alguna clase de neurosis. Supongo que tampoco puedo decir que fue culpa de él.  Pero puedo decir que Kurose hizo que las cosas para mí empezaran a ir en esa dirección.

Era tarde una noche, yo había estado en una fiesta.  No había más buses, y tomé un taxi y me bajé en la entrada principal.  Espere que para cuando llegara al ala de mi edificio el viento nocturno me quitaría la borrachera.

Había un hombre delante de mí.  Yo tenía la sensación que me estaba viendo a mi mismo por detrás.  Él tenía puesto el mismo sombrero de fieltro, y tenía el mismo paquete en la mano izquierda.  Por su andar se podría decir que él también había estado tomando.  Era una noche con neblina, y me pregunté si estaría viendo mi propia sombra.

Pero no era una sombra.  Él continuó caminando, la imagen mía, pensé –y él entró al ala E, donde yo vivía.  Él subió las escaleras, yo siempre subo.

Era muy complejo, concedo eso; pero al menos yo conocía la gente que sube y baja las escaleras que yo usaba.  Y a él no lo conocía.  Subió como si fueran las escaleras que mejor conocía en el mundo.  Arribó al tercer piso y golpeo en la puerta de la derecha.

Era mi apartamento.  Y luego, yo estaba incluso más sobresaltado.  La puerta se abrió y lo recibieron, como cualquier esposo cansado a casa después del trabajo.

Pensé que mi esposa debía tener un amante.  Eso era.  Trepé las escaleras silenciosamente.  Los atraparía en el acto.  Pegué mi oído a la puerta.

La manera como me sentí -¿cómo puedo describírtelo?  Yo estaba equivocado.  No era su amante.  Él era yo mismo.

No, espera.  No estoy loco.  Pero pensé que lo estaba.  Pude escucharla diciendo “Jirö, Jirö,”  y riendo y contándome lo que mi hermana había dicho cuando ella había venido llamándome ese día.  Y podía escuchar mi propia voz cansada.  Ella fue a la cocina para llevar algo para comer, y “yo” parecía estar leyendo el periódico.  No sabía qué pensar.  Había otro “yo,” eso estaba claro.  Y ¿quién, entonces, era este yo, tontamente de pie en el pasillo? ¿Cuál era “yo” y cuál era yo? ¿A dónde debería ir yo?

Yo había pensado que estaba sobrio, pero me temo que aun estaba borracho.  La seguridad que yo era yo me había abandonado.  No se me ocurrió que el hombre en la habitación era un falso “yo,” un error.  Abrí la puerta sólo porque no puede pensar en nada más que hacer con el yo que era yo mismo.

“¿Quién está ahí?” dijo ella.

“yo,” finalmente yo contesté.

Fue toda una escena. Mi esposa llegó gritando.  Vio al otro “yo,” y volvió a gritar, y se lanzó sobre mí.  Sus labios se estaban moviendo y empezó a llorar.  Él otro “yo” salió a la luz.  Su rostro estaba blanco.

Su nombre era Kurose Jiro.

Sekiguchi calló, una expresión pensativa en su rostro. Se sirvió una taza de sake.

“Otro tu,” reí. “Un magnifico Doppelgänger.”

Me lanzó una mirada, pero pareció no prestar atención a mis palabras.  Sin sonreír, continuó con su historia.

Kurose fue un mar de disculpas.  Cuando él me entregó su tarjeta de presentación vi cual había sido el error.  Yo vivía en E-305, él en D-305.  El había entrado al ala equivocada y había subido a mi apartamento.

Mi hermana se llama Kuniko.  Él era un ingeniero civil, y tenía una prima llamada Kuniko.  Su nombre era Jiro, también el mío.  Él vivía solo con su esposa.  La coincidencia era total.

“Yo si pensé que ella era un poco joven.  He estado casado por cuatro años, después de todo,”  dijo mientras salía. Lo dijo como si adular, pero yo no estaba para ser complacido.  Me preocupaba, el hecho el hecho de que hasta que yo abrí la puerta ninguno de los dos había notado el error.

“Pero yo me fui para la cocina, y él se tumbó con el periódico de la misma manera como tú siempre lo haces.  Ni siquiera se me ocurrió que no fueras tu”

La reprendí, y ella miró tímidamente la habitación.

