SEGUNDO LIBRO DE CRÓNICAS – António Lobo Antunes – Mondadori 2004

<<Me interesa saber quiénes somos y cómo vivimos.  A veces pienso que somos casas muy grandes, con muchas habitaciones, y que los libros buenos son los que tienen que abrirte las puertas, otras ventanas y otras habitaciones en las que no estamos habituados a vivir.>>

Por Tomás Ferri.

En la mayoría de sitios que he vivido siempre he terminado encarcelándome en pequeñas rutinas. Es así como los sábados en Londres terminaron convirtiéndose en un eterno día de la marmota.  Salía del metro en Picadilly Circus y, en dirección norte, caminaba por Regents Street para adentrarme en New Regents Street donde compraba el país para meterme en el Café Costa de la siguiente calle a tomarme un café americano.  Después de ojear y hojear el periódico, leía Babelia. Cuando terminaba mi café y mi lectura siempre había una mesera española que prefería como propina el periódico.  Allí, en aquel café costa y en la separata literaria del país, fue donde leí, por primera vez, una crónica de Lobo Antunes: Crónica para no leer por la noche. Continué, todos los sábados en la mañana, comprando el país, ingresando en el Café Costa, pidiendo un café americano, pero entonces, dejaba el periódico a un lado para buscar, afanosamente, otra crónica de Lobo Antunes.

Años después, ya en Bogotá, me encontré en el mercado de las pulgas con este libro que recopila algunas de las crónicas que Lobo Antunes ha escrito a lo largo de su carrera literaria. (Editorial Siruela publicó en 2001 Libro de crónicas: una selección) Estas crónicas, que se nos presentan como recuerdos confrontados ante un espejo o ideas simples que parecen sueltas pero que se traman con una prosa líricamente elaborada, fueron, una a una, la compañía ideal para mi primer café de la mañana.  Mi intención no es reseñar este u otro libro de Lobo Antunes sino rendirle un homenaje personal a quién considero el mejor escritor vivo en lengua portuguesa.  Como el mejor homenaje, y tal vez el único válido, que se le puede hacer a un escritor es leerlo, comparto la primera crónica que leí de Lobo Antunes.

Crónica para no leer por la noche – António Lobo Antunes

Es como si no hubiese ocurrido nada, yo aquí tan tranquilo, las cosas en el lugar de costumbre (las mismas cosas) muebles, fotografías, todo como siempre, los edificios de costumbre en la ventana, los árboles de costumbre en la otra ventana, la araña en el techo, la lámpara de metal, de pie, al lado del sofá, todo igual, sin mudanza, y a pesar de no haber ocurrido nada especial nos preguntamos

-¿Qué ha sido?

y no encontramos ninguna respuesta concreta, encontramos un malestar, una inquietud vaga, algo por dentro

(no se sabe muy bien qué)

tal vez sea un error, tal vez no sea nada, y no hay error, y algo hay, un malestar real, una inquietud real, ganas de telefonear pero a quién, de decir algo pero qué, la irritación por no comprender lo que no comprendemos y sin embargo existe, miramos la mesa, miramos el estante y la mesa y el estante idénticos, los pasos del vecino de arriba y tan remotos hoy que los queríamos más cerca, si alguien llamase a la puerta, me llamase

(no llaman)

si alguien

-Estoy aquí

y no está, si me levantase

(no me levanto)

el cuerpo pesadísimo, huesos, carne, mejor quedarse quieto, pensar que dentro de poco ya no me acordaré de lo que no me acuerdo ahora, ya he olvidado lo que no sé qué es y por no saber qué es no importa, y por no saber qué es importa, si me echasen al menos una mano

(¿al menos una mano?)

lo conseguiría, pero esto me suena raro porque conseguir no es la palabra y no encuentro la palabra, la bombilla de la lámpara de metal parpadea sin motivo, vuelve a aquietarse, continúo, observo la bombilla y no parpadea, tal vez no ha parpadeado, sólo imaginé que había parpadeado, dejo de observar la bombilla y

¡zas!

un parpadeo, observo de nuevo la lámpara y la lámpara

-No he parpadeado, lo juro

un dechado de inocencia, de asombro, una de las fotografías sonríe cuando no debería sonreír en este momento, me cuesta entender que soy yo el del cuadro, el año pasado, en agosto, la convicción de que he cambiado de todo en todo

-¿Soy yo éste?

las facciones diferentes, la nariz, los ojos, si viniese un amigo le mostraría el cuadro

-¿Conoces a éste?

y el amigo extrañado, sus cejas dos arcos en la frente

-¿Cómo?

incrédulo, desconfiado, lleno de dudas

-¿Te estás quedando conmigo?

-¿Has estado bebiendo?

-¿No te sientes bien?

las tres interrogaciones simultáneas y no me estoy quedando con él, no he bebido, en cuanto a que me sienta o no me sienta bien ya es más difícil saberlo, mejor decir

-Claro que me siento bien

cómo no sentirme bien si no ha ocurrido nada, las cosas en el lugar de costumbre

(las mismas cosas)

los edificios de costumbre en la ventana, los árboles de costumbre en la otra ventana, todo igualito, sin diferencias

-Claro que me siento bien

el cuadro serio

(-¿Y tú qué? ¿Ya no te ríes?)

advirtiéndome de lo que no comprendo, mirando fijamente, más allá de mí, un punto difuso, me concentro en el punto y el punto vacío, qué estaría mirando cuando pulsaron el botón de la cámara, el amigo arqueando las cejas de nuevo

-¿Estás seguro de que te sientes bien?

los pasos del vecino se han detenido, el timbre de la puerta mudo, el teléfono mudo, el silencio que cae, como ceniza, a mi alrededor, intento uno de esos gestos que, por no querer decir nada, lo dicen todo, y el gesto torcido, incompleto, desistiendo, regresando a la rodilla de la que ha salido la mano y en la que se apoya

(el anillo en el meñique, la cicatriz de la navaja de cuando era un niño)

no sólo una de las manos, ambas manos en las rodillas, las que me llevo a la cara con la esperanza de formar con ellas una máscara que me esconda, oculto en las manos se acabaron los muebles, las fotografías, los edificios, si las apartase de repente y me encontrase en el espejo

quién soy

no me atrevo a apartar las manos y me refugio entero en las palmas, me alarmo entero

-¿Seré yo?

con la impresión de que no soy yo y en esto la lluvia que multiplica los cristales, en esto la bombilla que parpadea y se apaga, en esto el amigo que me llama

-João

con un tono de miedo en la oscuridad, insistiendo

-João

sus manos en mis hombros, mis manos en la cara, no aparto las manos de la cara para que él no se asuste

-¿João?

yo inmóvil, inclinado hacia delante, con ganas de soltar un grito, con ganas de afirmar

-No es nada

sabiendo que desde la ventana de este apartamento hasta la calle son siete pisos, así que ni siquiera queda tiempo, a pesar de la lluvia, de mojarme un poco.

Traducción de Mario Merlino.

Publicado el 17/05/2003 en Babelia, la separata literaria del diario español el país.

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