La literatura nazi en América – Roberto Bolaño. Seix Barral, 1996.

Por Andrés Castaño.

Sobre el nazismo se ha escrito mucho y muy bien. Ensayos sobre todo. Ríos de tinta han corrido en forma de novelas y folletines sobre el tema. Hace un par de años descubrí un libro que da una genial vuelta de tuerca a la manera de contar sobre el manido tema. Si Roberto Bolaño (1953-2003) hubiese vivido más, seguramente habría hecho lo propio con Hugo Chavez. La literatura Nazi en América, es una parodia biográfica sobre los autores nazis de este lado del Atlántico. Desfilan por esas páginas desopilantes, aristócratas y otros alucinados, que escriben sobre el grandioso Reich. No sé si tal vez Bolaño se me ha ido convirtiendo en fetiche, pero desde Borges, nadie había podido dar una visión desvestida del pomposo estilo retórico de la historia acerca del nazismo. Como abrebocas quiero dejarles este fragmento para animarse a leer a Bolaño.

FRAGMENTO “LA LITERATURA NAZI EN AMERICA”

HARRY SIBELIUS

Richmond, 1949-Richmond, 2014

La lectura de Norman Spinrad y de Philip K. Dick y tal vez la posterior reflexión sobre un cuento de Borges llevaron a Harry Sibelius a escribir una de las obras más complicadas, densas y posiblemente inútiles de su tiempo. La novela, pues se trata de una novela y no de un libro de historia, es en apariencia simple. Su presupuesto es el siguiente: Alemania, aliada con Italia, España y la Francia de Vichy, vence a Inglaterra en el otoño de 1941. El verano del año siguiente es lanzado un ataque de cuatro millones de soldados contra la Unión Soviética. Ésta capitula en 1944, salvo reductos siberianos que prosiguen una guerra de baja intensidad. En la primavera de 1946 tropas europeas por el este y japonesas por el oeste atacan a los Estados Unidos. En el invierno de 1946 caen Nueva York, Boston, Washington, Richmond, San Francisco, Los Ángeles; la infantería y los panzer alemanes cruzan los Apalaches; los canadienses retroceden hacia el interior del país; el gobierno de los Estados Unidos se instala en Kansas City y la derrota planea en todos los frentes. En 1948 se produce la capitulación. Alaska, una parte de California y una parte de México pasan a Japón. El resto forma parte de la América ocupada por Alemania. Todo lo anterior Harry Sibelius lo explica a desgana en las diez primeras páginas introductorias. Esta introducción (en realidad una suerte de fechas clave para situar rápidamente al lector en la historia) se titula Vuelo de pájaro. A partir de aquí comienza la novela, El Verdadero Hijo de Job, 1. 333 páginas, espejo negro de La Europa de Hitler, de Arnold J. Toynbee.

El libro está estructurado siguiendo como modelo la obra del historiador inglés. La segunda introducción (en realidad, el auténtico prólogo) se titula La inaprensibilidad de la Historia, exactamente igual que el prólogo de Toynbee; la frase de éste: «La visión del historiador está condicionada siempre y en todas partes por su propia ubicación en el tiempo y en el espacio; y como el tiempo y el espacio están cambiando continuamente, ninguna historia, en el sentido subjetivo del término, podrá ser nunca un relato permanente que narre, de una vez y para siempre, todo de una manera tal que sea aceptable para los lectores de todas las épocas, ni siquiera para todas las partes de la Tierra» constituye uno de los motivos de reflexión sobre los que gira el prólogo de Sibelius; las intenciones de éste, por supuesto, difieren de las de Toynbee. El profesor británico en última instancia trabaja para que el crimen y la ignominia no caigan en el olvido. El novelista virginiano por momentos parece creer que en algún lugar «del tiempo y del espacio» aquel crimen se ha asentado victorioso y procede, por tanto, a inventariarlo.

La primera parte del libro de Toynbee se titula La Estructura Política de la Europa de Hitler, la de Sibelius La Estructura Política de la América de Hitler, ambas constan de seis capítulos, pero lo que en Toynbee es la realidad en Sibelius es un reflejo distorsionado en medio de un caos de historias. Sus personajes, que en ocasiones parecen extraídos directamente de una novela rusa (Guerra y Paz era uno de sus libros preferidos) y en ocasiones de un corto de dibujos animados, se mueven, hablan, viven, aunque en numerosas ocasiones no tengan la más mínima continuidad, en capítulos tan antinovelescos como el cuarto, Administración, en donde Sibelius imagina prolijamente la vida en 1) los territorios incorporados, 2) los territorios colocados bajo un jefe de administración civil, 3) los territorios agregados, 4) los territorios ocupados, y 5) las «Zonas de Operaciones».