“No sólo la habitación.  Ellos deben ser exactamente como nosotros.  Viste como él pensó que yo era su esposa.  Eso me espanta”

Estuve a punto de hablar, pero no lo hice.  Confundir una persona o una habitación –eso no hacía ninguna diferencia.  Pasaba todo el tiempo.  Lo que me molestó fue que Kurose había confundido nuestra vida con su propia vida.

Kurose había sido confundido conmigo por mi propia esposa.  ¿Y eran ellos tan iguales en todo.  Estos regresos a casa en los boques de apartamentos?

Por supuesto, yo sabía que todos los apartamentos eran iguales.  Pero me pregunté: ¿se han estandarizado nuestros modos de vida?

Sabes lo que es la vida en los bloques de apartamentos.  Hay una terrible uniformidad en ella.  Los requisitos que se necesitan para entrar, y la necesidad de entrar –significan que el estándar de vida está todo en el mismo nivel general.  Incluso todos nosotros tenemos aproximadamente la misma edad.  Pero a mí me parecía que la uniformidad había ido más allá de la apariencia.  Había ido al mismo corazón de las cosas.

Tomemos, por ejemplo, cuando yo tengo una riña con mi esposa.  El viento siempre trae la misma clase de riña por las ventanas desde otro apartamento.  Todo esto parece tan tonto que nosotros paramos de reñir.  Hasta ahora bien; pero luego te das cuenta que la gente en los otros apartamentos tienen sus riñas en tal y tal día del mes a tal y tal hora del día, y tú no eres la excepción; y –esta puede parecer una extraña manera de colocarlo- lo sagrado de reñir desaparece.  Una riña no viene a ser más que una explosión de histeria periódica.  Piensa sobre eso.  No es muy excitante.

Vas al baño, y sobre tu cabeza escuchas a alguien halando la cadena y el agua de la taza del baño del piso de arriba baja.  La misma cosa día tras día.  No había prestado demasiada atención, pero empezó a preocuparme.

Empecé a preguntarme si idéntico entorno e idénticas rutinas nos estaban conduciendo a emociones idénticas y salidas idénticas para ellas.  Y sí era así, nosotros éramos como esos soldados de juguete alineados en el mostrador de las grandes tiendas.  Como títeres estandarizados.

¿Dónde había algo que fuera mío? ¿De nadie más sino mío? En esta masa de personas que tanto se asemejaban unas a las otras.  Yo no era más que un grano esparcido para secar con el resto.  Ni siquiera podía identificarme a mí mismo entre todos ellos.

Mi esposa dijo algo que no facilitó las cosas.  Estábamos en la cama.

“Es muy extraño.  Voy al baño, y escucho agua acumulándose arriba y abajo.  Todos  nosotros hacemos exacto la misma cosa”

Me aparté de ella.  Nosotros, los hombres, del bloque de apartamentos procedíamos cada noche, como si a una señal, para experimentar los mismos movimientos.

Y entonces también comencé a perder el interés en estos.  Cada vez que mi esposa me susurraba algo, me parecía como si por todo el edificio las esposas estuvieran susurrando.  Escuchaba un vendaval de susurros en la oscuridad y me encontraba a mí mismo frunciendo el ceño.

Podríamos pensar que teníamos algo nuestro.  Pero solo tenemos días estandarizados con reacciones estandarizadas.

Parecía intolerable.  Yo no era un títere.

¿Podía darle importancia a mi vida cuando ya no podía estar seguro que yo era yo mismo y no alguien más? ¿Podía amar a mi esposa? ¿Creer que era amado por ella?

Comencé a reír, pero no.  Sekiguchi me estaba mirando fijamente con gran seriedad.

En ese momento una débil sonrisa apareció en su rostro.

Recuerdo que él siempre había sido un hombre que ponía un gran valor a una sonrisa.

“Es una historia muy seria” dijo él.

Kurose se convirtió para mí en el representante de todos esos innumerables empleados de oficina, todos los esposos de boques de apartamentos, los soldados de juguete, exactamente como yo mismo.  El representante de toda esa innumerable gente que era “Yo.”

