Necrónicas bogotanas

Por Andrés Castaño.

A solicitud de Alejandro y su compañero (que me perdone por no recordar su nombre) de labores en la librería Arbol de tinta, publico estas necrónicas para los ocasionales o accidentales lectores que tengan a bien leerlas.

Tanatologías urbanas  1

Los espectros usan distintos ropajes para confundir nuestros sentidos. Algunas veces,  tienen incluso, apariencia familiar. En las lides del oficio tanatológico, la austeridad en la expresión, es característica inconfundible de un buen buitre fúnebre, o mejor, de un buen trabajador necrológico. Mi primer día como cajero en el parqueadero de una funeraria, a parte de los incontables  vasos de café, la jornada me deparó el encuentro con un personaje peculiar, literario y desde luego, sombrío.  Me habían dado las explicaciones pertinentes acerca de los distintos trabajadores de la casa fúnebre. Eran de distintas especies: estaban los conductores de las carrozas, que por  romántica  evocación de la palabra carroza, uno se podría imaginar que aun se usan estas reliquias de tracción animal, guiadas pomposamente por cocheros con sombrero de copa, sacoleva y guantes blancos, para cargar los ataúdes,  que en este caso, eran conductores denominados despectivamente como “carroceros”; también habían “asesores” de pompas fúnebres: los que ofrecen urnas de madera grandes, y no tan grandes, para alojar cómodamente los despojos o cenizas de quien ha cesado  sus funciones terrenales; desde luego, como imaginarán también había tanatologos. Este, en el argot fúnebre,  es  quien acicala y prepara el fiambre humano para su postrera salida pública: el velorio.

Cerca de las diez de la noche, casi al final de mi jornada inaugural, cuando todos los empleados y visitantes habían salido y quedaba yo solo en el inmenso y tenebroso sitio, y presa de una evocación lúgubre de Poe con el maullido lejano y  terrorífico de un gato, hizo literalmente su aparición uno de esos tanatólogos, para retirar su carroza particular. La descripción puede parecer fabulosa, pero es verídica, y quienes quieran pueden comprobarlo.                                          Su cara era alargada, a la manera de Bela Lugosi, de labios carnosos e incisivos prominentes; sus orejas eran casi puntiagudas, y parecían percibir todo rumor cercano; su voz, era gruesa, de tono formal y todo el conjunto facial, estaba elegantemente rematado con un peinado eternizado en un rictus de gomina. Honestamente, el personaje  me sobresaltó con su presencia. Por aquello de la hora, y las circunstancias.  Se presentó educadamente; entonces, salió raudo en su carro, dejándome con una pregunta en el aire: ¿qué distancia hay de un embalsamador a un vampiro?: …Esta pregunta que la resuelvan los semiólogos, los antropólogos o los filósofos, que son unos desocupados, y les queda tiempo para pensar.                Yo me limito a elucubrar que, a lo mejor, Bram Stoker se inspiró en un personaje similar,  un antiguo habitante literario célebre por las pompas fúnebres londinenses del Oliver Twist dickensiano, para crear su Drácula folletinesco.

Una respuesta to “Necrónicas bogotanas”

  1. Diego A. Gòmez Says:

    Excelente referencia a un sitio tan sombrìo, frecuentado por dolientes y aquellos personajes que pasan a mejor vida “Gladiopolis” ya sea de forma natural, accidental o propinada de forma violenta.
    Que dicha, gracias a què la Parca por mis frecuentes juegos; no se le dio por llevarme.

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