No es raro que a un personaje le dedique veinte páginas y además veinte páginas únicamente para presentarlo ante el lector con sus características físicas, morales, sus gustos gastronómicos y deportivos, sus ambiciones y frustraciones y luego no aparezca más a lo largo de la novela, y que otros personajes a quienes apenas nombra como de pasada, reaparezcan una y otra vez, en sitios geográficamente distantes y en ocupaciones disímiles cuando no claramente excluyentes y antagónicas. Sus descripciones del funcionamiento de la maquinaria burocrática son implacables. El capítulo cuarto de la segunda parte, Los transportes, subdividido en a) La situación de los transportes alemanes y americanos al estallar la guerra, b) Los efectos de la situación militar cambiante sobre los transportes alemanes y americanos, c) Los métodos alemanes de control de los transportes en toda América y d) Organización alemana de los transportes americanos, 250 páginas en total, resulta abrumador para cualquier lector no cualificado.

Sus historias no siempre son originales. Sus personajes casi nunca. En el capítulo tercero de la segunda parte, La industria y las materias primas, podemos encontrar a Harry Morgan y Robert Jordán, de Hemingway junto con figuras de Robert Heinlein y argumentos del Reader’s Digest. En el capítulo séptimo, Las finanzas, apartado b, La explotación alemana de los países extranjeros, el lector avisado reconocerá (¡en ocasiones Sibelius ni siquiera se toma la molestia de cambiarles el nombre!) a varios Sartorius, Benbow y Slopes de Faulkner (en Las Reichkreditkassen), a Bambi de Walt Disney y a Myra Breckinridge y John Cave de Gore Vidal (en La incautación del oro y de los bienes extranjeros), a Scarlett O’Hara y Rhett Butler junto con los Hersland y los Dehning de Gertrude Stein —lo que lleva a preguntarse a un crítico mordaz si es Sibelius el único americano que ha leído The Making of Americans— (en Los costos de ocupación y otras exacciones de tributos), a varios personajes de John Dos Passos junto con Holly Golightly de Capote y Ripley, Charles Bruno y Guy Daniel Raines de Patricia Highsmith (en Los acuerdos de Clearing), a Sam Spade de Hammet y a Eliot Rosewater, Howard Campbell y Bokonon de Kurt Vonnegut (en La manipulación de los tipos de cambio) y a Amory Blaine, el Gran Gatsby y Monroe Starr de Scott Fitzgerald junto con poemas de Robert Frost y Wallace Stevens, es decir personajes más bien abstractos, sesgados, compuestos de luces y de sombras (en El control alemán de la banca americana).

Sus historias, las mil historias que se cruzan sin causa ni efecto aparente en El Verdadero Hijo de Job, no obedecen a ningún dictado, no pretenden (como absurdamente supuso un crítico de Nueva York cuando la comparó con Guerra y Paz) dar una visión de conjunto. Las historias de Sibelius suceden porque suceden, sin más, fruto de un azar liberado a su propia potencia, soberano, fuera del tiempo y del espacio humanos, diríase en los albores de una nueva edad en donde la percepción espacio-temporal comienza a metamorfosearse e incluso a abolirse. Sibelius nos habla del ordenamiento político, económico y militar de la nueva América y es inteligible. Nos habla del nuevo ordenamiento religioso, racial, judicial, industrial con objetividad y claridad. Su fuerte es la Administración. Pero cuando sus personajes, prestados o no, cuando sus historias, prestadas o no, invaden y se superponen a la maquinaria burocrática que con tanto esfuerzo ha levantado es cuando alcanza, entonces sí, las más altas cotas narrativas. En la confusión de sus historias —en la inevitabilidad de éstas— se encuentra el mejor Sibelius.

El único Sibelius, al menos en lo que a la literatura respecta.

Tras la publicación de su novela se retiró tan silenciosamente como había llegado. Escribió artículos en varias revistas y fanzines de wargames de los Estados Unidos. Y colaboró en el diseño de algunos juegos: un Antietam, un Chancellorsville, un Gettysburg operacional, un Wilderness 1864 táctico, un Shiloh, un Bull Run….

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