Habrás adivinado que después de esa noche con neblina yo no quería hablar con el hombre.  Éramos demasiado similares, y parecía que, mientras él asía su maletín contra su pecho, él también me estaba evitando. Parecía estar siempre escabullándose.

Él se había convertido en un chivo expiatorio de todos los soldados de juguete estandarizados –yo los odiaba a través de él.  Rechazaba todos esos artículos estandarizados que eran “yo.”

Le guardaba rencor.  Él no era yo.  Yo no era uno de ellos, esos oficinitas tan parecidos a mí mismo.  Yo era yo, definitivamente yo no era él.  Pero ¿Dónde estaba la diferencia? ¿Dónde estaba la prueba concluyente para establecer la diferencia?

Yo no era punto aleatorio.  Yo era yo, una persona particular con el nombre Sekiguchi Jiro, alguien para no ser sustituido por otro, quienquiera que él pudiera ser.  Eso me dije una y otra vez.

Sin embargo, ¿Dónde estaban las razones para distinguirme de ellos? ¿Había algo más que mi nombre? Un nombre es sólo una etiqueta.  Aparte de mi nombre, ¿Dónde estaba la evidencia que yo no era un residente aleatorio de los bloques de apartamentos?

Tenía que construirla –mi independencia, mi individualidad.  Tenía que encontrar algo para distinguirme de esos innumerables que eran Kesuro Jiro.

Hace un par de semanas lo hallé.  Un amuleto.  Lo he mantenido en secreto de mi esposa.  El problema es mi problema personal.

Este es mi amuleto.

Sekiguchi abrió el pesado maletín de cuero detrás de él y sacó un paquete lo suficientemente pequeño para sostenerlo en una mano.  Estaba minuciosamente atado en papel ceroso.

“Dinamita. La verdadera.”

Con gran destreza deshizo los nudos, y por primera vez en mi vida yo vi dinamita, verdadera.  Había cuatro tubos de hierro quizás ocho pulgadas de largo, envueltas fuertemente en alambre, pesado para su tamaño.

“Este es mi amuleto –mi talismán.” Dijo Sekiguchi.  “Hablamos y hablamos, pero no podemos escaparnos de la uniformidad.  Pero cuando yo tenga el deseo los puedo volar a todos ellos y a mí también.  Esto es lo que yo puse en funcionamiento.  El secreto que me mantiene vivo.  Mi singularidad.”

Le regresé los tubos, y Sekiguchi giró una delicada mirada al oscuro brillo de estos.

“No creo que necesite dinamita, gracias.”

“¿Oh?  Es demasiado malo.  Yo ya no la necesito más.  Yo voy a tener que localizar otro amuleto.”

“No sé si estás siendo gracioso o no, pero es peligroso…”

Sekiguchi levantó una mano para silenciarme.  “No te equivoques,” se rió.  “Eres una persona muy suertuda.  Yo ya no la necesito más porque ya no es más mi singularidad.” Hizo una pausa.  “¿Escuchaste las noticias en la radio esta tarde?”

“No.”

Sonrió con una sonrisa irónica.  “Hubo una explosión con dinamita en un bus.  Tres personas murieron en el acto.  Las otras sobrevivieron con cortaduras y quemaduras.  Fue cerca de mi boque de apartamentos.”

“¿Cómo sucedió eso?” sentí que los efectos del sake me habían abandonado.

Sekiguchi no me miró.  Lenta y deliberadamente él puso el paquete lejos.

“Él siempre cargaba su maletín como si fuera la cosa más importante de su vida.  Y me evitaba.  Él debió guardarme tanto rencor como el que yo le guardaba a él.  Él también necesitaba un amuleto.”

“¿Oh?”

Sekiguchi se tumbó en la estera.  Su voz se elevó en una especie de lamento.  “Lo dijeron en la radio.  La policía piensa que la dinamita estaba en uno de los maletines  de una de las tres personas que murieron.  Un ingeniero llamado Kurose Jiro.”

Un cuento de Masao Yamakawa.

Traducido del japonés al inglés por Edward Seidensticker.

Publicado en la revista LIFE número 57 el 11 de septiembre de 1964

Traducción libre del inglés con no más fin que la divulgación literaria en diciembre de 2009 por Tomás Ferri.

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